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Las ruinas que hemos venido admirando, si cabe la expresión, en esta revista a lo largo de 5 números, no fueron los resultados de la cólera de la naturaleza ni de la fatalidad de la guerra. Todas fueron destruidas a conciencia o sometidas a la erosión del abandono.

Tenemos aquí el reverso exacto de la fachada prestigiosa de nuestra cultura. El sacrificio de estas obras no era necesario y no fue útil; su destrucción es el signo de unas pulsiones de las que no hemos logrado liberarnos.

Estas cicatrices están aquí porque hace más de doscientos años los gobernantes de un imperio quisieron mejorar y engrandecer sus reinos y para ello -al tiempo que proponían medidas provechosas-derribaron también lo que les parecían rémoras del pasado, y luego perecieron bajo los escombros del cataclismo que provocaron por su prisa autoritaria.

La desolada belleza de estos vestigios es la voz de un mundo desaparecido que sigue irradiando su luz y nos recuerda las urgentes tareas que nos esperan en los terrenos de la restauración y conservación de nuestro patrimonio, y en el conocimiento y la comprensión de un pasado que tiene todavía hipotecado nuestro futuro.

La más paradójica de las bellezas es la de las ruinas: la de aquellas obras cuya nobleza de materiales y cuya excelencia de ejecución les han permitido sobrevivir mutiladas como testimonio de las grandes expresiones del espíritu.**