Efectivamente sin el camuflaje, el establecimiento en cuestión llenó toda una época en la historia regional en un paralelo de propiedad con la Hacienda del Carmen y toda el área circundante, que probablemente se inició con la compra efectuada en 1853 por Don José Camou Bascou del rancho conocido como “Cerro Colorado”, comprendidos los “huecos y baldíos” entre los ejidos de la ya ciudad de Hermosillo y la Hacienda de “El Alamito,” los ranchos de “La Lista Blanca,” “La Cercada” y “La Paloma,” con una extensión de siete sitios y veinticinco caballerías de terreno, más un solar de cinco mil varas cuadradas, “medidas, valuadas y pregonadas en favor de dicho Sr. Camou” tal y como dice el registro
correspondiente, en el Legajo No. 4, letra “C” en la página No. 56.
Especulando de la misma manera y debido a que todas las operaciones se hacían en beneficio de la firma Camou Hermanos, es de suponer que llegado el momento, los bienes se repatieron en “petit comité”, quedando en poder de Don Pedro Andrés, aquellas porciones que le servirían posteriormente para establecer en forma individual las dos haciendas, que a su muerte pasaron como herencia: El Carmen a poder de Don Pablo Andrés, otros bienes a Don José Carlos y el Molino de Camou o San Isidro a favor de Don Alberto, quedando las hijas Victoria, Esperanza, Julia y María, acomodadas entre medio y sabrá Dios que forma, pero como todas quedaron solteronas, no pintaron huella significativamente hasta que llegó la hora de los conflictos internos, donde se autoeliminaron por muerte temprana José Carlos, María y Julia que murió en 1926.
Don Alberto en 1892 contrajo matrimonio con Doña Teófila Olea Castro, con la que procreó ocho hijos que en orden de aparición fueron: José Alfredo, María Emilia, José Alberto, Angel Armando, María Armida, Enrique, Alicia y Marco Antonio, los que en 1911 quedaron huérfanos de madre, por lo que las tías Victoria y Esperanza pesaron como plomo en la dirección de la casa y de la prole, las que impusieron una disciplina Victoriana, particularmente Esperanza que tuvo como apodo Doña Pera, también sabrá Dios con qué connotaciones, sin que esto significara abandono directriz de parte del patrón de la casa el que según crónicas familiares, no tocaba mal las rancheras en cuanto a manita dura.
En 1918, una partida de yaquis alzados, cayeron por la tarde en el Molino de Camou atacando con su ferocidad acostumbrada, emprendiendo la defensa los de la familia que en ese momento estaban: Alberto, Armando y Enrique junto a los primos Juan Camou Camou (a) Kiupi y Héctor Camou Loaiza (a) el Güero, los que más o menos armados repelieron la agresión al Iado de la peonada que se había refugiado en el recinto de la hacienda.
Cuando vieron que no llegaba el auxilio que habían ido a buscar, decidieron de conjunto, emprender la retirada, haciéndolo por una acequia que venía del Río de Sonora, sin embargo, por esos episodios que se dieron, Alberto quedó acorralado en uno de los corredores, cayendo en manos de los atacantes, los que llenos de su rencor ancestral, lo ataron a una palmera que estaba en el patio interior, donde literalmente lo dejaron como alfiletero, troncón vegetal que hasta en fechas recientes todavía estaba en las lamentables ruinas de la propiedad.
Superada la nueva pena, Don Alberto continuó incrementando su patrimonio de sus hijos y en alguna época no registrada, prestó alguna cantidad a Don Rafael Encinas Dessens, quien para garantizarla dio en prenda el predio San Luis de la Costa de Hermosillo, que llegado el momento y no pudiendo satisfacer el compromiso hizo entrega del bien, por lo que el beneficiario, comisionó para deslindar y mojonear al Ing. Larios -padre del diputado Panista- mandando como ayudante a su hijo Enrique, quienes cumplieron con la comisión en un tiempo que estas tierras tenían un escaso valor, pero que fueron conservadas sin imaginar que a su muerte serían todos sus bienes, fruto de la discordia entre los herederos.
Don Alberto, a quien no le faltaron “tiradoras” para alejarlo de la viudez, continuó su vida solitaria, aglutinando esfuerzos de sus hijos, los que fueron con- trayendo estado conyugal: Emilia con Alfonso García Peralta; Alfredo con Dolores Gándara Romo; Armando con Rosa Duarte; María Armida con Salvador Lutteroth González; Enrique con Hortensia Mendoza Almada; Alicia con Lucas Pavlovich Escoboza y Marco Antonio con Delia Platt, los que cronológica y paulatinamente fueron incrementando el patrimonio humano del clan, excepción hecha de los primeros que tuvieron descendencia biológica, sin embrgo su influencia en los asuntos familires siempre resultó determinante, toda vez que don Alfonso, cuya prestancia personal le hizo ganarse el apodo de “El Conde”, gozó siempre de gran relevancia, particulrmente doña Pera, que de una u otra forma llevaba la voz cantante. Fue este personaje nativo de Villa de Seris un tipo de dialéctica vivaz, orador aficionado que no desperdició oportunidad para hacer oir su voz engolada que daba la impresión de que su palabra los asfixiaría con su ligero tartamudeo, habilísimo como “jinete” de dineros ajenos que en su buena época medía con unos ojos amarillos fríos y calculadores, gestor de amigos en un circulo reducido y coleccionista de deturpadores que lo rechazaban po no conocerlo o por conocerlo de más.
En 1928, al tiempo de que Don Enrique contrajo matrimonio, su padre le facilitó quinientas hectáreas de San Luis, las cuales con brujez y entusiasmo desmontó para buscar su vida, sin embargo el 28 de Diciembre de 1932 murió Don Alberto como consecuencia de la gangrena que se le declaró por un diabetes mal cuidado, siendo atendido en sus últimos momentos por los doctores José de la Fuente Riveroll y Domingo Olivares, y en artículo de muerte, le fue presentado un testamento que firmó dejando como beneficiarios a sus hermanas vivas, las que probablemente consideraron terier un mejor derecho sobre los bienes que los hijos del difunto, quienes por atontamiento natural o por un sentido de disciplina en general aceptaron el hecho consumado a pesar de que existía otro condicilio en que los beneficiaba a prorrata.
Lógico fue que no todos se plegaron ante la arbitrariedad, que afloró cuando Alfonso a nombre de las tías, determinó la salida de Don Enrique de San Luis, dándole en compensación por el esfuerzo, trescientas hectáreas enmontadas del predio La Casita, lo que lo obligó a reiniciar el empeño para salir del atolladero; de igual manera dieron marcha atrás a una cesión hecha de una casa que el testador le había dado en la esquina de Obregón e Hidalgo, lo mismo que diez vaquillas que se esfumaron a pesar de su precedencia de voluntad.
Esto, lógica humana, trajo consigo un resquebramiento en las antes armoniosas relaciones que controlaba el padre, máxime cuando salieron a relucir las condiciones en que fue cocinado el último documento, en la práctica inconciencia del testador, ante lo cual el Dr. Riveroll estuvo dispuesto a testificar en beneficio de la verdad, no así el Dr. Olivares, quien se excusó alegando compadrazgo inviolable con el Conde García.
Todo esto el afectado lo había comentado con su íntimo amigo Don Enrique Tapia Fourcade, el que a su vez lo hizo del conocimiento de su hermano Rodolfo, en ese momento Tesorero General del Estado en el régimen de Rodolfo Elías Calles, quien al conocer del cisma ocasionado, citó a García para que explicara el caso, quien hizo caso omiso del requerimiento, por lo que un buen día en la Mercería de la Paz fue apresado y conducido por fuerza pública a lo largo de la Avenida Serdán hasta el Palacio de gobierno, con gran regocijo para los que no lo querían y con el escándalo de los pueblerinos que habían agarrado partido a su favor, pero particularmente de parte de las tías solteronas, las cuales excomulgaron al sobrino reblede que había cuestionado lo inapelable de su comportamiento, como quiera que fuera, arbitraria decisión, que como ha quedado dicho acataron, marginándose del caso Armida y Alicia, las que quizá por recmendación de sus esposos, no quisieron verse involucradas en algo que al final de cuentas, provocó un alejamiento de más de veinte años entre las partes en conflicto, aunque con cierta tolerancia de parte de los otros hermanos, que no pudieron o no quisieron en frentarse a las reglas draconianas de las matronas y del sobrino político reinante.
Como resultado natural, el huevo ya pasad por agua caliente quedó a punto y Don Enrique con su natural derecho tomó posesión legal del bien que le tocó, no en suerte, sino a las de afuerza y el Conde por su lado reinó omnipotente tomando siempre las decisiones unilaterales que los otros interesados sumisamente le concedieron; más o menos por el año de 1953, en forma inexplicable procedió a desmantelar el Molino de Camou que ya había entrado en franca decadencia, utilizando las hermosas vigas de cedro canadiense para reconstruir locales que tenía por la A venida Juárez, vendiendo al mejor postor los remanentes, hasta que al empezar su colapso económico con motivo de la crisis algodonera, empezó a malbaratar todos los bienes familiares, siéndole embargados otros por los bancos que lo habían acreditado en sus operaciones, después de todo mágicas, iniciándose en él una relativa decadencia física, aunque sin perder por completo aquel afán de ser el orador oficial en todo evento que le permitía su lucimiento, que culminó con su trágica y solitaria muerte al precipitarse en la alberca vacía de su casa, donde permaneció exánime todo una noche sin poder dejar oir su voz de orador necesitado de auxilio.
Es claro que esta historia salida de una recámara mental, podrá ser cuestionada por la posible, parcialidad del autor, que entró al abolengo familiar para “mejorar los genes” aportando su propio y doble
apellido, aunque sin el disfrute de los bienes ya mermados de un controvertido grupo, que durante el siglo anterior creó un emporio en el Molino de Camou, donde todos los bienes de consumo fueron autoproducidos para deleite regional, desde los quesos, conservas de frutas y legumbres, harina y carnes procesadas, generando una fuente de trabajo que en la actualidad sólo quedan de ellas unas ruinas patéticas, que no dicen nada en si mismas para las actuales generaciones; aquí está el relato para que otros mejor informados, lo mejoren o lo rectifiquen.
Tomado de la revista de Historia de Sonora publicada por la Dirección General de Documentación y Archivo, número 78 Marzo de 1993.