Debo advertir que este grupo es para muchos sonorenses, totalmente desconocido, en primer lugar por el hecho de que habita en lugares bastantes escabrosos en la montaña, y segundo, que apenas se están incorporando al lenguaje de las instituciones oficiales. 

 Para llegar a ellos fue una verdadera Odisea, ya que en 1980 que fue mi primer contacto, no había el camino que hoy los comunica por parte de su asentamiento ejidal que es Mesa Colorada, hasta la Comisaría de San Bernardo de Álamos, por lo que tuve que hacer un recorrido por el antiguo camino atravesando a pie poblados pequeños como Gujaray, Cuchujaqui y Burapach y algunas rancherías.

 En estos sitios, algunos de estos indígenas habitan con gente blanca, desarrollando labores de peonaje y vaquereo en ranchos y predios agrícolas. 

Para llegar a su región, fue necesario hacer un recorrido que nos llevaría a conocer como primeros puntos, algunas ciudades del sur del Estado tales como Cd. Obregón, Navojoa y por último Álamos.

Es esta una ciudad netamente colonial, donde podemos admirar todavía vestigios de tiempos idos en sus construcciones, así como la apacibilidad de reencontrarse con algo de nuestra historia, porque han de saber que ahí existió la primera casa de moneda de sonora, fue también una ciudad importante para la conquista por parte de los españoles en Sonora.  alt

Hoy Álamos es considerado centro turístico importantísimo.

PARTIMOS  DE ALAMOS A LASIERRA 

Después viene el internamiento que sería ya la recta final del viaje, ya que pasando Álamos se toma el camino a San Bernardo a través de un camino de terracería donde podemos observar pequeños poblados que se dedican a la ganadería, agricultura y también existen bastantes ejidos madereros por su proximidad con la Sierra Madre Occidental. 

 Luego viene la emoción de observar y caminar por las veredas y caminos de terracería que tuve que recorrer para llegar al poblado “Mesa Colorada”, destino final de mi visita a tan maravillosa y misteriosa región de Sonora.   alt

En un primer momento, supuse lo fácil que sería hacer el recorrido ya que mi guía, un maestro de la tribu Mayo, me dijo que serían a lo sumo cinco horas o más, pero no contaba con mi condición de hombre citadino; así que las dificultades que presentaría un terreno escabroso se pudieran convertir en 12 horas.   Pues bien, iniciamos el recorrido de San Bernardo.

Como primer paso fue cruzar el Rio Mayo a través de una canastilla sostenida por gruesos cables de acero en la cual cabía un hombre en una especie de pequeño tarro y uno mas abajo sostenido en una canastilla y el conductor los impulsaba para que el carrito se deslizara sobre los cables hasta llegar al extremo del rio, que aunque era tiempo de secas, llevaba bastante e impresionante caudal. 

 Bien, después de hacer esa acrobacia, enfilamos a pie rumbo al poblado de nuestro objetivo, el camino que tomamos fue un Vereda utilizada por los rancheros y Guarijíos que diariamente transitan para ir a San Bernardo o viceversa, así como a sus ranchos.  alt

En este trayecto no hay nada de terreno plano así que nos fuimos atravesando un sin número de ranchos perdidos y algunos poblados minúsculos.  

Pero esos elevados cerros me obligaban algunas veces tomar un alto para realizar dos o tres respiros profundos y así recobrar fuera y proseguir entre veredas y cerros hasta llegar al poblado principal de esa región, (hablo de las estribaciones de la Sierra Madre) llamado “Burapalo”, penúltimo poblado antes de llegar a “Mesa Colorada”.  

Burapalo es un lugar pequeño con caserío típico de un pueblo serrano, sus casas hechas de adobe, algunas de material de ladrillo, un dispensario médico, una tienda principal, su escuela rural y su apacible gente que reconoce inmediatamente al foráneo.

MIS ANDANZAS CON EL  GOBERNADOR alt

En este lugar tuvimos la suerte de encontrarnos con el gobernador de los Guarijíos llamado José Zazueta.  Fue para mí una impresión bastante emocional ya que viajé junto al líder y a la vez jefe de la comunidad que fuimos a visitar después de las presentaciones e intercambio de saludos.  

Acordamos ir al pueblo Guarijio, ya para esto el que narra esta aventura no podía con su alma y cuerpo, pues después de 10 horas de caminata a través de cerros y cañadas, estaba agotado; pero me estimuló el hecho de que solamente faltaba por recorrer tres kilómetros, así que emprendimos la marcha.

! Ah! pero es que no me comentaron que tendríamos que atravesar de nuevo el impetuoso Río Mayo en esta parte del recorrido, y esta vez sin canastilla. 

Al llegar a la orilla de tan grandioso rio y ver hacia su otra banda, mi objetivo final, me di valor y me ajuste a las indicaciones que el gobernador Zazueta me pasaba; nos vimos obligados a despojarnos de ropa y equipo hasta quedar en paños menores, pregunté si cruzaríamos a nado aquel nada confiable río que había acrecentado su caudal por estar en la parte alta de su nacimiento.

Lo oímos rugir al doblar en un arista de un cerro que entraba al cause.  Nos dijo José: “Lo vamos a atravesar en chilicote”. Me pregunté qué sería eso. 

De uno matorrales sacó el Gobernador una  especie de tronco colocándole en uno de sus extremos varas en forma de canasta, y en medio, una vara donde asir una mano.  

Colocando la ropa y equipo en la canasta nos colocamos a horcajadas en el tronco arrojándonos al río sintiendo como sorprendentemente flotaba junto con nosotros; uno solamente tenía que propulsarse con el brazo  y las piernas para llegar a la otra orilla. 

Poco después me di cuenta que esta madera o árbol es muy común en la región y el Guarijio le da varios usos tales como el confeccionar utensilio de cocina, máscaras para sus danzas, etcétera. Y Así fue como llegué al poblado de mis caros anhelos. 

Este reportaje se publicó en la revista Sonora Mágica el mes de enero de 1992