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Una fresca mañana de noviembre de 1992, don Manuel Encinas, un hombre franco y muy “mal hablado” nos invitó a dar un paseo por las tranquilas agua de la presa del Novillo.
Teniendo frente a nosotros el Cerro El Parraleño y al fondo la imponente sierra de Santo Niño, nos embarcamos en una lancha de aluminio y así, dimos unas dos vueltas a las ruinas del templo de San Francisco que la verdad nos impresionó mucho.
Deslizándose suavemente en aquel espejo azul. Prácticamente no queda nada de la iglesia que el padre Alejandro Rapicani construyera a finales de 1742.
En la segunda ocasión nos acercamos hasta las ruinas y calculamos que el agua está a una altura de unos cinco o seis metros.
Estaba construida por centenares de bloques de piedra, granito y cantera y dan hoy un color grisáceo debido más que nada a la acción de la humedad.
Frente al templo vimos hace tres años atrás (1989), parte del kiosco, así como los cimientos que figuraban las casas del pueblo. 
Al oriente, se ven las ruinas del molino de metales de Huetamo, mientras que al poniente la nueva colonia de americanos que viven aquí y el viejo panteón donde la mayor parte de las tumbas sobresalen fuera del agua.
Vienen a nuestra mente, aquellos fastuosos bailes que aquí se organizaban amenizados por las mejores orquestas del lugar, ya sean las de don Carmen Silva o bien la de los hermanos Silva integradas por mi fino y estimado Manuel Silva Ruiz, Agustín y el padre de éste don Ramón F. Silva entre otros que desgraciadamente no recuerdo.
Cuando baja el agua del Novillo, es costumbre de muchos batuquenses recorrer los sitios donde se encontraban sus moradas. Tan es así que es fácil encontrar desde cucharas, monedas, tazas de peltre, y esa vez que estuvimos, nos tocó ver un lavadero de cemento roto.
Después de recorrer el sitio en lancha, nos trasladamos a la solitaria torre de la capilla de los Figueroa, (en la actualidad se derrumbó), y pudimos ver en la cúpula el nido de una pareja de escandalosos cuervos que se espantaron al vernos pasar.
El pueblo de Batuc, terminó un día de noviembre de 1964, cuando la cortina de la presa fue cerrada y en ese desbarajuste, donde muchos advenedizos se enriquecieron a costa de los pobres moradores de Batuc, Suaqui y Tepupa.
El 7 de octubre de 1963, Andrés Armiño, a la sazón Jefe del Departamento de Indemnizaciones de la Comisión Federal de Electricidad, informó de la negligencia de los pobladores de esos tres pueblos, al no presentar sus documentos que amparaban sus propiedades.
¿Ahora? ¿Qué documentos quería este señor? Si los mismos pobladores me aseguraron en varias ocasiones que no contaban con papeles puesto que las propiedades pasaban de mano a mano de generación tras generación. 
Es por eso que a muchos se les pagó lo que los funcionarios quisieron. La herencia de Batuc está en su hermano menor: San José de Batuc, ubicado a tres kilómetros al poniente del vaso de la presa y su nombre se debe a don José Peñuñuri quien ante la impotencia de su gente, que dándose calor unos con otros en aquel erial donde se habían reunido, llegaron al acuerdo de fundar la “Colonia”, después de haber sido arrojados por las aguas y con unos cuantos pesos de indemnización.
¿No le atinan que nombre le pondremos a éste lugar? –inquirió.
Nadie contestó y de pronto, alzando la voz dijo: “le vamos a poner San José por mi nombre” ¡Si Señor!
Para llegar a San José de Batuc, se llega primeramente a Mátape y hay dos caminos: el de la derecha lo llevarán por el puerto y conocerá lugares preciosos. Es un camino angosto, con muchas curvas y bellos paisajes.
El de la izquierda es más corto pero lo llevarán hasta San Pedro de la Cueva y de aquí San José está a 12 kilómetros donde se puede disfrutar de buena pesca y también ir siguiendo la ruta del arroyo de Marasobichi a caballo y que por medio de una guía lo llevarán a la Cueva del Coitar y al popular Chorro, que es una cascada de más de quince metros de alto que cae en una hondonada población de pericos, chulos y altos chalates.
Mientras que la cueva está unos cuantos metros arriba y en su interior que es de grandes proporciones, se pueden observar estalactitas y estalagmitas y en el fondo de la caverna principal está una estatuilla de San Martín de Porres.
Bajando por otro lado, se llega a un lugar conocido como la casa del Indio y en el terreno se pueden ver corrales de piedra, similares a los que se encuentran por fuera de la Cueva de Varela en Mátape.
Por otra parte, en una pared lisa del cerro donde se encuentran dichos corrales, hay unas cuevas a varios metros de altura y curiosamente hay unos troncos secos de sahuaro que servían para subir.
Al otro lado del camino de San Pedro y muy cerca del pueblo, siguiendo el mismo arroyo pero ahora hacia el oriente, se llega a los Paredones que es un enorme cañón que el mismo Marasobichi ha cavado durante siglos.
En San José no hay restaurantes pero eso sí, les recomendamos para que paren en cenaduría de la Beba Acosta, donde se puede disfrutar de la mejor comida a base de pescado, así como de regional.
Articulo tomado del libro:
Pueblos de Sonora
Juan Ramón Gutiérrez
Pp 51-55