Remebranzas del viejo Hermosillo 
Nací y viví en el muy respetable barrio del Centenario, cuando todavía no aspiraba a ser colonia.
En ese entonces el principal referente era la Plaza Zaragoza y la Catedral.
Hermosillo era una ciudad emergente y los confines del barrio eran la calle Rosales, al Oriente; la Dr. Pesqueira hacia el Norte.
Al Sur teníamos el Malecón y los barrios del Palo Verde y la Mosca, y al Poniente una inexistente avenida Reforma que sólo marcaba el rumbo de las huertas de naranjos.
La principal diferencia entre un barrio de aquéllos y una colonia de las de ahora, estribaba en la heterogeneidad social y cultural. En un barrio convivían familias de todo tipo: Desde las que subsistían en una pobreza digna, hasta las que aspiraban a un bienestar económico elevado.
En aquel entonces había profesionistas, empleados, rancheros, agricultores, excelentes carpinteros, plomeros y especialistas en todo lo que se ofreciera.
A excepción de los que poseían rancho, o tierra de cultivo en La Costa, la mayor parte de los señores trabajaba cerca, a no más de 20 minutos de caminata, o 10 en carro. El barrio tenía sus changarros, el de Don Zeferino el más famoso; para compras regulares se iba al Mercado Municipal lo que implicaba un paseo de no más de 10 cuadras. Cuando nos entraba el espíritu de aventura subíamos a pie el Cerro de la Campana. Antes, diligentes, nos preparábamos para las alturas escalando el Cerrito López…
Teníamos un cine en la esquina: Con sólo rebasar dos cuadras la Rosales llegábamos al Teatro Noriega que no perdía ocasión para recetarnos funciones de dos o tres películas de charros o rumberas, por uno o dos pesos. Para las funciones de gala íbamos al Nacional o al Sonora, mucho más lejos, lo que implicaba una fuga audaz, o una ardua negociación para conseguir el permiso.
El Centenario contaba con algunas manzanas de viejas casonas, de tiempos del porfiriato, con los palacios de Gobierno y Municipal, la cervecería al Sur de ellos y una serie de residencias más presumidoras que se construyeron hacia el Poniente. Era un barrio divertido en el que la convivencia se daba en la Plaza o en los camellones de la avenida.
En ese entonces las noches eran oscuras: Sólo un foco colgando de un poste iluminaba cada cuadra. Las tinieblas invadían el barrio y, con ellas, historias de sombras, aparecidos y el diablo en persona que, como todos sabíamos, se sentía muy a gusto en aquel ambiente tenebroso.
Aquello se empezó a transformar cuando se instaló el alumbrado público, a principios de los sesenta: La luz nocturna nos daba más libertad, nos prolongaba el día y empezamos a desvelarnos en la plática. Pero también ahuyentó a los fantasmas y otros habitantes lúgubres de las sombras; las conversaciones recayeron más en las muchachas, las perspectivas de oficio y las aventuras radiofónicas.
Entonces se construyó la primera colonia de Hermosillo: La Pitic, al Norte. Aislada y lejana. Algunos vecinos se apresuraron a fincar allá. Era un conjunto más homogéneo, con viviendas de factura moderna, calles anchas y arboladas. Nadie podía vivir ahí sin un carro para desplazarse hacia el centro, hacia sus trabajos. Allá se convivía entre familias de clase media
ascendente, y algún que otro ricachón.
El Centenario también fue cambiando: Se tumbaron añejos caserones para construir edificios de muy dudoso gusto, pero todavía se conservan muchas de las viviendas de hace un siglo, o 50 años. La mayoría se está transformando en oficinas y comercios a un paso acelerado. En algunos casos se respetó la arquitectura original, lo que ha evitado que se pierda el sabor urbano. Se aprovecha lo antiguo para darle un uso moderno.
Este proceso se puede apreciar en los alrededores de la Plaza Zaragoza, y también en el contorno de la Placita Hidalgo y las cercanías de EL IMPARCIAL: Se está desarrollando una imagen de Hermosillo propia y auténtica que redundará en una mayor identidad, y un atractivo turístico local.
Conviene promover la restauración del viejo Pitic: Las calles del Carmen y la Chihuahua; el barrio del Cerro de la Campana, la vieja calle Mina, Las Pilas y La Matanza. Se lo debemos a nuestros nietos…
Ernesto Camou Healy, doctor en Ciencias Sociales, maestro en Antropología Social y licenciado en Filosofía.