En su Historia de la Agricultura, Ciro F. S. Cardoso relata que una vez en Francia, a un campesino se le propuso cambiar sus seis cacas corrientes por tres de raza fina, a lo que el campesino contestó que no, ya que así su hijo no se podría casar con la hija de un campesino rico con la cual estaba comprometido.
Al respecto, el historiador Witold Kula comentó: «Creo que este campesino actuó racionalmente, inclusive en el sentido económico de la palabra: la dote de la futura nuera representaba ciertamente más que la ganancia eventual proveniente de las tres vacas de raza».
Es desde esta perspectiva que queremos presentar este trabajo, estamos entendiendo las actividades de la vida cotidiana no sólo como parte de las costumbres o tradiciones, sino de las estrategias -conscientes o no- de sobrevivencia de un grupo como tal, es decir, como grupo social integrado.
Los mineros de Pilares, por ejemplo, obligados por el cierre de la mina a rehacer sus vidas como colonos en la Costa, querían fundar un poblado, reconstruir sus formas de vida serranas, y atender sus campos desde allí.
Al hacerlo, actuaron racionalmente, incluso en el sentido económico de la palabra. En lo que sigue, intentaremos demostrarlo.
Los antecedentes del proyecto de la colonización de la Costa son bien conocidos en la región. En los años cuarenta se construyó la presa, en la confluencia de los ríos Sonora y San Miguel, en la entrada oriente de la ciudad de Hermosillo.
Así, se creó el pequeño distrito de riego por gravedad llamado «Abelardo L. Rodríguez»; pero se cancelaron las posibilidades de aprovechamiento de las aguas broncas río abajo, en la llanura costera que se extiende desde Villa de Seris hasta el mar.
Para recuperar estas tierras para el cultivo, en 1949 se creó el Distrito de Colonización de la Costa de Hermosillo, y se perforaron y equiparon cerca de medio millar de pozos profundos.
Como la Ley de Colonización de 1947 fue explícita en el sentido de que debían de respetarse las propiedades preexistentes en un Distrito de Colonización de nueva creación, el corazón de la Costa permaneció en manos de propietarios privados; sólo la granja alrededor -la más cercana al mar- pudo ser destinada a la formación de colonias agrícolas.
Eran tres grandes grupos los que fueron integrando las primeras colonias. El primero lo formaban los cerca de 170 jefes de familia (del total de alrededor de 2000 trabajadores desempleados por el cierre de la Moctezuma Copper Company), quienes fundaron la Colonia «Mineros de Pilares»; el segundo se integró con solicitantes de tierras del sur del Estado que, al ser negadas sus peticiones, se reubicaron como colonos en la Costa; el tercer grupo, f
inalmente, se conformaba por numerosas personas que de alguna manera habían servido al gobierno estatal -maestros, empleados públicos, regidores, diputados locales, integrantes del sindicalismo oficial- que, a manera de jubilación o bonos por muchos años de servicio, recibieron tierras en la Costa.
En este trabajo, nos centraremos en el primero de los grupos mencionados: el de los mineros de Pilares.
En diciembre de 1948, obtuvieron la posesión de 500 hectáreas enmontadas. Al conseguirse de la banca oficial, el crédito refaccionario para la perforación de los pozos y la adquisición de maquinaria, así como el avio para las siembras, la colonia fue reagrupándose en una serie de sociedades de crédito.
Cada una de estas sociedades se formó alrededor de un pozo agrícola con aguas suficientes para regar cerca de 200 o 250 hectáreas.
Las sociedades originales fueron: Miguel Alemán, Nazario Ortiz Garza, Ignacio Soto, Adolfo Ruiz Cortines y Lázaro Cárdenas.
Conforme fueron obteniéndose nuevos créditos, otras sociedades se iban organizando. De esta manera, a las cinco primeras se les iban sumando la Moctezuma, Bella Vista, Cuauhtémoc, Escuadrón 201, Kino, La Providencia, Villa San Ignacio, El Futuro e Ignacio Zaragoza. Es decir, en los mejores tiempos existían 14 sociedades formadas por pilareños.
Según un censo interno (sin fecha, pero probablemente de principios de los años cincuentas, de los 170 fundadores 48 eran originarios de Pilares o Nacozari; 71 de otros pueblos o ranchos de la sierra; y el resto de otros pueblos del Estado de Sonora y de otras regiones del país.
Los apellidos mas frecuentes eran: Ayón Villa, Barceló Olea, Cabanillas, Castillo, Coronado, Cotaque, Dojaque, Dórame, Durazo, Estardante, Fiel Olivarría, Gallegos, García Valenzuela, Garfel, Meza Olivarría, Madrid, Miranda, Montalio, Montes Meza, Morghen, Olea Franco, Olivas, Orantes Mayboca, Preciado, Ramonet, Robles, Téllez García, Torúa, Velazquez.
Muchos de ellos -como afirmaron en las entrevistas- eran de origen campesino. Es por esta razón que al acercarse la fecha del cierre de la mina, ellos buscaron su reubicación como colonos en la Costa, pues estaban acostumbrados a transitar de las minas y del gambusineo a la milpa y a la ganadería en pequeño, y a la inversa, según los altibajos de la minería de exportación.
Desmontados los terrenos y puestos a funcionar los pozos, los primeros pilareños se fueron a vivir a la Costa. En la Calle 28 Sur fundaron un poblado al que llamaron ‘Colonia Mineros de Pilares’.
En ‘Mineros de Pilares’, construyeron una iglesita, una escuela y una enorme cancha para los bailes de los sábados que, eran famosos en toda la región. En esta época, todavía no existía el Poblado Miguel Alemán (que se fundo en 1964); igualmente, las colonias cercanas Plan de Ayala y Villa San Ignacio apenas estaban formando sus poblados: unas cuantas casas de adobe revelaban su incipiente nacimiento.
Así, en los primeros años de la década de los 50, la colonia Mineros de Pilares fungía como un pequeño centro regional, tanto para los colonos que se habían ido a vivir a la Costa como para los trabajadores agrícolas.
Desde antes de llegar a la Costa, los pilareños empezaron a gestionar la consolidación de su poblado.
Se eprendieron gestiones ante las distintas instancias municipales, estatales y federales: crédito para construir casas de ladrillo (las que tenían eran de adobe); crédito para granjas familiares y huertos (Para abaratar el abasto familiar); materiales de construcción para la ampliación de la escuela; remuneración para un maestro de planta; electrificación de los pozos y del poblado (los primeros pozos tenían bombas de diesel); clínica del Seguro Social; un centro de abasto de CEIMSA (antecesora de CONASUPO).
La mayoría de estas gestiones recibieron respuestas negativa- sólo se logró la instalación de una pequeña clínica del Seguro Social.
La legislación federal no estaba clara en relación a la creación de poblados en los Distritos de Colonización. La Ley de crédito Agrícola de 1942, por ejemplo, demandaba que los beneficiarios del crédito oficial debían de trabajar La tierra personalmente, y que no podían tener mas de cinco trabajadores asalariados permanentes.
La Ley de 1955 -que abrogaba la de 1942- añadía a esto la exigencia de que los colonos debían de trabajar la tierra en común. Para los colonos de la Costa, esto significaba que ellos debían de vivir cerca de sus cosechas, construir un poblado y atender sus campos desde ahí.
La reglamentación de la Ley de Colonización de 1947, en cambio, prohibía la construcción de viviendas en tierras destinadas al cultivo.
Esta misma Ley realmente para nada menciona el acomodo de campesinos sin tierra en los distritos de colonización. En cambio, el Acuerdo Presidencial del 30 de julio de 1948 -que reserva para fines de colonización los terrenos de la Costa- en su ‘Considerando Segundo’ menciona que «podrán colocarse un gran número de campesinos carentes de tierras y que desean dedicarse a las labores del campo».
La mayoría de los pilareños primero se fueron a vivir al poblado emergente en la Calle 28 Sur, solos o con todo y familia. Conforme fueron creciendo las familias y las carencias, y conforme fueron acumulándose las negativas a sus gestiones de obtener los servicios básicos para su poblado, muchos de los fundadores abandonaron su poblado y se fueron a vivir a Hermosillo.
Allá la vida fue mucho más cara, y también las siembras subieron de costo. Los colonos que no habían abandonado o vendido sus tierras en la Costa, tuvieron que comprar carros o pick-ups para seguir atendiendo sus cultivos. Otros se vieron ante la necesidad de contratar a un mayordomo, y de aumentar el número de trabajadores asalariados en sustitución del trabajo familiar.
A causa de la lejanía de los colonos de sus campos, de la falta de accesoria adecuadas y de un cúmulo abrumador de problemas organizativos, técnicos, etc., para mediados de los cincuenta la mayoría de los colonos ya estaban terriblemente endeudados, tanto con el Banco de Crédito Agrícola como con las casas mercantiles de Hermosillo.
Desde estas fechas, la amenaza del embargo fue una de las constantes en la vida de los colonos. El gran ciclón de verano de 1958, finalmente, arrasó con las cosechas del algodón, festruyó casas, postes, tiendas, escuelas, lo que encontraba en su camino.
De las pérdidas de las cosechas, pero no así de los gastos de reconstrucción de las casas y del poblado. Así fue cerrándose el ciclo: para finales de los cincuenta, muchos de los antiguos pilareños ya se habían ido.
En toda la Costa, el empleo del trabajo asalariado empezó a generalizarse, y la antigua Colonia Mineros de Pilares fue convirtiéndose en poblado habitado por algunos trabajadores agrícolas de la región.
Hasta la fecha, se trata de un asentamiento precario en donde escasean los servicios mínimos para la población estable, y más aun, para la flotante.
Para concluir, quisiera agregar que el objeto de este trabajo no es especular sobre lo que hubiera pasado con los pilareños si hubieran logrado formar su poblado. Sólo quisimos demostrar lo que para ustedes ya es sabido que la organización de la vida cotidiana no es un asunto marginal ni fortuito de la historia social.
En el caso que nos ocupa, vivir en la Costa o vivir en la ciudad no era cuestión de preferencias o gustos. Era, más que nada, cuestión de diferencias en las maneras de concebir el futuro.