Por José Terán
Es una escultura que suscita miedo. Todavía cuando la contemplo me provoca un ligero temor, un pálpito de moderado terror que vuelve a ser infantil como cuando tenía seis años y “Nuestro Padre Jesús” –tal es su nombre—abandonaba su puesto en la iglesia para recorrer, en andas, las calles de Batúc.
Escribo sobre el pueblo original hoy desaparecido y varias veces inundado por la presa El Novillo
El modelo, obra de Alberto Molina o Pedro Calles, fue tallado en madera y mide cerca de dos metros y medio, tamaño que le confiere el golpe de asombro que despiertan todas las figuras que escapan a la proporción humana.
Pero ese pasmo tiene que ver también con la naturaleza inhumana que se desprende, a primera vista, de la imagen santificada. Podríamos decir que hay algo en ella que no encaja con la realidad, un inexplorado ámbito en el que las leyes naturales de la representación han abandonado sus cauces y “aparentan” un realismo que no existe o fue deformado deliberadamente, como esas telas de Dalí o el David de Miguel Ángel.
Tal vez esa fue la intención del escultor: transmitir un temeroso estupor en los espectadores y fieles integrantes de la parroquia; o es posible que la ingenuidad en el oficio lo llevó a concebir una obra que aún hoy infunde un grado de turbación que puede confundirse fácilmente con respeto e impone una incomprensible lejanía a los devotos que lo visitan.
Sí, porque el Nuestro Padre Jesús parece que camina, que siempre, semiencorvado, va caminando en procesión y, además, cargando una enorme cruz mucho más grande que ese madero adelgazado que no encaja ni entre sus manos ni entre sus brazos. Nadie de los nativos del pueblo de Batúc sabe por qué lo vistieron desde siempre con una gran túnica o bata rojo púrpura la cual acintura un grueso cordón de seda cuyos extremos caen a un costado de la figura y entre los pliegues del terciopelo.
Pero es la actitud la que agrega reverencia, temor y compasión: el rostro blanquecino, gacho y casi oculto por una larga y negra cabellera que le cae a los lados, se desliza sobre sus hombros y su espalda hasta casi llegar al talle. Y luego sus brazos y sus manos, para nada flexibles en su movimiento, en el ritmo al abrazar la cruz: el brazo derecho muy arriba y la mano muy abierta, dejando ver las heridas en falanges, muñeca y codo que la manga deja escapar, en tanto el brazo izquierdo se adelanta frente al pecho y hacia abajo, como si en vez del angosto madero que le instalaron Jesús tratara de abrazar un grueso tronco.
Pero esa cabellera de pelo real en rizos, de un negro retinto ¡cómo contrasta junto a la piel lechosa, casi blanca de la estatua! ¿Quién informó al escultor que los judíos son de ese color?
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Cuando niño, recuerdo que los días de Semana Santa salía Nuestro Padre Jesús sobre una tarima de madera sostenida en alto por ocho o diez hombres para recorrer las calles de Batúc, mientras los feligreses siguiendo la enorme figura y a un sacerdote que la precedía —los hombres con los sombreros en la mano y las mujeres de negro con los rosarios en las manos—rezaban con un murmullo bajo y sordo. A veces la procesión se detenía para después continuar el recorrido. A veces se alzaban cánticos de mujeres con voces muy agudas que le conferían al acompañamiento un aire de pavorosa resignación o desesperanza, que es lo mismo.
De lejos, Nuestro Padre Jesús era aberrante. Su tamaño chocaba en el espacio circundante porque se alzaba sobre las bardas y casas de adobe en las estrechas calles y el manchón rojo y negro que proyectaban su hábito y cabellera impactaban a distancia. Una vez el herético Julio Figueroa al desembocar a un cruce de callejones se enfrentó a una de estas procesiones y al ver a Nuestro Padre Jesús exclamó “¡Huy, qué aparatote!” y arrendó.
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Hoy, Nuestro Padre Jesús sigue saliendo durante los días previos al Sábado Santo, pero en San José de Batúc, la nueva colonia que los batuqueños erigieron algo más arriba del límite máximo del agua de El Novillo. La escultura, gracias al esmerado cuidado de los fieles y católicos vecinos, sigue conservando ese hálito de espantoso e inhumano sufrimiento. Cuando lo veo pasar, blanco el rostro y tinto por la sangre que chorrea de la corona de espinas un estremecimiento muy antiguo recorre mi espina dorsal.
No quisiera tener que entrar a media noche a la pequeña iglesia que lo resguarda, pero sé que ahí está, con una mano abajo y frente a su cintura, muy abierta, como la otra que se alza sobre su cabeza, a punto de dar un paso o bajar del pedestal ¿quién puede saberlo?
José Fco. Terán.
Escritor y Maestro en Arte.
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