La Teresita Bustamante no era partidaria de revelar su edad, si acaso la fecha de nacimiento, pero no el año; y tenía razón, es un acto de parte de los humanos de muy mal gusto querer enterarse de la edad de la persona con la que está tratando.
Como si el saber la edad ya estuviera en situación especial para tratar, al menos así lo entendía la filósofa de la familia. Por eso no nos interesa la edad de mi amigo el Nacho Bússani, al que ya alcancé en número de canas; sólo sé que cuando estuvo acá en nuestra Granja Santa Catalina de Magdalena, la otrara villa donde nació Ismael Andrews, me dejó encantado cón su personalidad a todo mecate.
Una forma de vivir con desgano y con un dejo de me vale, como quien sabe que vivir no debe ser tan el acabose el mundo,como nos lo inculcaron de niños.
“Garañón que mea y no se tira un aire no es buen garañón”, me dijo tirando el agua junto a una mata de jarillas a la orilla del río justo frente a San Ignacio.
Nuestras esposas conversaban también relajadísimas, y nosotros locos poetas, broncos literatos, los que vagamos por este barrio lleno de tilicheros llamado mundo, neta como nos divertimos, que friega le pusimos a las flores del campo, clasificándolas con nombres que nos dio la regalada gana, ni los animales se nos escapaban de nuestra inventiva refranera Juan bautistiana endilgándole apodos tal como lo hacía a toda madre mi padre don Octavio El Cotichi, a cuantos ser viviente se cruzaba en su camino en las largas estadías en la finca de Tecorechi ¡Amalayón”.
Nacho me dejó un libro que he leído dos veces, lo confieso, tratando de encontrar al poeta en la soledad de mi juqui; a veces no llega, otras si me cautiva, me mete a un hondo pozo de reflexiones:
“El amor confía en la luz que siembran los espejos”.
¡Hay güey!, miren este “El amor que espera remendando las redes de la noche”.
“El amor descubre que el corazones es sangre que quema”, ni más ni menos como los chilicotes, y el que no lo crea que le entre.
El poeta hay que admitirlo le da a quien quiere su poesía, y cuando quiere, pues sabe que es el estado de ánimo del lector el que hace la segunda parte, la de abrirse y poder entender suavemente lo que el poeta dijo, y como lo dijo y si lo dijo.
Su poemario está arriba, en medio o abajo del bonche de poemarios, entre Pablo y entre Jaime, entre Eloy y entre Whitman y Abigael, entre Terán, entre López Velarde y Nohemí Hernandez porque hay que tener tiempo para leerlos, si no a todos, juntos pero no revueltos, revueltos pero digeribles.
Allí está sobre el escritorio “Otro Silencio me devora” de Ignacio Bússani, un hombre bueno, de eso no me he arrepentido nunca y conste no es nuestra gracia descubrír a quien es entero y quien es fantochemente medio amigo.
Y me parece que el Nacho nació enterísimo sahuaripense, sonotense de sangre azul, porque su poesía es más que una credencial electoral para identificarse en la ventanillas del Banco. Es una llave para enamorarse más de la vida y de su poesía
Se ha identificado una y mil veces con este su amigo de acá de Buquibaba, y allá lo divisa mi brújula Web disfrutando a lo lindo del Real del Alamito, le dije recién donde mi tía María Tapia se enamoró del General Obregón al que catalogó de guapísimo, guapura que escondía sus ansias criminales de poder.
Escribo estas simpladitas nomás para mandarle un breve recordatorio a Nacho cuanto lo aprecio y cualquier día de estos porque no hay de otros, primeramente mi tata Dios le caigo al café de talega, le voy a llevar coyotas de don Emigdio, de las que si traen panocha, y le llevaré en mi maletita lap top todo un silencio devorador de estas tierras.El ya sabe que en tanto lo sigo esperando en El Club Verde Liberería para echarnos un Chante con burritos de Machaca hechos por la tía Tila…a la vez que le echa un ojo a nuestros estantes repletos de puro Sonot…
Arre!!!