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Por. Arq. Jesús Félix Uribe
Conocí Cucurpe a principios de la década de 1980, cuando empezaba a recorrer los rumbos de la historia y de la arquitectura regional. La distancia entre Magdalena y este pueblo se salvaba por un camino de terracería (hoy pavimentado), que lo recuerdo por ir entre suaves lomas y por un paisaje que se abría a un horizonte poblado por extensos bosques de sahuaros.
Ahora, recordando aquellos tiempos, trato de imaginar a los ejércitos de la Orden de Jesús, los jesuitas pues, recorriendo las brechas y caminos entre sahuarales y bosques de mezquites.
Los imagino al trote de sus cabalgaduras o al lento andar de sus pasos recorriendo el inmenso territorio de la Alta Pimería, rodeado por una naturaleza que les era extraña. Fueron constructores de templos en un paisaje que se dibujaba en el horizonte con formas vegetales desconocidas para los europeos.
La arquitectura occidental teniendo como telón de fondo un paisaje distinto, nos lleva a un juego de la percepción que altera las formas originales.
La sobriedad de los primeros templos o los caprichos del barroco, cambiaron la envoltura natural que los rodeaba en Europa, por otra en la que las tonalidades de los materiales y la iluminación les diera un tono distinto.
Sabemos que los primeros templos fueron construidos con adobe y cubierta de zacate y tierra, como los describieron en un documento fechado en 1772. Fueron los materiales para la construcción durante más de siglo y medio en estas “lejanas” tierras de aquel Septentrión de la Nueva España. 
Los europeos por su parte, usaron durante milenio y medio la piedra, con la que lograron una plástica que reproducirán en nuestra tierra usando la tierra. La piedra y la tierra son materiales que enfrentan la luminosidad de manera distinta, son texturas que afectan la retina provocando distintas sensaciones.
Son los juegos de la percepción que revaloran el carácter regional de las formas arquitectónicas “universales”.
La tierra, en forma de adobe o enjarres, fue el primer material para la construcción de templos en nuestra región, al que se agregó, a fines del período jesuítico, la cantera. Posteriormente, los franciscanos introdujeron el ladrillo cocido, aumentando las capacidades constructivas.
Cada uno de estos materiales es un relato plástico narrando historias venidas de su propia plástica, que le da el carácter regional a las propuestas universales. Los tres materiales su usaron ya de mantera individual, o ya combinándolos para resolver diferentes problemas de la construcción.
La actividad constructiva va sumando materiales y técnicas, alterando la propuesta original y reforzando el carácter regional de la arquitectura.
Las ruinas del templo de Cucurpe son una grata conjugación de diversos materiales, el adobe, la cantera y el ladrillo, con sus propias texturas jugando con el sentido de la vista. Los arcos forjados en ladrillo cocido formando el cuadrado para recibir la cúpula, refleja la luz de un sol poniente que enciende el rojo de este material.
Las sombras producidas semejan una caprichosa danza que alterna con los planos iluminados y que la magia de la fotografía detiene en un instante. Al alegre rojo del ladrillo, contrastan los suaves tonos ocres de la cantera y el color tierra del adobe.
El templo de Cucurpe se convirtió en ruina, sin siquiera llegar a ser una construcción terminada. Los muros de adobe con recubrimiento de cantera, son el apoyo de unos arcos que se levantan hacia el cielo como mudos testigos de aquellos afanes, de aquellas andanzas de misioneros y constructores por tierras sonorenses.
(Foro Plural. Año 1. No. 9. 15 de Julio del 2003)