**EL CRIMEN DE DON MARGARITO MAYTORENA
Y DE SU SICARIO EN EL CERRO DEL CABEZÓN

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE**

El arriero apresura encaja las espuelas en la bestia, es absolutamente indispensable estar puntual en casa de don Margarito Maytorena para entregar la maleta que desde La Misa trae consigo sorteando todo tipo de peligro en el largo trayecto. Y sabedor Tiburcio Macazani del carácter tan ladeado de su patrón, da recio con el fuste y de continuo flagelado animal que pareciera chorrea sangre por el camino.

Son las 5 de la tarde y ya el señor Maytorena está más que histérico, sus gritos a la servidumbre se escuchan por toda la casona ubica en la plaza de armas que se ve sombría por ser un reflejo constante de sus propios interiores, trasmuta un sudor intramuros de desasosiego, y no es para menos sur propietario están con el alma en hilo, como si su vida dependiera del contenido de esa valija. Seguramente es una buena suma de dinero, tal vez unas escrituras de las minas o de la hacienda. Nadie lo sabe, sólo don Margarito que se frota las manos y camina de un lado a otro en la espaciosa sala, se sienta por un leve momento y se pone de pie de inmediato, no haya quietud, no mientras no tenga en sus manos aquí bolso que le envía su hermano don Chamalito Maytorena.

Ambos llegaron a La Misa en forma fortuita, vinieron como voluntarios formado parte de un grupo de moradores de San Miguel de Horcasitas para hacer frente como buenos mexicanos a la intromisión de Estados Unidos, originado por la anexión de Texas a la Unión Americana, esto hizo, entre otros factores que se declara la guerra entre México y los Estados Unidos, el 13 de mayo de 1846. 
El día 6 de octubre, el barco de guerra norteamericano “Cyane” apareció en la Bahía de Guaymas, y declaró el estado de sitio. Al siguiente día atacaron, sin poder quebrar la defensa al mando del coronel Campuzano.

El día 7 de octubre, los norteamericanos iniciaron el ataque a Guaymas, cuyo primer objetivo fue apoderarse del barco mexicano “Cóndor”, el cual fue defendido por los soldados del Batallón Activo de Sonora. El capitán Duport, jefe de los invasores, dándose cuenta de que no era tan fácil tomar el puerto, mandó una comunicación a las autoridades nacionales proponiendo el cese al fuego si los mexicanos no lo atacaban.

Día 13 fue liberada gracias al arrojo y patriotismo de todos los grupos de voluntarios de los varios pueblos de Sonora que acudieron una voz a salvar la patria.

Una vez pasado el peligro de ese acto voraz del vecino del norte que no se pudo consumar por fortuna, los hermanos Maytorena Goycochea decidieron quedarse se en la región aprobar suerte, vieron la oportunidad de hacerse de algunos terrenos dando forma a la hacienda de La Misa, despoblada pero con suficiente agua para sembrar y criar ganado.

Con el pulso tembloroso y la saliva brotando por la boca tan enmarañada por el espeso bigote, al fin don Margarito abre la aquella bolsa de cuero. Es increíble que haya llegado bueno y salvo el yaqui ante el señor Maytorena, pero es que sólo él, podía cumplir con eficiencia con aquella encomienda que tal pareciera era de vida o muerte. Sus conocimientos del monte, su pericia para cabalgar, y el tomar ciertos atajos lo llevaron a culminar a feliz término con este compromiso tan peliagudo. Se imagina Tiburcio que en las pulgas de don Margarito si le hubiese llegado a fallar, seguro y lo manda fusilar de inmediato. El señor Maytorena tiene poder para eso y mucho más en este pueblo.

Lentamente con sumo cuidado va sacando los documentos, los revisa uno por uno, se reclina en su sillón preferido y al fin siente que el pulso y la respiración vuelve al estado normal, ya no hay por qué preocuparse, todo parce estar en regla. De pronto sonríe pleno de satisfacción y se santigua con gran reverencia volteando su mirada al cristo que cuelga de la pared.

Con cierto temor y sumo respeto se acerca, casi tímida doña Amparo Sicre de Maytorena, es su esposa que ha estado rezando sin cesar muy abrigada entre sus santos y veladoras en la alcoba viendo y escuchando la tempestad que provocó su marido ante la desesperación de que no pudiera contar con aquella correspondencia venida de La Misa y en tiempos tan difíciles.

La luna se oculta por momentos tras una nube espesa y el contorno se ve aún más lóbrego, en la casa de don Margarito, no hay tranquilidad absoluta pues contrario a lo que se pudiera, se imaginar, se fragua un crimen. Ya Ramón Ontiveros tiene bien fija en sumamente la forma en que debe deshacerse de Tiburcio. No debe amanecer, nadie más debe saber de él ni de los documentos que trajo consigo a lomo de caballo para depositarlos en las intranquilas manos de aquel hombre de inquina, receloso y sin duda alguna criminal a sangre fría, porque convienen a su intereses que el sigilo reine y nadie sepa que ya no es un hombre al borde de la bancarrota, aquellos testimonios que obran en su poder y que les son remitidos por Chemalito su hermano, son un garante de que todas las deudas han sido liquidadas pero esto no debe ser del dominio público, no así para alguien que piensa tan mezquinamente en tratado de negocios.

Tiburcio ronca plácido en su casa modesta junto su mujer y dos niños al pie del cerro El Cabezón, una barriada de yaquis al servicio de los caciques. Ramón Ontiveros entra sorpresivo derribando la endeble puerta de madera y golpea a María y amenaza a los pequeños con matar a todos siguen llorando. Tiburcio le suplica que no les haga nada.

-Te equivocas Tiburcio, primero me le voy adelantar, y a ese viejo malnacido lo voy a matar de la misma manera que a ti, como a un perro.
-Pero yo que te he hecho Ramón para que tengas en mi contra tanta rabia, caramba.
-Nada, por si no lo sabías me agrada tu vieja, me voy a quedar con ella, ¿cómo las vez?
Lo que Ramón no advirtió que María estaba a prudente distancia favorecida por la negra noche, y al ori esto disparó su carabina repetidamente en la espalda del matón que cayó fulminado.
Allí mismo junto a un trochil hacen un hoyo y lo entierra. Ciertamente nadie supo nada, ni de quien después mató a don Margarito