Por Enriqueta de Parodi

(Tomnado del libro “Mi Anecdotario”, de la destacada escritora sonorense)

 Al iniciarse la Revolución de 1910, fue Sonora uno de los Estados que primero respondió a la rebeldía contra la dictadura, y uno también de los que mayor contingente humano dio al movimiento revolucionario.

Voy a referirme en esta ocasión a un general Sonorense, muerto ya, pero cuyo recuerdo guardamos con cariño; el general Manuel Meza.

  Hay una comisaría cercana a mi pueblo natal, Cumpas, que lleva el nombre de Teonadepa; la separa del pueblo el cauce del río Moctezuma y un gran callejón, al que ahora llamaré Calzada y a cuyos lados se tienden en linda fonda las milpas que entonces siempre estaban verdes.

En Teonadepa vivían mis bisabuelos. Él se llamaba José María Montaño y era originario de Castilla la Vieja, cerca de Logroño, mientras mi bisabuela era una linda mestiza de español y ópata, ella se llamaba Antonia y no supe nunca su apellido. A mi me gustaba pasar los fines de semana en Teonadepa, porque siendo la primera biznieta, mi bisabuelo me consentía y aunque el murió al cumplir 105 años,

precisamente cuando yo cumplí cinco, todos en la casa me mimaban mucho; ya cuando tuve nueve años, siempre me pasaba en casa de mis tías abuelas los domingos, y uno de esos domingos, jugando con mis primas, tuvimos un disgusto y yo decidí venirme sola a mi casa; y lo hice, libertinamente, sin pedir permiso y sin que nadie me acompañara en el largo recorrido. Un día antes había llovido y el “callejón” estaba lleno de lodo. Para no enlodar mis botas nuevas, me las quité y me las puse sobre el hombro, y al salir del callejón y entrar a la primera calle de mi pueblo, había unos trabajadores que charlaban con un señor y cuando me vieron con el lodo hasta las rodillas, uno de ellos me preguntó:

-¿Dónde compraste esas botas tan bonitas?

-No me las compré -le dije-; allí en el callejón las regalan y si quiere unas, se las darán igual que me las dieron a mi…

 Yo había comprendido la burla y seguí mi camino hasta negar a mi casa; antes que yo, había llegado un tío que me había seguido por la parte interior de las milpas y ya había explicado a mis padres la forma en que salí de casa de mis tíos, sin avisar a nadie.

  La regañada y el castigo fueron de época.

  Yal paso de los años, supe que aquel Señor que me había preguntado por mis botas de lodo, era el que años después fue general de la época revolucionaria, Don Manuel Meza.

  Un día el General de División Francisco R. Durazo, sonorense también me platicó que en Orizaba, Veracruz, se había encontrado al general Meza y que habiendo leído un artículo mío en un periódico de México, el general Meza le había dicho:

  -Yo sabía que aquella muchachita iba a llegar a ser algo en la vida. Imagínate que un día me mandó al diablo cuando por broma le pregunté dónde se había comprado unas botas de lodo que llevaba por haber atravesado el callejón de Teonadepa, una hora después de haber llovido…

 Ya en detalle le platiqué a Durazo cómo había estado el asunto, y él me dijo que el hombre que me había preguntado por mis botas era Manuel Meza.

  Y años después, cuando visité Teonadepa, al volver a recorrer el camino tantas veces hollado por mis plantas de niña, recordé al general Meza y le rendí un homenaje de gratitud por las bellas palabras que sobre mi persona le dijo al general Durazo, al que le platicó que todo lo que yo escribía y él leía, significaba un recorrido hacia el pasado, cuando con

energía y valor lo había mandado a comprarse unas botas de lodo al callejón de Teonadepa.