**POR FRANCISO ELOY BUSTAMANTE

En aquellos lejanos años de la colonización del norte de Sonora por el padre Eusebio Francisco Kino y demás evangelizadores, se formaron en torno a las misiones, pueblos de españoles, que laboriosos como era su característica, se dieron a la tarea de fundar industrias, entre ella la harinera, ya que era el trigo uno de los alimentos preferidos por los iberos y su descendencia.En la misión de San Antonio de Oquita se estableció en 1750 un molino que al paso de los años fue administrado por don Jesús María Cañedo y Tres ríos. Era una hermosa construcción con una gran toma de agua que hacía girar el enorme batán existente hasta el día de hoy.Muy blanca y olorosa era la harina del Molino San Antonio, la que procuraban en algunas otras de las misiones los propios padres misioneros y, no se diga los hispanos repartidos en los pueblos y caseríos.**

La casa de don José María Cañedo y Tres Tíos era amplia, con varias salas y un gran zaguán en donde cada fin de semana se realizaban alegres tertulias; pues era culta la familia de don José María; los hijos mayores, 2 varones nacieron en Valencia, España, pero las 5 hijas restantes nacieron en Oquita.

Rosalba Guadalupe era la mayor, y quizá con mucho la más graciosa y bella de las hijas de don José María Cañedo y doña Tomasa de la Huerta y  de Cañedo.

Pero una extraña enfermedad en esa época de finales del siglo XVIII dio con debilitar a bella Rosalba Guadalupe hasta hacerle perecer; sus afligidos padres y hermanos lloraron su murte y se envolvieron en un luto como nunca se había visto.

Tres días habían pasado de sus funerales en el pequeño panteón de españoles junto al templo en aquella colina solitaria.

Era don José María de Cañedo muy reputado por su nada disimulada fortuna que se echaban de ver en joyas, muebles y ropa del uso normal, y no se diga dominical. El molino era un industria que crecía a pasos agigantados llegando a tener hasta 20 operarios, quienes además de la arrobita de harina acostumbraba por su jornal semanal, recibían alguna compensación que en mucho les aligeraba un sus gastos familiares.

Un par de ladrones de poca monta, vagos por tradición y “trabajadores de las cuatro equinas”, como se decía pues se la pasaban de arriba abajo sin oficio ni beneficio que no fuera el de empinar la botella de bacanora, urdieron en una de esas pamplinas sin fin y sin descanso, ir a desenterrar a Rosalba Guadalupe de Cañedo, la primorosa muchacha que todo varón en edad casadera hubiera deseado frenéticamente a su lado en el altar.

 Ante este infortunio, luego de que los padres seguían en el novenario en la propia iglesia del lugar, el cerrito quedaba totalmente lóbrego, lo que hacía más propicio renacer la tentación a estos desalmados ladronzuelos, quienes no merecían mejor suerte que ser colgados de un gran mezquite o bien fusilado en las propias paredes del Molino que eran amplias y altísimas.

Morir en la hoguera hubiera sido poco castigo para los profanadores de tumbas.

Escarbaron y escarbaron favorecido por la exigua luz de la noche ya que la luna débil se prestaba a la complicidad más absoluta, hasta dar con el aún fresco cuerpo de Rosalba Guadalupe, muy bien ataviada con ropajes de seda; arrancaron los collares de su aún blanco pecho, y así fueron desvistiéndola hasta dejarle jiruta. Cualquier pieza de la vestimenta, representaba dinero pues nadie escatimaría en adquirir ropajes tan finos como de una princesa.

Uno de los facinerosos dio con un bello anillo en la mano izquierda de la dama, trató de sacarlo a como diera lugar, pero éste se aferraba al dedo anular; desesperado y apurado por consumar el fenomenal hurto que seguramente los sacaría de la miseria por algún tiempo, sacó su navaja con la intención de trozar el dedo, pero al momento de hacer el corte, la muchacha aquella pegó un gran grito de dolor y se sentó en el féretro todavía salpicado por la tierra que sobre su rostro cayó por las hendijas durante la excavación.

Como era de suponerse los dos ladrones ultrajadores de tumbas salieron disparado como alma que llevaba el diablo, y ni más ni menos, allá lejos lograron detenerse y reflexionar sobre el inesperado suceso de ultratumba.

Finalmente decidieron en un pleno examen de conciencia ir a dar aviso a don José María de Cañedo y Tres Ríos por lo que ellos consideraban un milagro, aun a riesgo de que fueran tomados presos y conducidos inmediatamente a la horaca, más tratándose de que se trata.

Don José María de Cañeado, su esposa, y sus hijos,  pones y no se diga vecinos de la vieja misión, llegaron con sus lámparas al panteón en que encontraron a Rosalba Guadalupe sentada afuera de la tumba. No cabe duda, la habían sepultado vivía.

A Dios gracias estaba de nuevo entre los vivos y su belleza no desmerecía un ápice, ella como pudo se vistió con las ropas que lo profanadores de tumbas habían dejado regadas en la huída.

Desde luego la alegría colectiva fue a raudales, la muchacha más,  al verse rodeada del cariño desborrado de los suyos.

Don José María de Cañedo y Tres ríos ordenó una gran velada para el día siguiente, en que los dos ladrones serian premiados pues de no haber sido por esa actuosidad que existe desde el comienzo del mundo, su hija nio estaria a su lado de un evo.-

Aquellos “héroes” bailaron, comieron y bebieron a sus anchas, a más que don José María de Cañedo le prometió vivienda, muy buena participación en la producción del Molino y, lo que era mejor, sin necesidad de trabajar. Ese sí que era un verdadero milagro.