Hacienda La Quinta Nápoles:
Claudia López Aros
Construida en el año de 1904 por don Carlos Romo casado con Guadalupe Bustamante Robles, bisnieta del Intendente Ignacio Bustamante.
la Hacienda Nápoles es sin duda uno de los mayores tesoros que Sonora puede ofrecer al mundo. Ubicada a 500 metros de la entrada principal de Ures, esta espectacular hacienda es en la actualidad la máxima expresión del concepto de arquitectura mexicana fina.
Esta propiedad pertenece en la actualidad al licenciado Juan Manuel Mancillas y Alejandrina Tapia Camou de Mancillas, quienes la adquirieron en el año de 1992 a la familia Enciso, quines le dieron una gran restaurada rescatando los verdaderos valores de la arquitectura mexicana y volver a darle vida a este lugar.
La hacienda tenía un gran valor arquitectónico, pero los antiguos dueños habían agregado algunos elementos que le restaban valor. Cuando se recibió el casco de la hacienda estaba muy deteriorado y abandonado.
El reto lo tenía que hacer un grupo de expertos, para ello se contrató al arquitecto Daniel Marín y al arquitecto Juan Carlos Abaroa, de Obras y Diseños Heinecke, quienes siguieron al pie de la letra el objetivo de la familia Mancillas, el cual era el preservar los diseños y técnicas constructivas empleadas en el siglo XIX en esta hacienda.
“No se trataba de llegar, tumbar y poner cosas nuevas, sino que había que reconstruir conforme a aquélla época”, dijo Luis Carlos Abaroa.
Se trabajó exclusivamente sobre el casco viejo, se remodeló la parte central de la hacienda, lo que era el acceso a la sala, comedor y cocina, y se respetaron los elementos arquitectónicos de cada lugar.
Algunas partes de la hacienda se modificaron, como lo fue la adaptación de una terraza en la parte posterior, o bien, la arcada creada donde estaba una bodega, la cual con sus 5 arcos invita a pasear por su jardín central y el cuarto para las visitas.
Se logró respetar el contexto de la arquitectura mexicana en la cuestión de los espacios, por ejemplo, en aquellos tiempos predominaban los grandes corredores en la parte central, y así fue como se hizo, de tal forma que en la parte frontal quedó el espacio para la familia y en la parte trasera la de los huéspedes. Al centro la fuente que no puede faltar en los diseños mexicanos.
Las ventanas
La encomienda era rescatar los verdaderos elementos de la época y así se hizo, por ejemplo, la mayoría de las ventanas eran de aluminio, sólo quedaban unas cuantas de las originales.
“Lo que hicimos fue hacer un estudio de cómo era la tecnología en ese entonces, quitamos las ventanas de aluminio e hicimos las nuevas, basándonos en las pocas que quedaban ahí”, explicó el arquitecto.
“Desarmamos una de las ventanas originales y se analizó la condición en la que estaba la madera y cómo habían sido construidas, se trajo a un especialista en maderas y se logró hacer réplicas iguales a las antiguas”, agregó.
Pintura de baba de nopal
También se hizo un análisis de las pinturas que se habían usado en aquel entonces, los muros habían sido pintados con pintura hecha con baba de nopal y se decidió implementar esa técnica en toda la hacienda.
“Se compraron como 3 toneladas de nopal, alumbre y colorantes. Al hervir el nopal y combinarlo con el alumbre y el colorante, se logró fabricar distintos tonos de pintura, los cuales le dieron vida a las paredes”, expresó.
Obras artesanales
Las piezas de cantera que esta hacienda posee sin duda le aportan un gran valor. Son piezas realizadas por gente especializada traída de Guadalajara, quienes crearon obras únicas, elementos arquitectónicos previamente estudiados y premeditados para que la gente se detenga a verlos.
Abaroa dijo que: “No hay nada igual en toda la República similar a estas piezas de cantera, en pocas palabras es lo que forma la composición total de la arquitectura de la hacienda”.
Los pisos
Otro reto fue el piso de los corredores donde se pusieron losetas de barro de ladrillo de Querobabi. Para darle la apariencia de viejo se tuvieron que traer varios camiones de musgo, ramas y tierra del Río Sonora, con lo cual se le dio al piso un tratamiento de un mes, cubriéndolo y regándolo diariamente hasta lograr que el ladrillo se impregnara del musgo.
“Ese efecto se logra naturalmente con el agua de lluvia y los años, nosotros con esta técnica lo logramos en un mes”, añadió.
La decoración
Hubo piezas que se lograron rescatar de la antigua hacienda y que se quedaron como parte de la decoración, como un refrigerador de la época de 1890, que era como una ventana con mosquitero que usaban para poner la carne, y una estufa de leña que también se conserva intacta.
El resto de los muebles se trajeron de Guadalajara y México, los dueños se fueron a comprar muebles en las antiguas haciendas y consiguieron piezas de época muy bellas, como el comedor de roble, hecho a mano que data del año de 1850.
También consiguieron roperos, baúles, verdaderas reliquias de muebles, que aportan a la hacienda realmente ese carácter de antigüedad.
Otro plus en la decoración son las cenefas pintadas en las paredes, las cuales fueron hechas a mano por artistas, son verdaderas obras de arte.
El resto de la decoración como las cortinas, mantelería, colchas, etc., se escogieron en base a los diseños de las cenefas y el color de las paredes. Todo esto en total coordinación para lograr ambientes realmente armoniosos.
Una verdadera joya
En la actualidad la Quinta Nápoles cuenta con una caballeriza, un lago artificial, una capilla, canchas de tenis y en la parte lateral izquierda habitaciones extras para huéspedes.
Resulta realmente interesante ver el resultado arquitectónico y apreciar cómo la combinación de lo nuevo con lo viejo se unen para rescatar esos fragmentos de historia tan importante que evoca cada rincón y cada pieza en la hacienda.
La Quinta Nápoles es verdaderamente una joya en la región, es la mejor muestra de que lo moderno no está peleado con las tradiciones y la belleza de la arquitectura mexicana.
Fuente: Periódico El Imparcial