LEYENDA DE DOLORES REAL DE LÓPEZ
La Ciudad de Ures, como cualquier pueblo legendario posee infinidad de Leyendas en diferentes aspectos, tantas que muy bien se podrá publicar un libro acerca de ellas.
Pero en esta ocasión me referiré a la que se relaciona con Ures y que todo el pueblo conoce en una u otra forma, pero que en una u otra forma también viene a expresar lo mismo.
Se cuenta que allá en los inicios de la fundación de Ures, cuando el Pueblo Pima juzgó de primordial importancia construir su templo, lo hicieron colaborando todos ellos y de común acuerdo con los Misioneros que iban y venían en aquella época. Primero fue un ramadón, más tarde aquello se transformó en un cuarto grande de adobe, y después lo que es hoy la Iglesia del lugar conocido como el templo de San Miguel Arcángel.
Fueron desfilando por aquel templo muchos sacerdotes, unos, buenos y otros santificados. Unos feos, otros de físico atractivo.
Le llegó el turno a un sacerdote, quizá el mejor que ha pasado por ese Templo.
Era tan consciente de su ministerio que daba la impresión de estar santificado. Se cuenta que no dejaba de orar y continuamente se le escuchaba hacerlo dondequiera, a cualquier hora y en voz alta. A tal grado que la gente comenzó a criticarle primero, y después a burlarse de él, aplicándole el mote de Cura loco”.
Un día, un grupo de jóvenes rebeldes (los ha habido en todas las épocas) principió a criticarlo, a mofarse y a reirse delante de él; el cura no se defendía ni devolvía las afrentas recibidas sino que continuaba rezando y rezando, mas aquellos jovenzuelos, como no lograban su objetivo, que en
este caso era sacarle de sus casillas, de los insultos pasaron a los hechos golpeándolo cruelmente hasta que lo dejaron sangrante y maltrecho.
Se cuenta que a resultas de esta paliza falleció, y cuando se encontraba agotada su resistencia, desesperado lanzó una maldición, no sólo en contra de ellos, sino de la Ciudad entera: “Llegará el momento en que la Ciudad de Ures desaparezca del mapa, y sólo quedará de ella un mesón a la orilla de un camino, y el viajero, al pasar por allí, comentará: aqui quedaba la ciudad de Ures”.
Cuando constato el ayer con el presente, y advierto que Ures no responde a ningún beneficio que se le hace, sino que sigue muriendo inexorablemente, recuerdo esta leyenda y pienso: “¿qué habrá dé cierto en ello?”. No creo que un sacerdote tenga poder para efectuar maldiciones de ninguna especie, pero si sé que la Ley de Dios protege a los Santificados llamándolos “Pequeñitos”.
El Evangelio San Marcos cap. 9 vers. 42, dice: “Ay de aquél que sirva de piedra de tropiezo a uno de mis pequeñitos, más le valiera atarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al fondo de la mar”, también la palabra de Dios dice: “Pagarán justos por pecadores”.