Por: Enrique Ramírez López
Pasaje Histórico Juarista
Saliendo de la Ciudad de Torreón, Coah., hacia el este, por la carretera federal numero 40 que va de Saltillo, a treinta kilómetros se encuentra Matamoros, cabecera del municipio del mismo nombre; y once kilómetros adelante, entronca a dicha carretera la cinta asfáltica que concluye en la Gruta del Tabaco a siete kilómetros al norte.
Un alargado macizo de piedra, llamado sierra Texas, se alza de este a oeste entre la esteparia Comarca Lagunera; serranía conocida anteriormente como Cerro del Tabaco. Lo de Tabaco, al parecer, surgió porque en el siglo XIX esa zona de la Laguna presentaba condiciones propicias para el cultivo del tabaco cimarrón.
Al pie del cerro, frente a la entrada de la gruta, de un momento de base circular, se desprenden hacia el infinito cuatro columnas de concreto de aproximadamente ocho metros de alto por metro y medio de ancho que, como celosos guardianes, reciben al visitante. La columna de la derecha, al este y próxima a la entrada de la cueva ostenta el siguiente texto: “EN ESTE LUGAR SE OCULTARON DESDE 1864 HASTA LA RESTAURACION DE LA REPUBLICA LOS ARCHIVOS DE LA NACION. LOOR Y GLORIA A LOS PATRIOTAS CAMPESINOS LAGUNEROS QUE OFRENDARON EL SACRIFICIO DE SUS VIDAS EN LA CUSTODIA DE LOS ARCHIVOS DE LA NACION Y CON LEALTAD LUCHARON CON JUAREZ POR LA LIBERTAD”. En la columna de la izquierda, hacia el oeste y también cerca de la puerta de la caverna, se destacan los nombres de las 22 personas que intervinieron en el secreto de los archivos.
La lista la encabeza el general Jesús González Herrera, seguido por el de Don Juan de la Cruz Borrego, luego el coronel Darío López Orduño; Pablo y Manuel Arreguín; Marino Ortíz; Julián Argumedo; Angel, Vicente, Cecilio y Andrés Ramírez; Diego de los Santos; Epifanio, Ignacio, Telésforo y Jerónimo Reyes; Mateo Guillen; Francisco, Julián y Guillermo Caro; Guadalupe Sarmiento y Jerónimo Salazar”.
¿Pero qué fue lo que sucedió?
Se dice que el 4 de septiembre de 1864, los vecinos del rancho El Gatuño (Hoy Congregación Hidalgo), esperaban impacientes la llegada del señor Presidente de la república; según les había enterado el general Jesús González Herrera, jefe militar republicano en la región y que había llegado al amanecer de Viesca, donde platico hasta la madrugada con Juárez y se adelanto a la caravana de la Dignidad para organizar la recepción a tan ilustre visitante.
El general González Herrera les había informado a los lugareños que a media mañana llegaría la partida, sin embargo, el sol acariciaba ya el cenit y nada aparecería por el árido y vasto horizonte del este. De pronto surgió al fondo de la llanura, una pequeña columna de polvo, que por falta de aire, perezosa se elevaba al cielo; su diámetro se iba ensanchando cada vez mas a medida que se prodigaba en el firmamento. Ya entrada la tarde se comenzaron a distinguir entre la polvareda, un grupo de jinetes montando polveados corceles tras ellos, el carruaje en el que viajaban el señor Presidente y su comitiva. Seguidos por una larga fila de carretas de cuatro ejes tiradas por bueyes y hasta el final, otro contingente de jinetes y mulas de carga. La columna se desplazaba muy lentamente.
Al llegar a donde se encontraban los lugareños, Juárez bajo del carruaje seguido por sus acompañantes y saludaron de mano a cada uno de los presentes. Posteriormente don Benito tomó del brazo al general Herrera y, al apartarlo del grupo le comentó que: Había decidido dejar el archivo escogido en la región para agilizar el avance de la caravana; que necesitaba un hombre de absoluta confianza y patriota, para encomendarle la misión; porque como ya le había dicho en Viesca, él, el general Herrera, lo acompañaría por la cuenca del río Nazas para que le mostrara la situación política que conservaba la gente río arriba”. El general propuso de inmediato que tenía al hombre indicado, don Juan de la Cruz Borrego, el dueño del rancho La Soledad; que no estaba allí porque no le alcanzó el tiempo para avisarle, pero que enviaría por el, que no estaba lejos el rancho. Juárez inmediatamente ordenó que las once carreteras que llevaban el archivo, se quedarían en el lugar junto con los toros y, las carreteras de logística serían tiradas por caballos y mulas en lugar de los bovinos.
Llegó don Juan de la Cruz y junto con el general González entraron hasta donde descansaba el patricio después de haber comido, quien de inmediato, después de la presentación se dirigió a don Juan con mucha confianza. Juárez, que siempre demostró un sentido muy especial para detectar a los hombres valiosos, le explico el plan; agregando que aquello sería solo por unos quince días, que, de alguna manera le indicaría, donde y a quien debería entregar la documentación. Por su parte don Juan le aseguro que: “Reclutaría pura gente de confianza para cumplir con el encargo y si alguno o varios flaquearan, tendrían que morir, pero que no le fallaría”.
Juárez salió de la casa flanqueando por el general González y don Juan de la Cruz Borrego. Como para entonces ya se había cumplido las ordenes del señor Presidente sobre la modificación de la recua, se despidieron de todos y reanudaron la marcha hacia el noroeste. En Matamoros, el general González Herrera, con la anuencia de Juárez, nombro al coronel Darío López Orduña como jefe militar republicano en la zona, instruyéndole que se coordina con Don Juan de la Cruz en la custodia de los archivos.
La misma noche del 4 de septiembre de 1864, don Juan de la Cruz y 19 campesinos de la región, llevaron el archivo hasta una grieta que se abría en una cañada del cerro del Tabaco; acomodaron las cajas y las cubrieron con maleza, regresando las carretas al rancho La Soledad. Antes del amanecer habían borrado, con ramas, las rodadas de las carretas y comenzaron a montar guardia las 24 horas a la entrada del cañón.
Pasados los quince días que Juárez había señalado para instruir a don Juan sobre el destino del archivo, la zona fue invadida por las fuerzas imperiales, quienes buscaban afanosamente la documentación, sabían que habían salido de Visca las carretas donde venia pero que no habían llegado a la Hacienda Santa Rosa (Hoy Gómez Palacios Dgo.) por lo que tenían que haberse quedado en la región. Por lo anterior, aunque hubieran recibido la orden de mudarlos, no habían podido hacerlo a causa de los militares franceses que, inexplicablemente, parecía interesarles mas el archivo que Juárez, quien todavía para el 22 de Septiembre, se encontraba en Nazas, porque esa fecha escribió una carta a doña Margarita desde esa población. Seguramente don Benito deseaba conocer el desenlace de la batalla de Majoma, donde obtuvieron el triunfo los imperialistas y Juárez tuvo que abandonar el Estado y replegarse a Chihuahua; su éxodo lo llevo hasta Paso del Norte (Hoy Ciudad Juárez, Chih.).
Mientras y, dadas las circunstancias, don Juan de la Cruz y el coronel Darío López, decidieron mudar el archivo a otro sitio para protegerlo de la lluvia, se acercaba la temporada de lluvias del otoño y donde se encontraba no había seguridad de su resguardo para tal contingencia. Don Juan sugirió, que tiempo atrás conoció una cueva y parecía no haber tenido visitantes durante muchos años y que como la mayor parte de los lugareños estaban recién llegados a la comarca, seguramente ni la conocerían, que ahí estaría debidamente protegido de la lluvia. El plan fue aceptado y se puso en marcha. Noche tras noche, como hormiguitas, desplazaron en hombros las cajas a la cueva de los Murciélagos, hoy del Tabaco. Cuando terminaron, disimularon bien la entrada con piedras y cactos. Borraron las huellas que dejaron en la trocha por donde transitaron. A partir de esa fecha, la vigilancia se realizaría de arriba del cerro; quien estuviera de guardia tenia la consigna de que, si se detectaba algo sospechoso, bajaría al rancho la Soledad a informar a don Juan de la Cruz, quien a su vez, localizarían de inmediato al coronel López Orduña y entre ambos decidirían que hacer. Hubo necesidad de incinerar las carretas y sepultar los despojos de hierro en algunas casas. Los bueyes fueron dispersados en la sabana entre el ganado local.
Toribio Regalado Rosales, había sido caporal de don Leonardo Zuloaga, terrateniente dueño de esa área lagunera donde se encuentran Matamoros, Congregación Hidalgo y Viesca. Toribio que, posiblemente en ese entonces andaba sin trabajo fijo, porque aparte de jornalero se alquilaba como matón a sueldo. Este torvo individuo fue convencido por la jefatura del ejercito imperial, de que en el archivo no solo había documentos, sino que había barras de oro y moneda de cuño legal y que si encontraba el archivo, el oro y el dinero serian para el, y que además: el emperador se lo llevaría a México y le compensaría con un cargo importante dentro del gobierno imperial. Ambición y codicia se apoderaron del matón individuo, quien se consiguió un compañero, cuyo nombre era Máximo Campos y se dedicaron a rastrear el archivo.
Regalado y compañero supieron que, posiblemente, los hermanos Arreguín, Manuel y Pablo, así como Marino Ortíz, pudieran estar involucrados en al cuestión del archivo. Los secuestraron y en el monte los torturaron. Primero a uno de los hermanos frente al otro, pero como no hablo, lo mataron y posteriormente liquidaron al otro. A Marino Ortíz le quitaron la piel de la planta de los pies y lo hicieron caminar sobre ardientes brasas hasta que el dolor acabo con su existencia. Después supieron que Jerónimo Salazar, pudiera saber algo sobre el asunto y fueron a su casa por él y lo sacaran sin que valieran las suplicas de su esposa e hijos. En un arroyo lejano de la población lo torturaron de varias maneras sin lograr que confesara, por lo que Regalado desenfundo su largo revolver y le disparo toda la carga; ese revolver resultaría importante para el año después. Todo se intento por encontrar los documentos, pero las pesquisas resultaron vanas. Se ofrecieron públicamente importantes cantidades de dinero a quien proporcionara una pista que condujera al sitio donde estaba el archivo. Hubo amenazas, otros interrogatorios, otras torturas, pero todo fue inútil; los que compartían el secreto nunca lo revelaron.
Tres años duró la patriótica labor de aquellos hombres, ocultando el archivo General de la Nación; tiempo en que ni un solo minuto dejó de vigilarse la puerta de la cueva. Hombres que vivieron día a día con la zozobra, la nieve, el frío, la lluvia, el calor y los constantes amagos de las fuerzas francesas, pero no claudicaron.
Una vez restaurada la república, don Juan recibió instrucciones de Juárez de entregar el archivo en San Luis Potosí; el mismo Benemérito se lo recibió y le regalo a don Juan de la Cruz una fotografía autografiada del señor Presidente; no había con que pagar sus servicios a la patria. Sin embargo, don Juan regresó satisfecho del deber cumplido. Murió de muerte natural el 25 de Julio de 1889. El general Jesús González Herrera, murió en una emboscada en 1876 en un lugar llamado La Concha.
El 21 de marzo de 1906, Benito Juárez Meza, hijo del patricio, vino a Congregación Hidalgo a celebrar el natalicio de su padre con los sobrevivientes del grupo. Dicen que comentó “que su papá los recordaba con cariño y proclamaba sentirse orgulloso de ellos. Para entonces ya solo vivían cuatro: Cecilio Ramírez, Epifanio, Ignacio y Telesforo Reyes.
“LOS HEROES LAGUNEROS OLVIDADOS POR LA HISTORIA”. La Frase anterior se aprecia por todos los rincones del Museo Juarista de Congregación Hidalgo, Coah. No obstante los lugareños pacientes, conservan con celo patrio: el monumento de la Cueva del Tabaco y la casa donde descansó y comió don Benito Juárez. En un monumento al prócer erguido en Matamoros se encuentran las cenizas de don Juan de la Cruz Borrego y las de Marino Ortíz.
Si los franceses hubieran encontrado el archivo General de la Nación y lo hubieran destruido, la historia de México hubiera quedado irremediablemente mutilada.