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Cadáver movedizo
La madrugada del sábado seis de febrero de 1926, el jefe de la Guarnición de la Plaza, en Parral, coronel Francisco Durazo Ruiz, ordenó que exhumaran los restos del general Villa y le llevaran la cabeza.

Las horas previas había leído un panfleto escrito en inglés, y tradujo mal. Creyó haber leído que se ofrecía una recompensa de 50 mil dólares por la cabeza de Francisco Villa, cuando en realidad se trataba de un volante que lo reclamaba vivo o muerto, a cambio de esa cantidad de dinero.

Durazo envió a siete subalternos, entre ellos al teniente coronel Roberto Cárdenas Aviña, el cabo Miguel Figueroa, los soldados Saniel Cruz y Felipe Flores, y a su chofer Ernesto Wiser. Todos se dirigieron a la fosa 632, en la que yacían los restos desde dos años y medio antes.

El cráneo le fue entregado a Durazo envuelto en la camisa de uno de los soldados, dentro de una caja de municiones de 7 mm. Poco después de recibir el cráneo, las autoridades civiles le notificaron que la tumba había sido profanada, y entonces ordenó una investigación.

Los militares encontraron en la figura de un minero sueco al hombre ideal para responsabilizarlo por la exhumación.

Durazo dejó correr tres días, y una vez que el sueco quedó en prisión tomó la caja con la cabeza de Villa y abordó el primer tren del norte. Iba a cobrar su recompensa. En los andenes de la estación de Jiménez, sin embargo, tuvo un encuentro imprevisto con el jefe de la zona militar de Chihuahua, el general Santiago Piña Soria, quien lo reprendió y le ordenó deshacerse el cráneo.

Durazo se había apropiado los años previos de un rancho en las inmediaciones de Parral. El rancho se llamaba El Cairo, y ordenó a sus subalternos que enterraran ahí la cabeza de Villa. El lugar en donde se ubicaba El Cairo queda en un punto intermedio entre las ciudades de Parral y Jiménez, frente al poblado de Saláices.

En 1927, el presidente municipal de Parral, Enrique Domínguez, mandó construir encima del sepulcro de Villa una loza de concreto armado, para evitar más profanaciones.

“Ahora sí nadie podrá robarse otro pedazo del general”, le anunció a una de sus 18 viudas, Austreberta Rentería

Nunca se hablan, no se detienen; pero si una muchacha le gusta a un hombre, este le desliza en la meno una nota amorosa al pasar; ella responde con una sonrisa si le agrada el pretendiente. Así se conocen; mas tarde, la muchacha se las arreglara para dar al caballero su dirección; esto conducirá a largas pláticas en su ventana, en la oscuridad y, después, podrán ser amantes.

EXTRACTO DEL LIBRO MEXICO INSURGENTEalt

EL HOTEL DE DOÑA LUISA.

Ya entrada la noche llegamos a Jiménez. Dándome de codazos con toda la población, que vino a encontrar el tren, pase entre las antorchas llameantes de la pequeña hilera de puestos de dulces y Salí a la calle, donde los soldados, borrachos, alternaban con muchachas pintarrajeadas paseando del brazo, hasta llegar al hotel estación, de doña luisa.

Estaba cerrado. Di golpes en la puerta y se abrió una ventanilla a un lado, apareciendo el rostro, coronado por una cabellera blanca, en desorden, de una mujer increíblemente vieja. Me miro de soslayo a través de un par de un par de lentes de anillo de acero y advirtió: ¡bueno creo que esta bien!

Se oyó un ruido de trancas que se quitaban y se abrió la puerta. La misma doña luisa apareció a la entrada, con un gran manojo de llaves que le colgaban de la cintura. Tenía por una oreja a un chino al que se dirigía en un español copioso y nada pulcro, en la siguiente forma: ¡chango! ¿Quien te mete andar diciendo a un huésped del hotel que no había tortas calientes? ¿Porque no haces más? Agarra tus trapos mugrosos y ¡fuera de aquí ahora mismo!

Le dio un tirón, por ultimo, y soltó al acobardado oriental.

¡Estos bárbaros malditos! Dijo agregando en ingles ¡los asquerosos pordioseros! ¡No creo una palabra de las proferidas por un chino indecente, capas de vivir con cinco centavos de arroz!

Hay tantos malvados generales borrachos hoy por aquí, que tuve que cerrar la puerta. No quiero a los mexicanos… hijos de…aquí.

Doña luisa es una norteamericana, gordinflona, de mas de ochenta años de edad; una especie de abuela benévola de la nueva Inglaterra. Ha vivido como cuarenta años en México, y se hizo cargo durante treinta años o mas del hotel estación, al morir su esposo. La guerra o la paz no existían para ella. Sobre la puerta ondeaba la bandera norteamericana, y en su casa ella era la única que mandaba.

Cuando pascual Orozco tomo Jiménez, sus hombres, ya borrachos, iniciaron un reinado de terror en la ciudad. Orozco mismo, el feroz, el invencible, que podía matar a una persona según se sintiera, al verla, llego borracho al hotel estación con dos de sus oficiales y varias mujeres. Doña luisa se le planta en frente a la puerta, sola, y le dijo en la cara: pascual Orozco, llévese a sus desprestigiadas amigas y lárguese de aquí. ¡Estoy al frente de un hotel decente!

altY Orozco se fue
Duelo en la madrugada.

Anduve a pie más de medio kilómetro, por la calle increíblemente destruida que lleva a la ciudad. Paso un tranvía, tirado por una mula que galopaba, reventado de soldados medio borrachos. Corrían por todas las partes calesas rebosantes de oficiales, con muchachas sobre sus rodillas. Bajo los polvorientos y deshojados álamos, cada ventana tenía a su señorita, acompañada de un caballero arrebujado en su cobija. No había luz.

 La noche estaba fría, seca y llena de sutil y exótica animación; las guitarras vibraban; se oían fragmentos de canciones, risas y mormullos de voces apagadas, gritos cuyos ecos venían de las calles distantes, llenando la oscuridad. De vez en cuando pasaban grupos de soldados a pie, que salían de las tinieblas y se desvanecían otra vez, probablemente para el relevo de una guardia.

vi. un automóvil que corría viniendo de la ciudad, en la prolongación de una calle tranquila, cerca de la plaza de toros, donde no había casas. Al mismo tiempo se oyó el galope de un caballo que venia de otra dirección y precisamente frente a mí, iluminaron los faros del auto el caballo y su jinete, un joven oficial tocado con un sombrero stetson. El automóvil chirrillo al parar en curva y una voz desde adentro grito: ¡alto!

¿Quien habla? Pregunto el jinete, sentado a la cabalgadura sobre sus ancas.alt

¡Yo, guzmán! Y salto el otro a tierra donde, al darle la luz, apareció un mexicano gordo, vulgar, con una espada al cinto.

¿Como le va mi capitán? El oficial se bajo de su caballo. Se abrazaron, dándose palmadas en la espalda con ambas manos.

Muy bien. ¿Y a usted? ¿A donde va?

A ver a Maria.

El capitán sonrió.

No lo haga repuso, yo también voy a verla, y si lo encuentro a usted allí, seguramente lo matare.

Pues voy de todos modos. Soy tan rápido como usted con mi pistola, señor.

Pero no ve usted, replico el otro suavemente ¡que no podemos ir los dos!

¡Perfectamente!

¡Oiga! Dijo la capitana su chofer. Voltee su carro de manera que alumbre parejo la acera…y ahora demos treinta pasos cada uno en sentido contrario, dándonos la espalda, hasta que usted cuente tres; entonces el primero que ponga una bala a través del sombrero del otro, ese gana…

Ambos sacaron sendas pistola y se detuvieron en la luz, inspeccionando los cilindros de sus armas.

¡Listo! Grito el jinete.

Aprisa dijo el capitán, no deben ponerse obstáculos al amor.

Dándose las espaldas, habían empezado a marcar la distancia.

¡Uno! Grito el chofer.

¡Dos!

Rápido como un destello el gordo bajo el brazo que llevaba levantado, giro sobre si mismo en la vacilante, tenue luz, y un poderoso estruendo fue perdiéndose lentamente en la oscura noche. El sobrero stetson del otro hombre, cuya espalda no se había vuelto aun, hizo un pequeño y raro vuelo a poco mas de tres metros lejos de el. Giro sobre si mismo; pero el capitán ya estaba subiendo a su automóvil.

¡Bueno! Dijo alegremente, ¡hasta mañana entonces, amigo!

Y el automóvil acelero su velocidad desapareciendo calle abajo. El jinete se encamina despacio a donde estaba su sombrero, lo levanto y examino. Yo había comenzado a irme poco antes…

En la plaza el batallón tocaba el pagare, la canción que inicio la rebelión de Orozco.

Era una parodia de al original que se refería al pago de madero a sus familiares de 750000 dólares por perjuicios de guerra, tan pronto como el fuera presidente y que se extendió como un incendio forestal por la republica, teniendo que suprimirse por la policía y los soldados. El pagare estaba prohibido en la mayor parte de los círculos revolucionarios, y he sabido de casos de fusilamiento por cantarlo; pero en Jiménez prevalecía el mayor desenfreno en esos momentos.

Más aun, los mexicanos, a diferencia de los franceses, no sienten una fidelidad absoluta por los símbolos. Bandos rabiosamente antagónicos usan la misma bandera; en la plaza de casi toda pequeña ciudad se yerguen estatuas laudatorias de Porfirio Díaz; aun en las mesa de los oficiales, en el campo de batalla, he bebido en vasos estampados con algo así como la efigie del dictador, en tanto que abundan los uniformes del ejercito federal entre las fila de los revolucionarios.

Pero el pagare es una tonada alegre y movida, y bajo los centenares de foquitos eléctricos colgados en la plaza, marcha una doble procesión, divertida, dando vueltas. Por el lado de afuera, en grupos de cuatro, van los hombres, la mayoría de los soldados. En la de adentro, con dirección opuesta, las muchachas pasea del brazo. Cuando se encuentran, se arrojan puñados de confeti mutuamente.

Nunca se hablan, no se detienen; pero si una muchacha le gusta a un hombre, este le desliza en la meno una nota amorosa al pasar; ella responde con una sonrisa si le agrada el pretendiente. Así se conocen; mas tarde, la muchacha se las arreglara para dar al caballero su dirección; esto conducirá a largas pláticas en su ventana, en la oscuridad y, después, podrán ser amantes. Era un asunto delicado el de al entrega de las referidas notas.

Todos los hombres llevan pistola, y la muchacha de cada uno de ellos es su propiedad celosamente vigilada. Es una cuestión de muerte dar una nota a la mujer de alguien. La apretada muchedumbre se agita alegremente, emocionada por la música….

Mas allá de al plaza asomaban las ruinas de la tienda de marcos russek, saqueada por estos mismos hombres hacia menos de dos semanas, y a un lado se destacaba la vieja torre color rosa de al iglesia, entre sus fuentes y grandes árboles, con el letrero de vidrio y hierro iluminado, y un santo cristo de Burgos brillando sobre la puerta.

Allí, a un lado de al plaza, tropecé con un grupo de cinco norteamericanos, extendidos sobre un banco. Estaban andrajosos mas allá de lo indecible, todos, excepto uno, un jovenzuelo delgaducho. Que lucia un uniforme de oficial federal y polainas, además de llevar un sombrero mexicano, sin la parte superior.

Los dedos asomaban de sus zapatos; ninguno tenia mas de los restos de los calcetines; todos sin afeitar. Un joven, casi un chiquillo, llevaba el brazo en cabestrillo, hecho de una piltrafa de sabana. Me hicieron lugar alegremente, se levantaron, me rodearon, dijeron ruidosamente lo bueno que era encontrar a otro norteamericano entre todos estos mugrientos.

¿Que hacen ustedes aquí, colegas? Les pregunte.

¡Somos soldados de fortuna! Dijo el jovencito del brazo herido.

¡OH! Irrumpió otro ¡soldados de…!

Esto es así, vez comenzó a decir el soldado jovencito hemos venido peleando en la brigada Zaragoza; estuvimos en la batalla de Ojinaga y todo. Ahora nos vienen con una orden de villa para dar de baja a todos los norteamericanos en filas y embarcarlos para la frontera. ¿No es esta orden una porquería?

Anoche nos dieron nuestras bajas honorablemente y nos echaron del cuartel dijo uno al que le faltaba una pierna y tenia el pelo rojo.

Y no hemos encontrado donde dormir, ni nada que comer…. interrumpió un pequeño de ojos grises, al que llamaban el mayor.

¡No traten de conquistarse al tipo! Increpo indignado el soldado. ¿No vamos a recibir cada uno cincuenta pesos por la mañana?

Nos fuimos a un restaurante cercano durante un momento. Al volver, les pregunte que iban a hacer.

Para mi, los buenos estados unidos, suspiro un moreno y bien parecido irlandés, que no había hablado antes; regreso a san francisco para guiar un camión otra vez. Estoy harto de mugrosos, mala comida y mal modo de pelear.

Yo tengo dos bajas honorables en el ejercito de los estados unidos, anuncio orgullosamente el joven, serví en toda la campaña contra España, si, señor. Soy el único soldado en este grupo.

Los otros se burlaron y dijeron groserías con caras hoscas.

Creo que sentare plaza nuevamente cuando pase la frontera.

Yo no, dijo el cojo, me buscan por dos cuestiones de asesinato que no cometí; lo juro por dios que no. Fue una trampa en mi contra. Un pobre diablo no tiene defensa en los estados unidos. Cuando no están fraguando una acusación falsa contra mi, me encarcelan por vago, no obstante que soy bueno. Y así siguió muy serio agregando: soy un buen trabajador; lo que pasa es que no encuentro trabajo.

El mayor levanto su carita insensible de crueles ojos.

Salí de una escuela correccional de wisconsin, dijo, y creo que hay algunos policías esperándome en el paso, siempre había querido matar a alguno con un rifle; esto lo hice en Ojinaga, y todavía no estoy satisfecho. Nos dijeron que podemos quedarnos si firmamos los documentos de ciudadanía mexicana; creo que los firmare mañana temprano.

Usted no lo hará, gritaron los otros, esa es una mala pasada. Supongamos que viene la intervención y que tienes que disparar contra tu propia gente. A mi no me veras firmando mi conformidad para ser un mugroso.

Eso se arregla fácilmente, dijo el mayor, cuando vuelva a los estados unidos, les dejo mi nombre aquí. Me quedare hasta que tenga lo bastante para retornar a Georgia y poner una fabrica con mano de obra infantil.

El otro jovenzuelo comenzó a llorar de repente.

Me hirieron el brazo en Ojinaga, sollozo, y ahora me echan sin dinero y no puedo trabajar.

Cuando llegue al paso, me echaran el guante los policías y tendré que escribir a papa que venga y me lleve a casa, a California. Escapa de allá el pasado año, agrego.

Mire, mayor, aconseje, es mejor que no se que usted mejor aquí si villa no quiere norteamericanos en sus filas. Ser ciudadano mexicano no le servirá de nada si viene la intervención.

Quizás tenga usted razón, admitió el mayor contemplativamente. ¡OH, déjese de sermones, Juan! Creo que me iré de polizón a galveston y abordare un barco para ir a América del sur.

Dicen que ha estallado una revolución en Perú.

El soldado tenía como treinta años; el irlandés veinticinco, y los otros entre dieciséis y dieciocho o algo así.

¿Para que vinieron aquí, colegas? Pregunte.

¡Acaloramiento!, contestaron el soldado y el irlandés riéndose. Los tres muchachos me miraron con semblantes ansiosos, serios, en que se retrataban su hambre y sus penalidades.

¡Pillaje!, dijeron al mismo tiempo.

Eché una hojeada a sus ropas destrozadas, la multitud de voluntarios andrajosos que deambulaban por la plaza, a quienes no se les había pagado en tres meses, y reprimí un impulso violento de gritar de alegría. Los deje enseguida, duros, fríos: no encajaban en un país apasionado; despreciaban la causa por la cual habían luchado; se burlaban de incorregible jovialidad de los mexicanos. Al irme les dije de paso:

¿A que compañía pertenecen ustedes, compañeros? ¿Como se llaman ustedes mismos?

¡A la legión extranjera!

Deseo expresar aquí que visto pocos soldados de fortuna, con excepción de uno, y ese era un hombre de ciencia, tan seco como el polvo, que estudiaba la acción de los altos explosivos sobre los cañones de campaña, que no hubiera sido vagabundo en su país.

Ya era muy noche cuando regrese al hotel. Doña luisa me guió a ver mi cuarto y me detuvo un momento en la cantina. Dos o tes soldados, evidentemente oficiales, estaban ahí bebiendo; uno de ellos bien entrado en copas. Era un hombre picado de viruelas, con un bigote negro incipiente; sus ojos no podían fijar su visión. Pero cuando me vio, comenzó a cantar una pequeña y divertida copla:

¡Yo tengo una pistola

Con mango de marfil,

Para matar a todos los gringos

Que vienen por el ferrocarril!

Considere que era diplomático ausentarme, por que nunca se pude saber que hará un mexicano cuando esta borracho. Su naturaleza es muy compleja.

Doña luisa estaba en mi cuarto cuando llegue. Cerro la puerta, poniéndose un dedo misteriosamente en los labios, y saco debajo de su falda un ejemplar del año anterior del satuday evening post, que presentaba un increíble estado de disolución.

¡Lo saque de la caja para usted, Me dijo, la condenada revista vale mas que cualquier cosa en la casa. Unos norteamericanos que se iban a las mina me han ofrecido quince dólares por ella. Usted ve, no hemos recibido desde hace un año una revista norteamericana.

EL RELOJ SALVADOR.

Después de aquel exordio, ¿que podía yo hacer sino leer la preciosa revista, aunque ya la había leído? Encendí la lámpara, me desvestí y me metí en la cama. Pero entonces oí unos pasos vacilantes desde afuera, en el corredor; mi puerta se abrió bruscamente. Apareció, enmarcado en la puerta, el oficial de la cara picada que había estado bebiendo en la cantina. Traía un gran revolver en una mano. Se quedo inmóvil un momento y me miro parpadeando malignamente; después entro y cerró la puerta de un golpe violento.

Soy el teniente Antonio Montoya, a sus órdenes, anuncio, supe que estaba un gringo en este hotel y he venido para matarlo.

Siéntese, le dije con toda cortesía.

vi. que estaba bien borracho. Se quito el sombrero, se inclino ceremoniosamente y acerco una silla. Entonces saco otra pistola que traía debajo de su saco, y puso ambas sobre la mesa. Las dos estaban cargadas.

¿Quiere usted un cigarro?

Le ofrecí un paquete. Tomo un cigarrillo dándome las gracias, y lo encendió en la lámpara. Enseguida recogió las pistolas y me apunto con ellas. Sus dedos apretaban lentamente los gatillos, pero los afloja otra vez. Yo estaba tan fuera de mí que no podía hacer otra cosa sino esperar.

La única dificultad que tengo, me dijo, es la resolver cual revolver debo usar.

Dispénseme, le dije, trémulo, pero, según creo, ambos parecen un poco anticuados ese colt cuarenta y cinco seguramente es un modelo de 1895, y en lo que toca al smith wesson, hablando entre nosotros, es únicamente un juguete.

Es verdad, contesto, mirándolas un poco triste, si lo hubiera pensado antes habría traído mi automática nueva. Mil perdones, señor.

Suspiro y apunto de nuevo los cañones de sus armas a mi pecho, con una expresión de tranquilidad satisfecha, agregando:

Sin embargo, ya que así es, haremos lo mejor que podamos.

Yo estaba a punto de saltar, agacharme o gritar. De pronto fijo la vista sobre la mesa, donde estaba mi reloj de pulsera, de dos dólares.

¿Que es eso?, me pregunto.

¡Un reloj!

Rápidamente le mostré como ponérselo. Inconscientemente fue bajando poco apoco las pistolas. Así como un niño ve el manejo de un nuevo juguete mecánico, del mismo modo lo observa encantado, con la boca abierta y en una atención absorta.

¡Ah! , respiro, ¡que bonito esta! ¡Que precioso!

Es de usted, le dije, quitándomelo y entregándoselo.

Miro al reloj, después de mi, se encendió poco apoco su color, resplandeciendo de alegre sorpresa. Lo puse en su mano extendida. Reverente, cuidadosamente, lo ajusto a su muñeca velluda. Se levanto entonces, radiante, feliz, mirándome. Las pistolas cayeron al suelo, sin ser notadas. El teniente Antonio Montoya me echo sus brazos al cuello.

¡Ah, compadre!, lloraba emocionado.

Al otro día me lo encontré en la tienda de valiente adiana, en la ciudad. Nos sentamos amigablemente en el cuarto de atrás, bebiendo el aguardiente local, mientras el teniente Montoya, mi mejor amigo en todo el ejercito constitucionalista, me contaba las penalidades y peligros de la campaña. La brigada de maclovio herrera había estado durante tres semanas en Jiménez al acecho, sobre las armas, esperando la llamada urgente para avanzar sobre torreón.

Esta mañana, dijo Antonio, los escuchas constitucionalistas interceptaron un telegrama del comandante federal en la ciudad de zacatecas para el general Velasco, en torreón. Decía después de madura consideración, había decidido que Zacatecas era un lugar mas fácil para atacar que de defender. Por lo tanto, informaba que su plan de campaña era el siguiente: al aproximarse las fuerzas constitucionalistas, evacuaría la ciudad y después la tomaría otra vez.

Antonio, le dije, voy a salir mañana para hacer una larga jornada, atravesando el desierto. Voy a magistral en algún vehículo. Necesito un mozo. Le pagare tres dólares semanales.

¡Este bueno! Exclamo el teniente Montoya, lo que usted quiera; así podré ir con mi amigo.

Pero usted esta en servicio activo, le dije, ¿como usted puede usted abandonar a su regimiento?

OH, no hay cuidado por eso, contesto Antonio; no le diré nada de esto mi coronel.

No me necesitan ¿para que? Tienen a cinco mil hombres.
SÍMBOLOS DE MÉXICO
Antes del amanecer, cuando los árboles polvorientos y las casas grises, bajas, están todavía tiesas por el frió, dejamos caer el látigo sobre los lomos de nuestras mulas y salimos rechinando sobre las disparejas calles de Jiménez, rumbo al campo abierto. Embozados hasta los ojos con sus sarapes, dormitaban unos cuantos soldados al lado de sus linternas. Un oficial, borracho, estaba durmiendo, tirando en el arroyo.

Nos lleva una vieja calesa cuya palanca rota estaba remendada con alambres. Las guarniciones habían sido rehechas de pedazos de hierro viejo, pieles cuerdas. Antonio y yo íbamos juntos, en el asiento; a nuestros pies dormitaba un joven, serio al parecer, llamado primitivo Aguilar. Primitivo fue contratado para abrir y cerrar las puertas, amarrar las guarniciones cuando se rompieran, así como vigilar el vehículo y las mulas por la noche, ya que se decía que los caminos estaban infestados de bandidos.

El campo se tornaba en una vasta, fértil llanura, surcada por canales de riego sombreados por largas alamedas de grandes árboles, sin hojas, y grises como cenizas. Un sol blanco, tórrido, resplandeció sobre nosotros como si fuera la puerta de un horno, mientras en los lejanos y extensos campos desiertos humeaba una delgada niebla. Se movía con nosotros y a nuestro alrededor una nube blanca de polvo. Nos detuvimos al pasar por la hacienda de san pedro, regateando con un peón anciano por un saco de maíz y paja para las mulas. Mas adelante había un primoroso edificio, bajo, enyesado, color rosa, alejado del camino y entre un bosquecillo de verdes sauces.

¿Que es aquello?

OH, es un molino de trigo.

Almorzamos en una pieza de la casa de un peón, larga y blanqueada, con el piso de tierra, en otra gran hacienda cuyo nombre he olvidado, pero que perteneció a Luis terrazas, y ahora, confiscada, es propiedad del gobierno constitucionalista. Aquella noche acampamos junto a un canal para riego, distante varios kilómetros de cualquier lugar habitado; era el centro del dominio de los bandoleros.

Después de una cena de picadillo y chiles, tortillas, frijoles y café negro, Antonio y yo dimos instrucciones a primitivo. de4bia hacer guardia al lado del fuego con el revolver de Antonio, y si oía algún ruido, despertarnos. Pero no debía dormirse por ninguna manera. Si lo hacia, lo mataríamos. Entonces primitivo dijo:

Si, señor.

Muy seriamente, abrió los ojos y empuño la pistola. Antonio y yo nos enrollamos en nuestras cobijas junto al fuego.

Debo haberme dormido inmediatamente, por que cuando me despertó Antonio al levantarse, mi reloj marcaba solamente media hora mas tarde. Del lugar que se le había asignado a primitivo para hacer su guardia, salían unos ronquidos sonoros. El teniente se encamino hacia allá.

¡Primitivo!, exclamo.

Nadie respondió.

¡Primitivo, necio!, nuestro centinela se revolvió en su sueño y se voltio para el otro lado, haciendo ruidos que indicaban comodidad.

No dio muestras de responder.

Antonio dio unos pasos atrás y le asesto tremendo puntapié en el trasero, que lo levanto algunos centímetros en el aire. Primitivo se despertó sobresaltado. Se levanto precipitadamente y alerta, blandiendo su pistola.

¿Quien vive?, grito primitivo.

Al otro día salimos de las tierras bajas. Entramos al desierto, haciendo rodeos sobre algunas planicies onduladas, arenosas y cubiertas de mesquites oscuros, de vez en cuado uno que otro nopal. Empezamos a ver el lado del camino a esas diminutas, siniestras cruces de madera, que la gente del campo coloca sobre el lugar donde algún hombre tuvo una muerte violenta. Por todo el horizonte alrededor nuestro había montañas áridas, color púrpura. A la derecha, al cruzar una inmensa arroyada seca, se divisaba una hacienda blanca, verde y gris, que parecía una ciudad.

Una hora más tarde pasamos el primero de aquellos grandes ranchos cuadrangulares, fortificados, que se encuentran una vez durante el día, perdidos, en los rincones de este país.

La noche se cernía veloz arriba, en el cenit sin nubes, mientras todo el horizonte estaba iluminado aun por intensa claridad; pero entonces, súbitamente, desapareció el día y brotaron las estrellas, como cohetes, en la comba celeste. Antonio y primitivo cantaban esperanza, mientras seguíamos nuestro camino, con ese extraño, raro tono mexicano, que suena mas parecido que a ninguna otra cosa al de un violín que tibiera las cuerdas desgastadas. Aumento el frió. En leguas y leguas a la redonda era una tierra marchita, un país de muerte. Transcurrían horas antes de que viéramos una casa.

Antonio decía saber vagamente de la existencia de un ojo de agua en alguna parte mas adelante.

Pero hacia la media noche descubrimos que el camino sobre el cual veníamos se perdía de pronto entre un espeso mezquital. Nos habíamos apartado del camino real en algún paraje. Era tarde y las mulas estaban cansadas. Parecía que no se podía hacer otra cosa si no acampar en seco, dado que no sabíamos de la exigencia de agua por allí cerca.

Habíamos desguarnecido y dado de comer a las mulas y hacíamos nuestro fuego. Cuando en algún lado del espeso matorral se oyeron pasos cautelosos. Caminaban un trecho y se detenían. Nuestra pequeña hoguera de madera seca crepitaba impetuosa, alumbrando un tramo de poco mas de tres metros. Más lejos, todo era oscuridad. Primitivo salto hacia atrás para ponerse al abrigo del vehículo; Antonio saco su revolver; todos teníamos frió al lado del fuego…. El ruido se oyó otra vez.

¿Quien vive?, dijo Antonio.

Se oyó un pequeño ruido, como apartando yerbas sobre la maleza, y después una voz:

¿De que partido son ustedes?, inquirió titubeante.

Maderistas, contesto Antonio, ¡pase!

¿Hay seguridad para los pacíficos?, pregunto el invisible.

Bajo mi palabra, grite, salgan para poder verlos.

Al instante tomaron forma dos vagas siluetas a la orilla del fuego, casi sin hacer ruido. Eran dos peones; los vimos tan pronto como se acercaron, bien envueltos en sus desgarradas cobijas. Uno de ellos era viejo, cubierto de arrugas, encorvado, con huaraches de su propia manufactura; sus pantalones eran guiñapos que le colgaban sobre las piernas encogidas; el otro, un joven muy alto, descalzo, con una cara tan pura y sencilla que casi rayaba en idiotez.

Amistosos, acogedores como la luz del sol, ansiosamente curiosos como niños, se acercaron con las manos extendidas. Se las estrechamos a cada uno, saludándonos con la ceremoniosa cortesía mexicana.

Buenas noches, ¿como esta usted?

Muy bien gracias. ¿Y usted?

Bien gracias. ¿Y como esta toda la familia?

Bien, gracias ¿y la suya?

Bien, gracias. ¿Qué tiene de nuevo por aquí?

Nada. ¿Y usted?

Nada. Siéntese.

OH, gracias, estoy bien de pie.

Siéntese…. Siéntese….

Mil gracias. Dispénsenos un momento.

Sonrieron y desaparecieron en la espesura. Reapareciendo poco después, con grandes brazadas de ramas secas de mezquite para nuestro fuego.

Nosotros somos rancheros, dijo el anciano, inclinándose, tenemos unas cuantas cabras, y nuestras casas están a sus órdenes, así como nuestros corrales para sus mulas y nuestra pequeña provisión de maíz. Nuestros ranchitos están muy cerca de aquí, en el mezquital. Somos muy pobres, peor esperamos que nos hagan el honor de aceptar nuestra hospitalidad.

Era una ocasión para obrar contacto.

Mil veces muchas gracias, dijo Antonio atentamente, pero tenemos, por desgracia, una gran prisa y debemos seguir adelante muy temprano. No queremos molestar en sus casas a estas horas.

Dijeron que sus familias y sus casas estaban a nuestro servicio, para usarlas como lo estimáramos conveniente, con el mayor placer de su parte. No recuerdo como pudimos evadir por fin la invitación, sin ofenderlos; pero si se que nos llevo como media hora de conversación y cumplidos. Nosotros sabíamos, en primer termino, que si aceptábamos, no podríamos salir muy temprano en la mañana, perdiendo así varias horas; por que en las costumbres mexicanas; la prisa salir de una casa denota descontento con la estancia en ella; es segundo lugar, porque no se puede pagar con el alojamiento, si tiene que hacerse un buen regalo a los anfitriones, cosa que ninguno de nosotros podía ofrecer.

Al principio rehusaron cortésmente nuestra invitación para cenar; pero después de mucho insistir lo persuadimos, al fin, para que aceptaran unas tortillas y chile.

Era enternecedor y risible a la vez el hambre que tenían, así como su esfuerzo para ocultarlo.

Después de comer, cuando ya nos habían traído un cubo de agua, pensando con un juicio cabal y bondadoso, se quedaron con nosotros un rato al calor de nuestro fuego, fumando de nuestros cigarrillos y calentándose las manos. Recuerdo como colgaban los sarapes de sus hombros, abiertos por delante para que así les llegara a sus cuerpos escuálidos el calor agradable, y como eran nudosas y viejas las manos que extendía el anciano, y como brillaba la luz rojiza sobre la garganta de el otro, encendiendo el fuego de sus grandes ojos.

A su alrededor se extendía el desierto, separado únicamente por nuestra hoguera, listo para saltar sobre nosotros al extinguirse aquella. Arriba, las estrellas no perdían su brillo. Los coyotes aullaban en la lejanía, más allá del fuego, como si fueran demonios angustiados. Repentinamente imagine a aquellos dos seres humanos como símbolos de México: corteses, afectuosos, pacientes, pobres, tanto tiempo esclavos, tan llenos de ensueños, que pronto serian liberados.

Cuando vimos venir su calesa para acá, dijo el viejo riéndose, sentimos oprimirse nuestros corazones en nuestros pechos. Creíamos que ustedes podían ser soldados, que venían, quizás, a llevarse nuestras pocas y ultimas cabras. Han venido tantos soldados durante los últimos años, tantos…. La mayoría federales; los maderistas no vienen, a menos que tengan hambre. ¡Pobres maderistas!

Ay, dijo el joven, mi hermano que tanto quería, murió en los once días de combate alrededor de torreón. Han muerto miles en México, y muchos más que caerán. Tres años es bastante para guerra en una tierra.

¡Demasiado! ¡Válgame dios!, murmuro el viejo meneando la cabeza. Pero vendrá un día….

Se ha dicho, hizo notar el anciano temblequeando, que los estados unidos codician nuestro país; que los soldados gringos vendrán y se llevaran mis cabras al fin.

Extracto del libro: Mexico Insurgente