LITERATURA E HISTORIA - HISTORIA Y LITERATURAPor: Gerardo Cornejo M.
Entre las estrechas rendijas por las que el hombre atisba hacia el pasado, hay dos anchas aberturas paralelas que se abrieron en el momento mismo en que el ser humano supo que tenía memoria colectiva son la historia y la literatura. Cuando empezó a exponer la realidad de su tiempo por medio del relato embellecido de una experiencia de dimensión personal, empezó a hacer literatura; cuando quiso explicar un hecho de dimensión particular por medio de la interpretación del contexto social que rodeaba ese hecho, comenzó a hacer historia.
¿Cuándo una se hizo arte y cuando la otra se hizo ciencia? es una interrogante que exigiría un repaso panorámico de la evolución misma del arte y la ciencia. El caso es que las dos fueron desarrollándose de manera paralela y entrecruzándose, de vez en cuando, en el camino. Por eso los grandes libros mágicos como el Popol Vuh, la Biblia, los relatos de Chilam Balam, etc. tienen borradas las fronteras entre ambas y no se sabe cuánto de ellas es historia y cuánto es literatura.
Pasa lo mismo con las crónicas de la conquista que no son otra cosa que descripciones literarias transmitidas por los cronistas que nos dieron la “visión asombrada de la historia”. Alonso de Ercilla quiso que LA ARAUCANA fuera una obra histórica y nos narró la conquista de Chile a través de su más portentosa obra literaria. E1 Inca Garcilaso intentó hacer literatura y nos dio la más completa historia del incario en sus Comentarios Reales.
Parece ser entonces que estos dos prodigiosos cauces del conocimiento humano nacen y crecen juntos; se apartan; se intercalan; se substituyen entre sí y vuelven a encontrarse dependiendo de la manera en que se desenvuelven las diferentes épocas del acontecer humano. Por eso es que no caben en los estrechos moldes de las definiciones.
Y no se crea que esto es cosa del pasado. Los hechos históricos de los tiempos actuales siguen transmitiéndose por medio de esos dos cauces. E1 destacado historiador francés Emmanuel Le Roy dice estar “convencido de que la historia y la literatura convergen intermitentemente en determinados momentos. Por eso, en los países latinoamericanos la novela continúa siendo tan importante. En Francia por el contrario, se tiene la impresión de que la novela, como género, está parcialmente muerta por el momento. Quizá -agrega- le toca a la historia provisional- s mente, tomar su lugar.
Esta vez, nos toca concentrar la atención en un género literario que ha servido por tiempo inmemorial para traer el pasado al presente y para exponer ante nosotros la realidad de ese presente; el cuento.
En términos amplios el género del cuento se define casi siempre en relación a su hermana mayor: la novela. Y es que, en gran medida, viene a ser su antítesis, ya que la novela es análisis, mientras que el cuento es síntesis. Por eso, según Edgar Allan Poe, “la principal ventaja del cuento sobre la novela, es que puede ser leído en una sola sesión ininterrumpidamente y es, por tanto, capaz de una intensa unidad de efecto. Si la creación inicial misma no tiende a poner de manifiesto este efecto, entonces ha fracasado su primer paso. En toda la composición no debería haber escrita palabra alguna que no tienda hacia el único objetivo establecido. El cuento debe unificarse en torno a un efecto”.
Por su parte el prestigiado crítico argentino Enrique A. Ibert opina que “lo que urge al cuentista es impresionar a los lectores más con una acción que con los agentes de la acción; con la singularidad de una aventura más que con el carácter del aventurero. E1 lector de un cuento literario, como el oyente de un cuento oral, no quiere descripción sobre lo que siente y piensa el protagonista. Quiere enterarse de lo sucedido y de una sola vez”
“Yo no busco el tema -dice Borges- dejo que él me persiga, me busque y sólo entonces lo escribo. Imaginar un cuento es como entrever una isla. Veo las dos puntas, sé el principio y el fin. Lo que sucede entre ambos extremos, tengo que ir inventándolo, descubriéndolo”.
Cuando el gran cuentista Horacio Quiroga escribió su Decálogo para escribir cuentos, lo inició con un consejo: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra dónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
Una última identificación de esta criatura literaria es aventurada por García Márquez cuando dice que “un cuento, como el iceberg, debe estar sustentando en la parte que no se ve; en el estudio, la reflexión, el material reunido y no utilizado directamente en la historia”.
Y, basta por lo que se refiere al cuento en general, ya que lo que ahora nos interesa es, en particular, el subgénero del cuento testimonial por ser el más cercano a la historia. Y es tanta la cercanía que se considera nada menos que la otra cara de la historia. Algo así como “una mentira que sirve para decir la verdad” (como dice Julián Hernández); como “el relato de lo que sucedió contado por alguien que no estuvo allí” (según Emilio Pacheco), porque hay una verdad en la literatura distinta a la de la historia y es que la literatura está libre de la esclavitud del documento”, asegura Kafka.
Después de lo que llevamos dicho, no me queda otra salida que ofrecer un caso concreto, un “ejemplo vivo” de un cuento testimonial que grafique lo que estas definiciones han querido transmitir. Para no arriesgar a otro autor, ofrezco un cuento mío, cuya trama sucede paralelamente en un tiempo “histórico” y en un tiempo “mental” o literario. Por eso, uno de sus personajes (Aniceto Madrigal) es histórico y el otro (Terencio Corrales) es ficticio.
Este relato desarrolla dos tesis; la de la desproporción del castigo en relación al delito de abigeato y la de la represión discrecional como sostén de un sistema económico y social, su título:
¡AQUI TE VAS QUEDAR …!
¡¡Aquí te vas a quedar, cabrón! ! le estaba diciendo Aniceto Madrigal al viejo Terencio mientras lo ataba, con rudeza innecesaria, al encino nudoso del fondo de la cañada.
Era en la tarde; ya muy tarde, por eso las m asas brumosas proyectadas por las montañas inmediatas. se estaban cerrando sobre el mineral. Como las chozas pendían de las laderas, el chiflón helado que se encauzaba en la hondonada las dejaba de lado. Pero el estrecho callejón del fondo, donde estaban el pozo y el encino, quedaba siempre indefenso ante el gélido aliento de los eneros.
¡¡Aquí onde todos te vean, pa’que no te queden ganas de andar asando carne ajena y vendiendo sotol a los mineros; y pa’que aprendas a respetar a los que mandan desde lejos!!.
E1 viejo no presentó resistencia para no remover la renombrada alevosía de Aniceto. Le conocía bien su instinto de jefe de “La Acordada” y no había olvidado aquellas oleadas de estupor que se desparramaban por la sierra cada vez que, en abuso de una autoridad imprecisa, cometía un nuevo crimen, La cercana cabecera de municipio nada podría contra aquellas facultades inciertas “acordadas” en la lejana capital del estado. Allá se urdía la maraña de intereses que fluían al gobernador; que financiaban los ganaderos; que azuzaban los políticos; que habían decidido que comerse una de las incontables reses de sus interminables potreros era el más grande de los crímenes mayores; que, con este pretexto, daban rienda suelta a los padres sin coto que se atribuía gustoso el famoso “Sangre Turbia”.
Entre los toscos troncos de las cabañas, se alineaban todos los ojos del mineral y se escurrían todas las miradas para ir a clavarse como alfileres en lo que estaba pasando abajo. Pero nadie movía una pestaña en favor del condenado, porque sabían que aquel terror autorizado no permitía apelación alguna cuando “aplicaba la ley”.
Y Terencio, atrincherado tras un silencio porfiado, no movía una pestaña tampoco.
Aquí te vas a quedar quietecito pa’que vayas pensando en lo que vas a decir al diablo. Y si no te ha llevado pa’mañana, yo pasaré por ti nomás que haiga colgado a los vinateros que lo surten el sorronchi y que lo ayudaron a pelar la vaca. Ni necesito que me digas onde están, antes de llegar aquí chicotié al viejito de los burros del correo. Al segundo jalón de la cuerda, soltó el pico. ¡Sí, la cuerda Terencio!; la de cuero crudo que tráimos y que nos sirve lo mismo pa’marrar, que pa’latigar, que pa’colgar. ¡Por eso semos de La Acordada!.
Cuando terminó el monólogo dio el último apretón a los nudos tiesos y propinó a Terencio dos bofetadas de reafirmación. Subió la pendiente entre un desparramo de autoridad y llegó al changarro de Aristeo Campa con pasos seguros para ordenar que le asaran carne; pues no me voy a contentar con cualquier cochinada, Aniceto Madrigal no es cualquier comemierda como ustedes.
En las cercanías de la mina grande, comenzó a prender su fogata todo envuelto en miradas recelosas. Sentir sobre sí un cúmulo de ojos temerosos; percibir el fluido de un odio impotente; tener la certidumbre de poder causar miedo y saber que se hablaba de él en voz soterrada: era su recompensa mayor, el mereció premio a su fama y su más íntimo e indisputado placer.
Entre un reguero de descuido y teniendo como centinela al miedo, fue juntando cavilaciones evocadoras hasta quedarse dormido.
Y allí abajo, Terencio con sus setenta y dos todos concentrados en un terco silencio; inundados los adentros con un odio atizado por la humillación; batallando contra el traicionero adormecimiento que conoce como el preludio de la muerte glacial.
¡Y apenas comienza la noche! .
… lo primero es no dormirse. Luego pensar en cosas desagradables para que no lo inunde a uno el sueño; patear el tronco para evitar la congelación de la punta de los dedos; frotar las manos contra las cuerdas para que la corriente de la sangre no se estanque; pensar en cosas desagradables; sobre todo: pensar, siempre pensar… que todo el mineral está pendiente y que una vibración intensa de excusas justificatorias está flotando sobre cada jacal; que el rencor se va juntando como densa niebla que alimenta el resentimiento … pensar, siempre pensar…
Y, los dos empiezan a compartir aquel pensamiento sueño. Aniceto lo respira a sus anchas y lo asimila en una sangre oscura que necesita dé otra sangre para nutrirse. Teréncio es arrastrado entonces por su poder y su semivigilia va mezclándose gradualmente con las cavilaciones de aquél.
Y juntos, van a dar al no tiempo, a … a la vez en que Aniceto colgó de los alisos del arroyo de Alamos a aquellos dos indios a los que antes cortó las orejas para asarlas bajo sus pies oscilantes. Y fue también por mezcal y por carne. Hacía tanto de aquello, ¡qué tiempos, carajo! y sobre todo qué grata aquella, la compañía de mi lugarteniente, el Melitón Anaya, ¡Cómo se divertía con aquellas travesuras inocentes de andar violando indias por todo el sur de la sierra y esperando el reclamo del indio ofendido para lanzarlo del pescuezo, tirar la reata por encima de un brazo de árbol, enredarla en la cabeza de la montura y echar la carrera. Nomás tronaban las molleras como sandias partidas cuando se estrellaban contra el tronco.
¡Ese sí sabia usar la cuerda; ése si era un verdadero Acordada! fue un accidente- le decía a la india cuando le arrojaba a los pies el colgado porque él no tenía tiempo de andar enterrando indios roba vacas. Y en esas tuvo treinta y dos hijos. Algunos en Santa Rosa, otros en Yécora y Mulatos y los más en los ranchos de cualquier parte, ¡aah … como fiera mi ayudante! ¡qué tiempos! y ahora ya perdió todo su brillo y dicen que fue a parar a Tacupeto donde se ha vuelto casero y persinao y parece que hasta autoridá civil ha resultado…
Hacia la medianoche, el subconsciente añorante den Aniceto se reacomodaba en sus profundidades y Terencio se queda solo. Una vigilia gélida se le aferra entonces al espinazo. Piensa que ya no vale la pena. Después de todo…
¿Para qué quiero esta vida vieja y vagabunda?; este rodar de piedra cuesta abajo, este trajinar mi hambre de pueblo en pueblo vendiendo baratijas y exponiéndome a esto con el aguardiente, y sobre todo, este tener que abstenerse uno de amar a la gente para no tener que abandonar afectos … Y empieza a envidiar la suerte de Aniceto … ¡ése sí tiene destino!, tiene historia porque ya hace mucho que se empezó a poner viejo y, dicen que ya cambió el gobierno y que van a retirar La Acordada.
Parece que los pudientes han aceptado porque les recordaron que para eso está el ejército que no les cuesta nada. Y el viejo Sangre Turbia se va quedando sin función y todavía con mucha vileza encharcada en el alma, ¿Qué va a hacer con ella? Por eso va tras los vinateros, porque necesita enemigos para vivir. No es cierto que sabe dónde están y por eso volverá luego para que no se le queden pendientes sus ganas de matar y, aunque soy poca cosa para eso, por lo menos no se quedará con las ansias. ¿Y si no llego hasta entonces? ¡Qué burlada le doy, qué gusto le quito, qué …
Era todavía negra la madrugada cuando Aniceto se restiró como tigre y removió de nuevo el rescoldo. Todos los párpados que se habían cerrado por algunas horas, volvieron a amontonarle las miradas encima. El las sintió sin sorpresa y vibró de nuevo. Al ponerse en camino, pasó a revisar a Terencio. Se alarmó de que el viejo nervio se estuviera poniendo duro y, con varios cuartazos en diferentes partes del cuerpo le atizó el odio para que lo hiciera vivir. Y sabiendo que aquello le daría resultado, se perdió confiado en la madrugada penumbrosa.
¡Fue entonces cuando lo decidió! .
Lo hizo sin pasión, como un sereno gusto y con una determinación casi factual. El dolor morado de la reata se le había estampado hondo en sus arrugas pero más hondo en su encono: Terencio Corrales iba a sobrevivir. -¡Tenía ya una venganza pendiente en la vida; tenía ya que cumplir un destino!.
Salió primero Isidoro Rascón con un hato de leña a cuestas. Luego apareció Juanito Travieso con la yesca lista. Norberto Molina prendió un ocote y el circulo se fue apretando en torno a Terencio. El calor del fuego lo empezó a reanimar por tramos. Primero sintió el calorcito por dentro y oyó que el corazón le latía. Luego fue dándose cuenta de sus manos y al último de sus pies. Cuando terminaron de soltarlo, ya le hormigueaban las plantas y el alma. Cayó pesadamente en los brazos membrudos de Estolfo Carrillo y se fue doblando lento hasta quedar frente al resplandor que doraba su viejo perfil.
El primer sorbo de café le fue entrando en el cuerpo como una inyección visceral que le fue trayendo suavemente a la vida. Fue entonces que se los dijo: ¡Voy a esperarlo!.
De aquel día no quedaba ya sino un reguero de cobres que doraban las siluetas abruptas de la cordillera. El soplo de la primer cabañuela quedó suspendido cuando, cercanos, se adivinaron los pasos confiados de una cabalgadura.
Y no se hizo esperar:
- ¡Ora sí vengo por tí viejo carcaje!- le grita desde la cuesta y sin desmontar todavía. ¡Ya se que lo soltaron esos maricas. Pero nomás lo pongo en buen recaudo y les arreglo cuentas!.
En su torno no hay verdadero enojo, más bien se percibe una especie de tolerante regaño, y, por fugaces segundos, una oleada relampagueante de memoria le repasa instantáneamente el otro lado de su ser. Se recuerda entonces repartiendo subsistencias entre campesinos famélicos, corrigiendo entuertos familiares ajenos, perdonando delincuentes, alzando en vilo a hijos y sobrinos en frecuentes arranques de ternura, evocando los rostros de los suyos en sucesivas imágenes furtivas…
Por eso se le congela la sorpresa en las facciones cuando de atrás del encino la boca negra de la escopeta le apunta como respuesta. Va a reírse de aquel atrevimiento infantil, cuando el primer trueno rasga la tarde y va a estrellarse en la cabeza de su montura y a llenarle los ojos con astillas de bronce. Todavía no alcanza a creerlo y desenfunda por instinto enviando a ciegas dos silbidos que van a incrustarse en el tronco que protege a Terencio. Este, sabedor de su ventaja, da tiempo a que la sangre bañe la cara de Aniceto y lo convenza de su estado.
- ¡Hasta con los ojos tapados te rajo la madre maldito; a mí no me tumba cualquier viejo ñengo!.
Pero el líquido tibio ya le hace surcos movibles en el rostro y le rueda hasta el pecho. Terencio asoma otra vez en el tubo negro y libera el segundo envío de perdigones. El musculoso costado de Aniceto se hace un clavel purpurado. Se da vuelta entonces sobre sí mismo invadido de un pánico incrédulo y al lanzar su última injuria, se deja ir cuesta abajo hasta detenerse frente al encino nudoso del fondo de la cañada.
“Gánate de una vez tu destino viejo lámpiro, gánate …”, y de bruces se queda quieto a los pies del anciano que tembloroso acierta a decirle:
¡Aquí te vas a quedar, cabrón! !.