El Cientñifico Carl Lumholtz entró a Sonora a lomo de caballo por la garita de San Pedro Palominas
Su pasión por explorar los pueblos primitivos en busca del estudio de las razas bárbaras y salvajes, nació en Carl Lumholtz, cuando estuvo en Australia ya que para poder “ir en busca de ejemplares zoológicos” tuvo que contar con la ayuda de los nativos.
Estando en Londres en 1887 se formó la idea de venir a México pues había oído hablar de las admirables cavernas situadas al suroeste de los Estados Unidos, de pueblos enteros construidos dentro de ellas en las empinadas montañas a donde sólo era posible llegar por medio de gigantescas escaleras.
Se decía que cuando los españoles descubrieron y conquistaron aquel territorio, encontraron cavernas ocupadas aún.
Lumholtz se preguntaba si acaso algunos descendientes de ese pueblo existiesen para esas fechas en la parte Noroeste de México, tan poco explorado.
En 1890 visitó Estados Unidos exponiendo su propósito a algunas personas prominentes encontrándose con la mejor disposición.
Reunió el dinero necesario y bajo los auspicios de El Museo Americano de Historia Natural y la Sociedad Geográfica Americano de Nueva York, viajando hacia la ciudad de México para obtener las autorizaciones necesarias.
Fue recibido por don Porfirio Díaz quien le concedió una hora de audiencia en el Palacio Nacional, expresándole todo tipo de facilidades.
A continuación lo narrado por Lumholtz en su libro El México Desconocido.
Fuertes inundaciones ocurridas en el sur de Arizona y Nuevo México, y los consiguientes deslaves producidos en las vías férreas, interrumpieron mis proyectos y retardaron algún tanto mi llegada a Bisbee, Arizona, pequeño pero importante lugar minero de donde había resuelto emprender mi expedición.
Sólo hay allí unas veinte millas a la frontera mexicana y la compañía de Cobre de la Reina hace que se mantengan en aquel lugar las tiendas bien surtidas, donde pude encontrar provisiones y demás cosas necesaria.
En preparativos para la marcha se pasaron más de dos semanas, que era preciso comprar animales, escoger y alquilar gente, reunir y embarcar provisiones.
Entre tanto, me alcanzaron los varios ayudantes científicos citados allí para tomar parte en la expedición.
Los caballos y mulas fueron compradas en las cercanías. Al efectuar esta compra, es preciso tener precaución en aquellos lugares, pues aún personas que se jactan de decentes y honradas, tratan de sacar ventaja de la situación.
Uno de tales individuos, no sólo puso precios altos, sino que dio animales matreros.
Fue motivo de mucha perdida de tiempo e innumerables molestias, al principio en el campo, y después en el camino, el llevar aquellas mulas que arrojaban con persistencia sus cargas al suelo, haciéndome necesario sujetarlas y cargarlas de nuevo.
Poco a poco pude encontrar la gente que necesitaba, lo cual era otra tarea dura de llevar a cabo. Siempre hay individuos en abundancia dispuestos a correr aventuras, prestos a ganar dinero y ávidos de ir a tales expediciones; pero escoger los más adecuados entre los vaqueros y mineros de las tierras fronterizas, es de lo más difícil.
Además, por lo que es al parecer justa compensación de la naturaleza, los tesoros de la tierra se hallan siempre ocultos en los sitios más desagradables, horrendos y tristes,
Así están situados por lo menos todos los minerales que he visitado siempre, y Bisbee no es una excepción de la regla.
Para verme fuera de aquel pueblo convocado y de su desabrido restaurant, establecí mi primer campamento cuatro millas al sur, en un lugar cómodo y agradable, donde podíamos preparar nuestra comida.
Pero nos encontramos con otra incomodidad, curiosa por cierto. El ganado de aquella región manifestó peculiar predilección por nuestros objetos de vestir.
De noche especialmente, llegaban las vacas a merodear entre nuestras tiendas de campaña en busca de lo que pudiese devorar, y apoderándose de algunos sabrosos bocados, tales como algún calcetín, camisa o frazada, mascaban “poco a poco”, si hemos de citar a Mark Twain “engullendo sin cesar, abriendo y cerrando los ojos continuamente, en una especie de éxtasis religioso, como si nunca hubiesen probado en su vida nada mejor que un sobretodo”.
Sobre gustos no hay nada escrito, ni aún tratándose de las vacas.
A pesar de este menoscabo que sufrimos, nos era grato estar en el campo, que se iba poniendo deliciosamente verde después de las lluvias y nos hacia saborear de antemano lo que nos esperaba.
Lo último que faltaba hacer, terminados todos los demás preparativos, era obtener tres saquitos en que cupiesen 750 pesos mexicanos, pues entre la gente del campo, el papel moneda es de aceptación difícil.
Hablábase mucho de un asalto dado por algunos bandoleros en las cercanías, pero nosotros emprendimos nuestro camino, sin que se nos molestara, el 9 de septiembre de 1890.
Gracias a las cartas que llevaba del Gobierno Mexicano, no se me incomodó para nada en la Aduana de San Pedro.
Detúveme sin embargo, algunos días para comprar una sillas de carga llamadas aparejos, que estrictamente hablando no son sino sacos de cuero rellenos de paja, que se aseguran al lomo de las mulas.
Debido a la cortesía de los oficiales aduaneros de Sonora, México, pude obtener también dos excelentes arrieros de confianza que remplazaron a algunos americanos que no habían hecho más que vivirse disputando en el campamento y no me convenían para mi propósito.
Como muestra de consideración uno de los empleados de la Aduna me invitó para padrino de su hijo. Tuve que sostener la cabeza del niño durante la ceremonia mientras una mujer de edad sostenía el cuerpecito.
Conforme a lo acostumbrado di 25 centavos a cada una de las personas que nos acompañaban y un obsequio más adecuado para el niño.
Desde entonces fui llamado “compadre” por la mayor parte de la gente del pueblo y se estableció entre la familia del niño y yo mismo ese sagrado parentesco de tan grande importancia en la vida de los mexicanos.
Durante diez años de viajes y de actividad etnológica, nunca he vuelto a encontrar a mi ahijado, pero espero que ha de hallarse sin novedad.
Que hermosa frescura la del campo cuando íbamos atravesando con dirección al sur en el norte de Sonora, las monótonas llanuras de Arizona iban siendo reemplazadas por un paisaje más variado lleno de pintorescas colinas, coronadas de encinos y cedros.