ENRIQUE QUIJADA Poetapor Gilberto Escobosa Gámez
Hace varios años concurrí con mi familia al sepelio de la profesora doña María Esther Rivera viuda de Torres, sobrina del profesor Antonio G. Rivera, autor de la “Revolución en Sonora”. Las exequias tenían lugar en el cementerio de Ures y la señora que íbamos a despedir fue la madre de mi yerno Manuel Torres Rivera, cronista oficial de aquella ciudad.
La familia Torres Rivera es prominente en Ures, no por su posición económica sino porque todos sus miembros son profesionales, además de que disfrutan de prestigio moral. Por ello en la necrópolis había mucha gente de Ures y Hermosillo.
Allí tuve la oportunidad de saludar a las profesoras Amanda y Lupita López Rodríguez, con quienes platiqué sobre la antigüedad del camposanto de aquel lugar donde sepultaron a los héroes de la jornada del 5 de septiembre de 1866; entonces Amanda me preguntó si deseaba ver dónde descansan los restos del mejor poeta urense, el profesor Enrique Quijada.
Terminó la dolorosa ceremonia de la inhumación de la señora; llantos de familiares y amigos se habían apagado; sólo quedaba entre los presentes una sensación de vacío, de ausencia que se reflejaba en sus rostros.
En esos instantes me aparté de los asistentes; también me sentía conmovido por el llanto de las mujeres y me aposté frente al sepulcro de Enrique Quijada en el momento que un señor, tal vez maestro, dirigía la palabra a un grupo de niños. Su plática era sobre el poeta urense: “En el año 1887, siendo aún joven, fundó y dirigió un periódico regional llamado “Ecos del Valle” coasociado con otro intelectual de nombre Ismael Quiroga. Al unir su trabajo y esfuerzo ambos elevaron a un nivel tan alto este órgano periodístico, que algunas de sus publicaciones fueron traducidas al francés y publicadas en el diario parisino “Le Fígaro”.
Enseguida recordé lo que la señora profesora Dolores Real de López nos dice sobre esa publicación en su libro “Casos y cosas”, escrito en Ures: “El “Ecos del valle” fue exhibido en la exposición universal de París, Francia, el año de 1889, otorgándosele a su director Enrique Quijada, un diploma de honor y una medalla que le fueron entregados posteriormente en una solemne ceremonia celebrada en el recinto que ocupaba la Secretaría de Gobierno del Estado, el 8 de noviembre de 1891”.
De regreso a Hermosillo, busqué entre mis libros el que escribió doña Dolores Real de López sobre los personajes urenses y obtuve mayor información del profesor Quijada, su vida y obra.
Como pedagogo, el poeta urense siempre demostró entusiasmo y fe por su labor en el aula; su mayor recompensa, decía, era el haber dejado a un buen número de jóvenes con las puertas abiertas al porvenir. En el año 1888, actuando como director de la escuela para varones de la Ciudad de Ures, recibió la visita del ilustre maestro Vicente Mora, quien fue el primer director del Colegio de Sonora, de Hermosillo. Aquella visita era en calidad de inspección y el profesor Mora quedó gratamente sorprendido al encontrar textos especiales arreglados por el profesor Quijada, no sólo en gramática, también en aritmética, geografía y geometría, que representaban una gran ayuda en la enseñanza.
El profesor Quijada, además de poeta y destacado pedagogo, era un investigador nato; frecuentemente acudía a los archivos para reunir datos sobre la historia de Sonora, logrando realizar un estudio de los indígenas de nuestro Estado. Su fama de hombre de estudio y erudito en pedagogía llegó hasta la Capital de la República, otorgándole el presidente Porfirio Díaz un reconocimiento.
Su talento e inspiración de poeta eran inigualables; sus versos fluían con facilidad; algunos llenos de ternura y belleza, otros nostálgicos, tristes. Hablaba de muerte, como si presintiera que pronto quedarían de él sólo los restos y su recuerdo, como así sucedió.
El gran poeta urense murió como vivió: tranquilo. Bajó a la tumba el 15 de febrero de 1897, a la edad de cuarenta años. Su desaparición causó honda consternación en todos los círculos sociales sonorenses.
La prensa llenó columnas de merecidos elogios para él y a la hora del sepelio hicieron uso de la palabra Juan P. Robles, Abigail Quiroga, Manuel Fuentes Frías, Alberto Maldonado, José A. Romo, José María Villaescusa y el director del periódico “El Sol”, quienes hablaron de su vida y labor en beneficio de la niñez y juventud