**POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

Nadie sabía de aquella facción de la tribu ópata, a la que los padres jesuitas llamaban “Los Pipisquis”; vivían remontados en la sierra del Bavicanora. Nada querían saber del Evangelio, odiaban cualquier vestigio de la cultura traída a estas partes del alto río de Sonora.

Los Pipisques amaban la sierra, y se la vivían cazando venados y cochis jabalines. No se enfermaban, sino hasta el día de la muerte a la que parecía invocaban cuando ya se veían cansados de estar en este mundo.

Eran muy dados al brujería, todo lo que llevaban a cabo se regía por la superstición. Tenían su brujo encantador, al que seguían como a un hijo del dios del Viento, que azotaba medio año las altas partes de la sierra del Bavicanora.

  Los padres jesuitas nunca planearon subir a la sierra para insistir en el necesario bautismo a aquella familia y, por desprecio, les empezaron a llamaron “los Pipisques” ya que estos nativos tenían un serio problema con la vista, era un mal de la raza de llevarse con los ojos muy apagados, siempre infectados. Esto un reflejo muy claro de la falta de vitaminas, pues por llevarse encaramados en los montes, no comían verduras, no sabían sembrar. Simplemente se dedicaban a la caza, y de eso vivían, además de recoger algún fruto silvestre.** **El gran brujo llamado “El Sinoquipa”, había cambiado de residencia apenas unos meses antes del arribo del padre Bartolomé Castaño, se había remontado todavía más hacia la sierra, cuando le llegaron informes de la avanzada de los misioneros río arriba fundando misiones.
Castaño y sus colaboradores llegaron a una ranchería de indios dóciles, pero que en cierta forma rendían veneración al gran brujo, hijo del dios del Viento.

Cuando el padre Bartolomé preguntó a un indio sobre el nombre de la ranchería, ya que tan dócilmente los habían recibido, éste por toda respuesta, dijo: “Sinoquipa”, ya que se confundió creyendo que lo que** **el misionero quería saber, quién era su jefe.

San Ignacio de Sinoquipa fue bautisada la aldea, y el agua del bautismo cubrió el cabeza de unas 35 almas conversas que decidieron rendir obediencia a la Corona, cambiar de nombre propio y, disponibilidad para aprender una nueva forma de vida.

Y lo hicieron con agrado pues cansados como estaban de la vida nómada, siempre a la trompa talega por la sierra en esas correrías que nada bueno les habían dejado, siempre en guerra con sus propios hermanos.

Esta actitud de “los de abajo”, es decir de los ópatas que decidieron congregarse definitivamente en la misión, ayudar en la construción el templo, las casas para los padres y para ellos mismos, y dedicase a trabajar la tierra para hacer buenas cosechas, indignó sobremanera al gran brujo Sinoquipa.

Este convocó a la horda de salvajes adiestrados para la guerra, bajo su mando; y así con ese odio que por generaciones habían acumulado y los había llevado a ser guerreros despiadados, planearon bajar para destuir a los nuevos cristianos.

Confiados en que el dios del Viento los protegería y los llevaría hasta la victoria, se alistaron para cumplir la orden del brujo, el hijo del Viento, buscando con su terroríficas armas, destruir a todo ser viviente en San Ignacio de Sinoquipa, empezando por los padres jesuitas, y siguiendo con todo indio, sin importar la edad y sexo.

  “Pegaron” los Pipisquis una noche del mes de marzo de 1641, traían en su manos antorchas que lanzaban en los techos recién construidos, dieron cuenta del templo al que golpeaban con enormes hachas de piedra bien prensadas en horquetas de mezquite para derrumbarlos de cuajo… pero no era posible. Bajaron maldiciendoa a los misioneros, a quienes los acusaban de que hayan ordenado construir tan anchas las tapias y paredes.  

Los de abajo, los indios mansos, poco a poco fueron muriendo víctimas de la furia de los Pispisquis.
Los padres subestimaron a esta horda de salvajes filisteos, se creía que eran uno 20 o 30 cuando mucho, pero en honor a la verdad salieron más de 100 de estos semisalvajes, todos con sed insaciable de sangre.

Los padres no estaban allí por la gracias de Dios, ya que en su celo por convertir almas, andaban atendiendo las otras misiones que habían dejado atrás, como Banámichi, Huépa**c, Acochi y **Baviácora, entre otras.

Para cuando llegó la triste noticia se arrendaron,  y al arribar a Sinoquipa sólo hallaron rescoldos de aquel holocausto** **ordenado por el hijo del dios del Viento, quien se había replegado a la sierra para ver su malgina obra a la distancia como si nada, satisfecho, como viven las fieras con el hocico lleno de sangre, luego de exterminar al enemigo.

Pero cuando menos las fieras lo hacen en un ciclo de sobevivencia, no que estos viles indios “Pipisquis” cegaron la vida de tanta gente inocente de su propia sangre.

  Lloraron los padres jesuitas con Bartolomé Castaño a la cabeza al ver aquel reguero de cadáveres, ancianos y niños, mujeres y hombres; todos, si todos, fueron traspasados por las flechas y rematados a pedradas, con las que les destrozaron el cerebro para que no quedara nada de vida en ellos.

Los misioneros se pusieron durante seis días en ayuno, sin poder contener el llanto ya que se hallaban taspasados por el dolor de ver tanta infamia.

  Indios cristianos venidos en su auxilio de la misión de Banámichi y Huépaca, enterraron a los nativos de esta parte que tuvieron la mala fortuna de ser presa inofensiva de los hijos del Viento, más bien los hijos del diablo, quienes por su vil y criminal comportamiento deberán de estar ardiendo en las llamas eternas del infierno.

 Una vez pasado el período de ayuno y oración continuo, los padres se dierona la tarea de reanudar la misión, construyendo de nuevo edificios, confiados en que la gracia de Dios no los desampararía.

San Ignacio sobrevivió al holocasuto, sólo en la tenacidad de los padres de refundar la misión.  Luego de sufrir el furor de los Pipisquis, los antiguas le llamaban “la Pipisquera” en recuerdo de aquel suceso como una maldición.

Y a la distancia de varios siglos, el pueblo tiene un gran desarrollo, si bien conserva un templo de la época de las misiones, éste fue construido por los Franciscanos que vinieron después de la triste expulsión de los jesuitas en 1769, quienes marcharon al exilio convencidos de que habían sembrado la semilla del Evangelio con el afán de que no se volvieran a repetir actos tan sangrientos como el suscitado en San Igancio de Sinoquipa .

NOTA DEL AUTOR
  Esta leyenda la dedico a todos los nacidos en este pueblo, y que viven lejos.**