COLONIA CENTENARIO Y LAS FERIAS DE SEPTIEMBRE
Lo que la ciudad ha ganado en una estructuración más armónica, bella y quizá útil. lo ha perdido en colorido y amenidad. Así donde ahora se yergue
elegante y hermosa la Colonia Centenario, se celebraban antes unas ferias públicas, la mar de movidas y pintorescas. No había los jardines actuales, ni las señoriales residencias que la adornan, sólo estaba la gran casona de rojo ladrillo que hoy ocupan don Ernesto Camou, la familia Nieves, don Pepe Healy, y alguien más y que antes era residencia de don Alberto Monteverde, papá de Diego y de “Los Patos” Monteverde, Arturo, muerto joven y Humberto, que fue Presidente Municipal de Hermosillo durante el gobierno de Gutiérrez Cázares y que ha dado mucha guerra por allá en la capital de la República.
La estatua de Hidalgo, esa que tiene un dedo en alto y que ahora está en la Placita que lleva su nombre, frente al Casino Aliancista, estaba situada en el centro de los terrenos del Centenario, con un pedestal de cemento, medio carcomido.
Pero volvamos a la feria, que se celebraba los días patrios de Septiembre. Por un lado, el que ve al norte, se establecían las cantinas, construidas de tablas y manta o petates y en el lado frontero las fondas y en medio los juegos, donde había desde un inofensivo “carcamán”, hasta una avorazada ruleta o un jugoso tiro de albures.
En la ruleta y los albures, se congregaban las gentes prominentes. Ahí estaban los ganaderos ricos, los militares de alta graduación, los funcionarios públicos de categoría, los banqueros y no estaban los agricultores porque entonces eran gentes en ruinas. Debían hasta la camisa a Luís Lau o al Banco de Sonora.
Temprano las señoras y las señoritas de la alta sociedad y de clase media**, paseaban por las calles que dejaban los puestos**. Algunas jugaban acompañadas de sus esposos o sus novios. Al filo de las once de la noche principiaban a retirarse, quedándose solo aquellas más liberales en sus hábitos. Había dos o tres señoras famosas por las grandes apuestas que hacían.
Ya para esa hora comenzaba a calentarse el ambiente, los guitarreros y las orquestas principiaban a tocar en las cantinas. No se acostumbraban los mariachis, todavía no se iniciaba la invasión de gentes del interior del país. Todavía se podía decir la palabra “guacho” donde quiera sin herir a nadie, ahora son más ellos y de pilón no les importa ser mencionados así.
Por un rumbo se oía a “Samaniego”, un guitarrero con cuerpo de luchador, tocando el acordeón los toques del ejército, cosa que hacía muy bien. Enseguida “La Changa”, un guitarrero que usaba una pata de hule, cantaba con mala voz, pero muchos gestos, la canción “Guinda”, que andaba de moda. Más allá la “Orquesta Hermosillense”, que dirigía Pepe Pantoja, el que ahora tiene un molino de nixtamal en la calle Chihuahua. Y a propósito ¿usted sabe por qué a la zona de tolerancia, le dicen Bachimba?
Pues porque cuando fue cambiada de la Calle Chihuahua, andaba de moda la canción aquella de “se llevaron el cañón para Bachimba”, y como cambiaban aquí también la artillería, algún gracioso creó ese nombre que ha perdurado. “El Chato Guitarrero”, ese muy feo, y que baila mambo cuando se emborracha, era apenas bolero. Hasta una orquestita de la Colorada, se dejaba venir y tocaba muy mal, pero muy barato. Por supuesto, que entonces no había radiolas, si no aquello hubiera sido un pandemonium.
Y a las doce llegaba el “ganado bravo” y empezaba el relajo mayor. “La Chona” a la cabeza de todo su personal hacía su arribo en los carruajes de don Ramón López, don Emiliano, Nachito y “El Guero” Padilla. Por otro lado llegaba “La Micha” Peraza, joven y hermosa. “El Chango” licabadesde la Cantina de Peralta. Seguía subiendo el termómetro y la temperatura llegaba a cien. Ya se oían los disparos al aire de algún alto militar, que todavía con los sumos de la Revolución en la cabeza, se aventaba de júbilo y copas. Entonces no se tomaba whiskey, puritito coñac Hennesey y bacanora muy bueno.
Recuerdo de una ocasión en que estuvieron jugando y empinando el codo los Generales Francisco Manzo y Fausto Topete, ganaron mucho dinero en partida, en puras monedas de oro y pesos fuertes. Traían llenas las bolsas, los sombreros y detrás de ellos dos o tres soldados con bolsas de dinero. Se pusieron generosos y comenzaron a aventar el dinero al público. Aquello fue el acabose, rodaron las mesas, se pisotearon las gentes y la consecuencia fue una borrachera general. Le bebieron gratis toda la cantina a Alejandro Padilla, “El Guabesi”, que de desesperación se mordía los bigotes.
En una ocasión estaba al frente de la partida de albures el “Chiro” Salcido, con su hierática postura, con los ojos bajos y la boca apretada, flaco, inmutable. Jugaba muy fuerte el ganadero Manuel Torres, cuando se presentó el Ingeniero Oswaldo González, aquel simpático y querido tipo que fue famoso por las cantinas y los juzgados hermosillenses y puso sobre la carta un cheque de veinte pesos (que por cierto entonces eran como doscientos de ahora), naturalmente la carta contraria a la de don Manuel, sabedor de que le darían el gane a él.
Sucedió así y le pagaron con veinte pesos plata, se los echó a la bolsa y volvió a poner el cheque sobre otra carta, volvió a ganar y volvió a embolsarse el efectivo. Cuatro veces repitió la apuesta y cuatro veces ganó, echándose ochenta pesitos al bolsillo. Agachó la cabeza, como era su costumbre y se retiró. Viendo “El Chiro” que dejaba el cheque, le gritó: “hey, Oswaldo, dejaste el cheque”, a lo que éste contestó graciosamente, “déjalo ahí, al cabo que no sirve”.Fuente: La Opinión