LE LLAMARON FURIA DEL TUNGSTENO AL SURGIMIENTO DE YACIMIENTOS MUY RICOS EN LA REGIÓN DE BAVIÁCORA, A DONDE
DON PEDRO SE ENCAMINÓ PARA APLICAR SUS CONOCIMIENTOS.
PERO LA BONANZA NO HABRÍA DE DURAR MUCHO…
POR J.ROMÁN BUSTAMANTE TRELLES/COLABORACION
En Magdalena, don Arturo Fernández le propuso a Pedro Trelles que se encargara de buscar minas: serían socios al cincuenta por ciento.
En uno de los primeros viajes que hicieron a Baviácora, acompañaban a Pedro don Fernando Bustamante y don Arturo Fernández. Al entrar al pueblo dijo don Fernando:
-“Párale, párale, déjame saludar a mi hermano Jesús”.
Era don Jesús “El Pelón” Bustamante, papá de Virginia (esposa del Gandarillo Robles) quien al pasar los años vendería a Pedro la mina de El Jaralito.
-¿Cómo estás Jesús? ¿Qué tienes de nuevo?
-Esto y que l`otro, dialogaron entre ellos, y entonces don Fernando dijo:
-Mira, te presento a don Arturo Fernández y a “don” Pedro Trelles.
-Pedro en ese tiempo andaba en los 36 años.
Y siguieron caminando y se encontraron con don Luis Gautrín, un francés chaparrito papá de Ricardo, Luis, Pedro y Humberto entre otros hermanos, con los que Pedro tuvo más trato. Don Luis era uno de los comerciantes más fuertes de la región:
-¿Que tal don Luis?, le presento a don Arturo Fernández, y a “don” Pedro Trelles, que viene a trabajar una mina, ahí se lo encargo.
En Baviácora, Pedro se hizo compadre de “Beto” Arreola, dueño del rancho donde había denunciado la mina. En el rancho había mucho agave “angustia folia”, ese de hojas angostas y largas. Por ello el Beto tenía una vinatería registrada; y una galera llena de barricas de madera rebosando de mezcal, antiguamente llamado “mechapa”, hoy llamado Bacanora. Por 1952, surgió una bonanza en el área del río Sonora por un mineral llamado tungsteno, a tal grad, que era un alboroto de toda la gente gambuceando y sacando mineral.
Don Fernando Bustamante radicado en Nogales recibió una carta de un sobrino suyo, vivía en Baviácora y, le decia: “Tío, véngase; verá, aquí hay una bonanza, hay tungsteno donde quiera y yo tengo una mina”. Don Fernando invitó a (don) Pedro. Efectivamente, lo único que procedía era ir a ver. Fueron. Aquello era una cosa increible, tan sorprendente que a Pedro no le alcanzaban las palabras para describirla.
La mina más rica era una que había encontrado un señor Rábago. Para ver el tungsteno utilizaron unas lámparas especiales, al aluzar en la obscuridad, alumbran con una luz morada y hacen brillar el mineral de tungsteno, pues es un mineral fluorescente.
El primer día que llegaron, fueron en la noche a los cerros, donde estaba la mina del señor Rábago y empezó el a - ¡Mira!, ¡Mira! y ¡Mira!. Casi brillaba todo el cerro, empezaron a caminar y Pedro primero a recoger piedritas, al rato encontraba unas más grandes y tiraba las chiquitas, hasta que llegó el momento en que eran tan grandes ya las piedras, que sólo se quedó con una de las que más brillaba; había hoyos por donde quiera, gambusinos acampados por todos lados, saquitos llenos de tungsteno apilados por donde quiera.
Estaba escrito que esa mina no era para ellos, pues por más dinero que ofrecieron, nada: no se las vendieron. Fueron a ver la mina del que los había invitado, enclavada en la parte alta de la sierra al oeste de Baviácora, en el rancho el Jaralito. No era tan gande, no tan rica, como la del señor Rábago, pero al verla, Pedro recomendó comprarla, “así enterita”. Pedro escogió un pedazo de terreno, para hacer las construciones necesarias: el molino, los talleres, la oficina, las casas principales y las de los trabajadores. Después construyó una serie de represas que luego se poblaron de peces y árboles, y más abajo del arroyo, la represa de jales. En la actualidad la mina no se trabaja y el lugar es sólo para vacacionar algunos fines de semana, en espera de mejores tiempos.
Comenta Pedro que: “Cuando ya se está formando uno en una profesión y se va a ver o hacer un negocio, si es bueno, inmediatamente se va a ver la bondad, se va a ver que es un buen negocio y hay que entrarle”.
Así, al visitar una mina de esa naturaleza que enseñó la bonanza, al ver la magnitud del cuerpo del mineral y todo eso que inmediatamente refleja su importancia: “hay que entrarle”. Ante ese increible panorama compraron la mina con los ojos cerrados e instalaron el molino alrededor de marzo de 1953, trabajaron con rapidez, de tal suerte que para el mes de octubre ya estaban vendiendo mineral.
Trabajaron todo el año de1 53, e1 54, el 55 y e1 56, año en que les nació María Luisa Alma. Durante todos estos años extrajeron mucho tungsteno. Esta bonanza se debió a que después de la guerra de Corea, el gobierno americano consideró que, en caso de una conflagración mundial, se iban a encontrar sin materias primas, entre ellas: el tungsteno. Iban a verse en una situación de riesgo y con la necesidad de tener que importarlas de otros países.
Empezaron un programa increible de acaparamiento de materias primas, les decian “commodities”. Empezaron a comprar, pero, compraron tanto, que llegaron a tener en bodegas las minas mas grandes del mundo de todas esas materias primas. A tal grado fue su acaparamiento que por muchos años ellos han controlado sus precios. Al hacer este programa, dice Pedro que los americanos pensaron: “Necesitamos tanto y tenemos tanto dinero. El programa se cumplirá al cumplir la meta impuesta o que se acabe primero el dinero destinado”. Pero ya para 1956, habían comprado mucho más y se les acabó el dinero.
Para esto, al tungsteno, le habían puesto un precio ocho veces más de su valor original. Al dejar de comprarlo, el precio cayó a su valor antiguo, que era de ocho dólares la unidad (veinte libras de WO3-tungsteno) .
Así como el sobreprecio trajo la bonanza, su reducción trajo como resultado la incosteabilidad de explotar ciertos minerales. Entonces, los mineros tungsteneros del área del río Sonora, se vieron forzados a parar las labores.