No he de hablar de la sangre
ni de su prodigioso contenido;
ni del puño
cerrado que gobierna
del lado izquierdo el regadío exacto
para que todo el
cuerpo se alimente
sin que órganos o musculos carezcan
de cuanto
equilibrado necesitan.
No he de hablar de la sangre,
viajera
silenciosa,
el invisible y entubado pez,,
vivo millón de gotas
liquidamente augusto,
disciplinado al ritmo aparatoso
de un pequeño
universo,
origen de razón y poesía.
La sangre,
la de los vasos
siempre generosos,
la energía circulante a cada instante,
la que hereda
zafiros, lodazales,
crepusculos llorados en recuerdo
de amanecidos truenos
militares.
No he de hablar de la sangre,
la aurora injustamente
derramada
como el vino que espera al invitado
que va a llegar, pero que no
ha llegado
porque un tzentzontle ha muerto en su ventana
cuando el iba a
salir…
No he de hablar de la sangre
con que el niño al nacer
mancha
su acto de nacimiento.
La sangre oculta en la mirada
del
hombre socavón que circula en la mina,
la sangre que suda todos sus
minerales.
La sangre oculta en la mirada
del hombre derrotado
en
el salón de vidrio de la justicia humana.
La sangre oculta en la
mirada
del minero dilapidado como riquéza anónima,
razonado por la
avaricia
glóbulo empobrecido
en la arterioesclerosis de la
mina.
La sangre oculta en la mirada
del que despues de la protesta
inútil
los niños, la mujer, la calandria y el perro
regresa al tiro
envuelto en sombras miserables,
en trombas minerales,
en larínge de
gases
y entre gallos de amanecer
as,i arrastrados como perros
muertos
al rico basurero de la mina.
Dentro del gran oído de la
mina
se escucha el rito de los hombres
que necesitan ocio y
poesía;
hombres fragmentos de escombros,
hombres mendrugos
debajo de la
mesa de capital jauría.
Canana, Cananea,
de tus tiros
partieron
los primeros alientos de una aurora
que no han dado la luz que
necesito
para decir, de pueblo en pueblo,
que ya no hay tuberculosis
producida por hambre
ni banquete de bodas de ciento diez mil pesos;
que ya
no hay grandes puercos
que hocean entre la sangre y la traición
¿verdad,
Señor y Dios mio Jesucristo?
que así Pérez Jiménez y Trujillo y Somoza y
Batista
y Rojas Pinilla y Castillo Armas
-el inefab le “azul” de
Guaremala-
(sean, pues,mas bandidos pero menos ridiculos!)
me impiden con
su estiércol caminar por mi América.
Canana, Cananea, ¿imaginas el
día
en que venga a decirte a tu oído de cobre,
que no habrá mas reuniones
con visos de naufragio
en Panamá, donde el primer Roosvelt
cometió el
Panamá
que dejó sin su brazo glorioso a Colombia?
¿Allá, donde Bolivar
llora más aún que en Caracas?
Tu sangre y tu protesta son el árbol que
aguarda
su banderín de pájaros,
rodeados girasoles de salud y
belleza
poblados de palabras que convengan al hombre.
Canana,
Cananea,
tu nombre suena a arenas movidas por el agua
en que se baña el
dia surgido de tu pecho,
joven como el tumulto que agrupa tu
escultura
apretada de brazos con que abrazas a México.
Sobre muros
que duelen pintó Diego Rivera
la entrada y salida de la mina.
Chorrean
dolor y rabia y verguenza. Yo vi
pintarlos, cuando el día brotaba de mis
manos
y entre huracanes de águilas rompí mi corazón.
Para encumbrar
luceros tengo la voz a tí.
Tus noches minerales acarrean relámpagos
que
abren en un fulgor las tormentas del mundo.
Llevo la cuenta de túneles de
avaricia y cansancio
y en el rayo de sol que de Tabasco tengo,
he de
contar un día, cuando vuelva a Tabasco,
lo que pesa el diamante que
arrancaste al subsuelo:
huelga de Cananea,
¡Alborea! ¡Alborea!
¡Alborea!¡Alborea!…