**Francisco Eloy Bustamante 

EL ENAMORADO DE LA PROSTITUTA DEL TÁPIRO

Las mujeres alegres recluídas por las autoridades sanitarias en la zona de tolerancia “El Tápiro”, recibían diariamente a infinidad de mineros y parroquianos, y a nadie se le hacían el feo. Esta parte del mineral estaba proscrito para la chamacada, pues se consideraba eran las puertas del averno.El Tápiro causaba alegría a los papás, miedo entre los niños, y mucho odio entre las amas de casa. Lo varones entraban y salían al “Trece BAR”, allí dejaban su dinero y a cambio se llevaban placer, y a veces suspiros, entre una que otra enfermedad transmitida por las zurripantas.

Sólo un borrachales permanecía viviendo en la trastienda de un largo edificio con varios cuarto a guiza de prostíbulo. Era el velador, el que hacía la limpieza de los sanitarios y los mandados de las damas, el resto de su tiempo se la pasaba bebiendo.

A menudo el Juanelo era maltratado por las sexo servidoras que no le toleraban su aspecto de “tigre”, como le llamaban a los alcóholicos sin remedio. Mal comía y hablaba a veces de más, que era por lo único que lo consentían algunas de las damiselas, dado a que era ameno y con muchas historias que contar, con las que entretenía a las meretrices cuando no había clientela, haciéndose las horas menos largas, lo que las llevaba a salir de los estados depresivos. Eso lo sabía el Juanelo, lo que aprovechaba para distraerlas con sus historias fascinantes.

En un rincón estaba casi siempre “la Chepa”, quien aprovechaba el calorcito de la chimenea para soportar las noches invernales del mineral. Sus años de belleza habían quedado atrás, no la procuraba nadie, ni siquiera sus viejos clientes a los que tanto “amor” les dio. El Juanelo se le acercaba tímidamente para compartir con ella un poco de comida. Lo aceptaba por ser un hombre tan desgraciado como ella.

Pero lo que “la Chepa” ignoraba, era que el Juanelo, viejo como ella, la amaba. Nunca supo distinguir en la mirada de aquel ser tan humilde, cuánto amor le tenía. La amó desde aquella mañana en que la joven llegó al burdel; todos la asediaban, era la puta más codiciada, y objeto de envidia de sus compañeras.
Al cantinero, ella jamás le concedió una sonrisa y ni siquiera le simpatizó, pese a que el entonces joven Juanelo era de buen aspecto. Siempre calló su amor, aunque se moría de celos al ver a los mineros llegar por las tardes buscando a la más bella de las damiselas del Tápiro.

Hubo proposiciones para abondonar esa vida, más ella gozaba con ser la más adulada de todas. Se escuchaban balazos en las calles atravesadas por el pestilente arroyo La Monarca. Más de un caso atendió la policía, eran hombres jóvenes los que se mataban por “la Chepa”. La que al llegar a sus oídos la información de estos sucesos, soló sonreía con un dejo de perversidad.

 Pasaron los años, el pueblo se cubría de nieve, venía detrás la primavera y el primoroso verano, y de nuevo el otoño. Así sin sentirlo a “la Chepa” le llegó el invierno de su vida, y se vio a sí misma, vieja y puta. Seguía viviendo en El Tápiro porque tuvo un fruto con el dueño, quien se ingrió con el hijo. Esto le valió a ella para seguir durmiendo en el cuarto de la leña. Allí tenía muy conservados su recuerdos junto con sus pocas posesiones.** **A mediados de los 40s. se soltó muy fuerte el rumor de que el municipio iba a cambiar la zona de tolerancia hacia un lugar distante de la ciudad, ya que El Tápiro era objeto de ácres críticas por parte de comerciantes y las familias que poblaban esa parte del arroyo la Monarca.

Las “muchachas” se alistaban para cambiar de residencia, cuando cayó un nevada cruel. “La Chepa” falleció. Un acompañante tuvo, su fiel enamorado quien le lanzó flores a la tumba en prueba de tanto amor. (TOMADO DEL LIBRO LOS FANTASMAS DE LA CANANEA VIEJA).**