El francés Louis Lejeune cuenta en su expedición a Sonora que la pradera en Sonora, cerca de la frontera, el sol se pone tras los pinos de la Sierra Azul. “Los caballos estan pastando, amarrados, las fogatas se prenden. El campamento se siente alegre hoy; vaqueros de Cocóspera, en busqueda del ganado extraviado, el jinete que algo tiene que ver con contrabando y dos buscadores de cobre, se juntaron a mi tropa. Asamos trozos de venado, tomamos café espeso.

Enrollado en mis cobijas, oigo, antes de anochecer, las pláticas de los fumadores, acompañadas por los aullidos de los coyotes que rondan alrededor del campamento.

Hablan de caballos, de cobre y de un mezcal que se destila, sin pagar derechos, en un cañón vecino. Alguien habla de una muchacha y la plática se interrumpe.

Un buho canta…el lugar es siniestro…hombres han muerto aquí, sin confesión…se habla de Gerónimo.
Por largo tiempo se hablará en la frontera del último jefe apache, del cazador que mató con sus propias manos a más de trescientos hombres.

Son los tiempos coloniales, Sonora era un región de misiones y de presidios”.
  Por suparte el histroraidor ex sacerdote Flavio Molina Molina quien por muchos años fue párroco de La Candelaria en Villa de Seris combinaba su pastorado con la investigacion histórica.
Antes de colgar los hábitos para contraer matrimonio tenía ya publicados diez libros, todos muy importantes.

Como sabía de nuestra residencia en Magdalena nos pasó un relato de las peripecias por las que pasaban en los años 1776, los habitantes de Magdalena.
Aun con que el relato es historia, es decir verídico, tiene visos de leyenda.
Flavio empieza con un testimonial:

Así la contó el padre Arricivista:
“El mes de noviembre de 1776, a las 8 de la mañana, los series con algunos piatos y apaches dieron en el pueblo de Santa María Magdalena el más feroz asalto, en que el primer golpe lo incendieron y casi destruyeron.

Fue especial providencia el que las mujeres y muchachos acababan de rezar la doctrina y se refugiaron en la casa del padre, que después de haber dicho la misa se fue a ella.
Eran los enemigos cuarenta y los defensores cuatro, y por eso sin resistencia algunas se hicieron dueños de todo.

Sacaron del corral las pocas bestias que había, y el ganado manso y bueyes, y saqueando la casa de los indios les iban poniendo fuego; y retiráronse un poco para asegurar el robo, volviendo con feroces intenciones para poder dar el segundo asalto.

Era caudillo el indio apóstata llamado Juan Cocinero, y como ladron de casa, aunque aquella no era la suya, se arrojó a la del padre, en cuyas piezas estaba la gente refugiada.
Era la casa de adobes y sus techos de zacate, por lo que subiendo por una escalera les puso fuego, y como ya tenía asegurada la muerte de tados,

pasó su infernal rabia a saquear la iglesia; rompieron a golpes la puerta y haciendo lo mismo con la caja de los ornamentos, se los llevaron todos con el santo caliz, y derramando por el suelo los Santos Oleos, se cogieron los vasos y destruyeron la pila bautismal, candeleros y todo cuanto servía para el culto divino, rasgando los lienzos e imágenes, y sacando de una urna la de San Francisco Javier, que quebraron y tiraron al suelo.

La segunda vez se retiraron al monte, y por el camino fueron rasgando las hojas del misal y tirando lo que les cuadraba.

Ya el padre, las mujeres y muchachos estaban a punto de perecer, porque el fuego había consumido lo más de la casa; ya empieza a arder una sala y dos piezas en que estaban juntos todos, y muy fatigados por el humo.
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Y dando el enemigo el tercer asalto sólo para quitarles la vida, pues ya no tenían otra cosa en qué cebar su bárbara protervia, embistieron a la puerta con fuertes golpes de piedra, y le hicieron un agujero, por el cual tres indios que estaban bien refugiados les dispararon algunas flechas, con lo que se contuvieron un poco; pero volviendo de nuevo al ataque,

ya no había fuerzas para resistirles la entrada, por lo que el padre clamando a Dios y resignado a morir, exhortaba a sus indios para implorar el auxilio divino, y para merecerlo les excitaba al dolor de sus pecados, para también poder absolverlos; pero en el extremo de tan próximo peligro, vieron las misericordia del Señor para no ser consumidos.

Desde el primer asalto uno de los cuatro indios del pueblo se fue corriendo a San Ignacio que dista dos leguas a pedir socorro, lo que no advirtieron los enemigos y por eso tomaron tan despacio el tiempo para dejarlo todo hecho cenizas; estando en el intento de quitarles la vida, vieron venir indios de San Ignacio, y detrás de ellos más gente, que azorada por los humnos, se daban prisa para el socorro.

Esto obligó a los enemigos a retirarse por no perder el pillaje, y animó al padre para salir fuera para confensar a una mujer preñada que estaba muriendo de las lanzadas, la que murió con una creatura suya.

Reconociose la demás gente del pueblo, y sólo se hallaron menos una mujer casada y dos hijos suyos que se llevaron los enemigos cautivos”.