**Por IGNACIO SOLARES
EL GENERAL YA MOCHO tomó su reloj de la mesita de noche, Ese reloj sería un portento de relojería suiza pero sus agujas eran tan finas que apenas si se veían. Se lo colocó en el muñón y le dio cuerda. En una ocasión le preguntaron por qué no lo usaba en el brazo bueno, el izquierdo, y contestó: “¿Y quién le va a dar cuerda, su chingada madre?”.
Cuando perdió el brazo derecho, en la batalla de Celaya, en el año de 1915, por una granada que explotó a su lado, Le provocó tal desesperación verse sin su brazo derecho, que con la mano que le quedaba libre, intentó suicidarse con su propia pistola. Por suerte, el teniente coronel Jesús Garza, que estaba junto, se lo impidió.Lo que es la vida: fue el coronel Jesús Garza quien después se habría de suicidar. Qué extrañas son las reacciones de los humanos hacia la muerte, hacia la fascinación de la muerte, habría que decir. Como en su poema aquel, que tanto le elogiaron los intelectuales a Obregón, ¿cómo lo tituló?**
“Cuando el alma del cuerpo se desprende,
y en el espacio asciende,
las bóvedas celestes escalando,
las almas de otros mundos interroga,
y con ellas dialoga,
para volver al cuerpo sollozando.
Sí, sollozando al ver
de la materia la asquerosa miseria,
con que la humanidad, en su quebranto,
arrastra tanta vanidad sin fruto,
olvidando el tributo,
que tiene que rendir al camposanto.
Allí todo es igual: ya en el calvario,
es igual el osario;
y aunque distintos sus linajes sean,
de hombres, mujeres,
viejos y criaturas
en las noches oscuras,
los fuegos fatuos se pasean.
Un periodista le preguntó cómo había recuperado el brazo perdido, contestó sonriendo: “Muy fácil, eché una moneda de oro al aire y mi brazo cercenado salió volando a cogerla”. Respuesta que, en buena medida le inspiró su amigo, el escritor español Ramón María del Valle- Inclán, quien manejaba varias versiones sobre cómo había perdido su brazo izquierdo.
Que si él mismo se lo mutiló para distraer a un león que lo perseguía; que si se lo cortaron porque no había carne para el puchero —¡jale aquí y corte sin piedad!, le ordenó a su mayordomo—; que si lo perdió tratando de forzar la recámara de una mujer esquiva; que si se lo arrancó el bandido mexicano Quírico, durante un duelo en un campo desolado.
Pero Valle- Inclán, en un momento de intimidad después de unos coñacs, le confesó: perdí el brazo en una riña en el Café de la Montaña, en Madrid, entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, durante una reyerta trivial con un grupo de gandules, en la que, por un golpe casual, se me incrustó la mancuernilla en el antebrazo, gangrenándolo y necesitando amputarse en consecuencia.
Buen humor el de don Ramón. En una foto que siempre conservó Obregón estaban los dos en la Plaza de Toros de la Condesa aplaudiendo juntos, cada uno con la mano que le quedaba, ya que Valle-Inclán era manco del brazo izquierdo y Obregón del derecho.
Puso agua de colonia francesa —con una ligera fragancia a maizales— en las mejillas, a las que palmeó suavemente. Recordó que Pancho Villa le decía “El perfumado”. Cabrón.
Por supuesto, no creía que la muerte fuera femenina y hubiera que mostrarle el puño y pasar sobre de ella.
Pura retórica, indispensable en el juego político. Sobre la muerte podía hacer bromas y enfrentarla con valentía, a las mujeres de ninguna manera. Quizá por eso le afectó tanto la muerte de su madre y hasta tuvo una premonición de lo más dolorosa. A los quince años trabajaba en una hacienda de su hermano Alejandro , situada como a treinta leguas de Huatabampo, donde vivían.
**Una noche de lluvia, despertó sobresaltado, llorando y con una angustia que no le dejaba las manos quietas. Su hermano le preguntó qué le sucedía y él le contó que acababa de soñar… que su madrecita se moría… Veía clarito cómo se le alejaba el aire del cuerpo y se volvía un puro montoncito de huesos… Su hermano le echó la culpa a la cantidad de frijoles que habían cenado y muy tranquilo se volvió a dormir. La presencia de la lluvia se fue volviendo como el rumor de una catarata lejana.
Pero él ya no pudo pegar los ojos, y casi diría que ni siquiera se sorprendió —el verdadero miedo ya lo había sufrido antes— cuando al amanecer escucharon el galope de un caballo que se acercaba a la casa de la hacienda. En efecto, era un enviado que iba a informarles que su madre había muerto de un ataque al corazón esa misma noche en la casa de Huatabampo.**
Esa experiencia marcó su relación con las mujeres —a pesar de haberse casado dos veces— porque siempre las mantenía a distancia, con respeto pero a distancia, sus reacciones efusivas le provocaban alergia y quizá por ello no había tenido amantes, por más que oportunidades no le hubieran faltado.
A su segunda esposa, María Tapia, siempre la había tenido alejada de la atención pública. ¿Influiría que su padre murió a los pocos meses de haber nacido él, y que lo educaron su madre y sus hermanas mayores: Cenobia, María y Rosa? Cuántas lágrimas femeninas vio desde niño derramarse a su alrededor.
Qué chinga nos han parado las mujeres, porque la verdad es que desde el inicio de los tiempos, uno
de los papeles más importantes que han jugado, ha sido el de lloronas. Es bueno llorar y lamentarse en los
funerales, así como es bueno regocijarse con un nacimiento, pero ellas exageraban. No lo soportaba.
Como si esas voces ancestrales, atávicas, resucitaran siempre ante el nacimiento o la muerte de un nuevo ser llegado al mundo. Una liturgia en la que ningún hombre podía participar, y menos un militar bragado como él.
Desde niño aprendió a luchar contra los elementos naturales. Las heladas, el chahuistle, la lluvia, los
huracanes, el sol del desierto; carajo, podía asumir los asesinatos de Carranza y Villa, la matanza de Huitzilac, la guerra cristera, el exterminio de los yaquis, pero de las viejas era mejor mantenerse a distancia, bien lo sabía.
El deber cumplido y el ejercicio del poder le resultaban un afrodisiaco suficiente. Cuando la Lorenza le propuso leerle la suerte en el poso del café —ahora que, parecía, tantos seres oscuros atentaban contra su vida— Obregón abrió unos ojos enormes y le respondió que de ninguna manera, porque él sabía muy bien lo que sucedería en su futuro, gracias a sus visiones —o entrevisiones, no había que sonar pretencioso—, tenía clara conciencia de los obstáculos y las circunstancias que se abrían y abrirían ante él en los años siguientes. De quién cuidarse y de quién no. — Mira, Lorenza, hasta sé cuántos años voy a vivir.
¿Cómo la ves?
— ¿ Cuántos, mi general?
— Ochenta y ocho, ni uno más ni uno menos.
El general invicto recién electo presidente por segunda vez, murio asesinado el 17 de julio de 1928. a la edad de 48 años.
Se cuenta que estando aun convaleciente recién amputado del brazo, le preguntaba a sus subalternos que si qué decía la gente de él: “Que si todavía supura, mi general”, respondían.
¡Su pura madre!, dijo el caudillo.