HACIENDA DE CODÓRACHI
(Según reporte periodístico de 1910)
En la hacienda Codórachi, distante de la ciudad de Hermosillo, solamente 35 km, hay inmediaciones de la estación Pesqueira, del ferrocarril Sud-Pacífico de México, se encuentra instalado el molino harinero de cilindros “El Fénix”. Esta empresa vienen trabajando desde hace algún tiempo por cuenta de los señores con Genaro Gómez y Don Vidal Lavín A., quienes tienen establecida la importante negociación bajo la razón social de Lavín y Gómez trabajan como comerciantes, agricultores, ganaderos e industriales.
El molino harinero “el Fénix” es una planta de cilindros movida por fuerza hidráulica, que produce harina de la mejor calidad, la que tiene una excelente aceptación en el comercio de toda la costa occidental de México donde es ampliamente conocida. La hacienda de Codórachi que tiene una superficie de 500 hectáreas de cultivo, produce muy abundantes cosechas, por la excelentes de calidad de sus tierras, como por el riego que ricamente se fertiliza dando ricas cosechas de maíz, frijol y algodón que ocupan un lugar secundario.
Esta empresa agrícola que cultivo no sólo un estas tierras que son en extremo fértiles productivas, cuenta con otras de no menor calidad como son la de “Cerro Pelón” y “Popolo e Islas”, además de otras porciones de tierra en conjunto producen anualmente un millón de kilos de trigo. Como se comprenderá a primera vista, esta empresa realiza una obra bienhechora, haciendo productivas una buena extensión de tierras y dando trabajo a infinidad de obreros y campesinos que viven de esta empresa.
Tan activa es la acción de la empresa Lavín Gómez que también dedica su atención a la ganadería, que cuenta con buenos terrenos pastizales y agua en abundancia, circunstancias muy especiales para que el ganado este en excelente condiciones. En el ramo del comercio entre también se dedica esta empresa que cuenta con sucursales en la fábrica de hilados y tejidos de Los Ángeles y el San Miguel Horcasitas.
CODORACHI HOY
Los tres primeros años de los ochenta fueron los del camino. Los del puro camino. Trabajaba entonces en Obras Públicas del Gobierno del Estado y, en calidad de “préstamo” a raíz de un convenio, pasé al departamento de Monumentos Históricos del INAH, Centro Noroeste en aquel tiempo y Centro Sonora hoy, comisionado para trabajar en el Catálogo de Monumentos Históricos del INAH y otras labores propias de mi profesión. La relación con historiadores, economistas, antropólogos, arqueólogos, sociólogos y otros “logos”, influyó en mi visión de la arquitectura. Dejé de verla como un simple ejercicio de diseño, para entenderla en una dimensión mucho más amplia.
Pues bien, en uno de esos días de aquellos años, recorríamos el camino rumbo al Codorachi, los restos de una hacienda porfirista abandonada y “emblazonando” los recuerdos de los bellos tiempos. Una mole de ladrillo aparente con un copete en la parte más alta y con su respectivo óculo, donde alguna vez un reloj pudo haber marcado el tiempo de las labores. Al frente y camino de por medio, la casona de los propietarios igual en ruinas. En el primer edificio, que fue el molino, aun se apreciaba el entrepiso de madera machihembrada y las viejas máquinas de madera y fierro, despidiendo los aromas de la primera revolución industrial.
En la vieja casona, con algunas secciones derruidas, vivía el matrimonio encargado de cuidar las ruinas. Ocupaban uno de los cuartos del frente utilizando el viejo mobiliario de los tiempos de principios del siglo pasado. Un enorme “trastero” de madera fina lleno de molduras y recovecos, pero bastante maltratado por el tiempo. Un mesa con fuertes patas torneadas mostrando el mismo maltrato del paso de los años.
Tomamos las fotos de rigor para la ficha del catálogo, así como la descripción del edificio: Dos niveles, de ladrillo aparente, con molduras por todas partes y muy bien trabajadas, y el mencionado copete sin el reloj, etcétera, etcétera, etcétera. La visión de desolación, de páramos yermos, desapareció al echar un vistazo a la fachada trasera del edificio. Un pequeño puente soportado por un arco forjado con ladrillo, salvaba la pequeña acequia que conducía el agua del arroyo al pozo donde alguna vez una rueda de paletas hizo girar el mecanismo del ingenio molinero.
Todo era verdor en la parte posterior del edificio. Grandes mezquites y otros arbustos daban una sombra bastante extensa y agradable. Era como si el molino se hubiera convertido con el tiempo en una especie de represo, deteniendo el agua y convirtiendo aquella parte en un verdadero vergel. Adentrándome en el monte, “descubrí” los restos de una construcción probablemente anterior a la de la hacienda. Quedaba un arco en ruinas pero aun en pie, cubierto por la maleza y algunas enredaderas. Toda una imagen para un billete de los viejos.
En una sección donde el arroyo hacía hondonada, un par de familias de lugareños refrescaban el día bajo la sombra escuchando las rancheras. Los niños chapoteando en el agua, los hombres dando cuenta de los botes de cerveza y las doñas en su cotorreo de las cotidianidades domésticas. Todo un cromo. Si de entre la maleza hubiera aparecido el Charro Negro cantando con su guitarra y una morena de trenza tan negras como sus ojazos acomodada en la grupa de la montura, no me hubiera sorprendido demasiado. Me hicieron saber que un poco más allá, ahora no recuerdo hacia donde, quedaban los restos de una acequia y otras obras de ingeniería hidráulica, que eran más viejas que el molino.
De regreso al edificio del molino, con sus dos pisos de ladrillo aparente y su copete sin reloj, aprecié mejor los efectos de la arquitectura sobre la naturaleza. Un arroyo que se vio forzado a desviar su camino por las obras hidráulicas para dar fuerza a la maquinaria, interrumpió su rumbo de verdura creando un jardín a espaldas de la construcción, mientras todo el frente, los terrenos de cultivo y el camino mostraban la desolación de la erosión.
Publicado por Arq. NO en 17:29 ![]()