ARIZPE LA CAPITAL DESDEÑADA
La magna y flamante Comandancia General de las Provincias Internas tuvo por capital un pequeño poblado sonorense, rodeado de serranías, con el que sólo se facilitaba la comunicación siguiendo el curso del río de Sonora.
Su población hacia 1779 era de 390 habitantes, entre los que se contaban españoles, castas e indios ópatas. Según una descripción hecha al parecer por el padre Morfi, la población se extendía sobre un terreno de aproximadamente setecientas cincuenta varas.
En aquella se hallaba la plaza del pueblo, circundada por los modestos edificios de la iglesia y sus anexos, las que habrán sido casas de la misión y de la comunidad, algunas viviendas “de adobe, bajas sin fondo y mezquinas” y sólo una de menor pinta y mayor tamaño donde habitaba un mercader que era, además, el justicia del distrito.
El resto de la población se componía de unas ciento veinte casas de construcción sencillas “puestas sin orden ni regularidad de calles, la mayor parte de adobe”.
La iglesia del pueblo era un edificio se setenta varas, paredes de adobe y echo sostenido por gruesas vigas. Atrás de ellas se encontraba la habitación del padre misionero; que no era más que un alargado galerón que servía de recámara, cocina y gallinero.
Habitaba el comandante la que había sido casa de la misión, que era la mejor del pueblo. Consistía en tres conjuntos de habitaciones que flaqueaban un gran patio. La vivienda del comandante era una sala grande, una recámara para dicho funcionario y un cuarto anexo para dos de sus criados, la secretaría de la comandancia estaba a instalada en otra de las viviendas, formada por tres piezas, “dos casi inútiles por obscuras”, había además otros seis cuartos donde también estaban la cocina, el almacén, la botica, una cochera y el obligado gallinero.
Dos corrales, que antes habían sido trojes, complemetaba el cuadro de aquella residencia oficial
.
Lo pequeños del pueblo no fue impedimento para que, a solicitud de Teodoro de Croix se le diera, el 6 de julio de 1780, el título de ciudad. Aun así, poca era la estima que Arizpe suscitaba como capital y sede de poderes políticos o eclesiásticos.
Fray Antonio de los Reyes, primer obispo de Sonora, no se mostró muy satisfecho del lugar cuando en 1783, llegó por primera vez a él; erigió desde luego en parroquia la iglesia de Arizpe pero, según él mismo dijo, le pareció imposible declararla catedral.
Poco tiempo después de haber sido creada la comandancia su modesta capital no había progresado en nada, al decir de Jacobo de Urgarte y Loyola, uno de los asesores del caballero de Coix. 
Decía Ugarte en 1786 que Arizpe no atraía nuevos pobladores, pues tenía los inconvenientes de estar situada en un terreno quebrado, sin pastos para ganado, ni suficientes tierras de labor y con muy poco agua. Advertía que cualquier inversión que el rey mandara hacer allí, sería dinero perdido.
Su parecer era, en fin, que la capital se mudara mejor a Ures ya que Arizpe no estaba a “en ubicación de tránsito interesante por parte alguna”.
Lo que motivó ir relegando a Arizpe no fue el hecho de que estuviera mal comunicada, sino la misma vastedad de las Provincias Internas, lo que exigía que la capital estuviera situada en otra provincia que no fuera la de Sonora.
Teodoro de Croix manifestó en alguna ocasión que gobernar Texas y Coahuila desde Sonora resultaba tan poco práctico como hacerlo desde la ciudad de México. Él fue el primero que sugirió que la comandancia se dividiera en dos partes para evitar estos problemas.
Ugarte y Loyola insistió en que la capital se asentara en otra parte; en lugar de la misión de Ures propuso luego que la sede de la comandancia se estableciera más bien en el valle de San Bartolomé, Nueva Vizcaya (Chihuahua).
Justamente a los nueve años de haber sido creada la comandancia se empezaron a introducir algunos cambios de tipo jurisdiccional para facilitar el gobierno de las Provincias Internas.