Epifanio Zamorano Ramos
En 1908 encontramos a quién después sería destacado General Revolucionario, Benjamín G. Hill, dedicado a la agricultura en un rancho cercano a Navojoa y encabezado a un grupo de oposición a los Caciques locales, y a la dictadura del General Díaz.
Durante ese año el Diario Capitalino La Voz de Juárez en noviembre 27 publicó una carta de Hill, en que se refería a los trabajos electorales para 1910, los cuales -decían-, debían ser antiporfiristas en toda la línea; que ni el Presidente, Vicepresidente ni los Gobernadores salgan del seno de los hombres que están actualmente en el poder.
Estos hombres, seguía diciendo, eran personajes “encallados” en la reelección, decididos a adular a quién los encumbrara y a “transformar en sainete lo más bello de la vida política de un pueblo: su sagrado derecho a elegir a sus representantes”.
Era indispensable una oleada de sangre nueva que reponga la sangre estancada que existe en las venas de la República, enferma de viejos chochos, en gran parte honrosos restos del pasado, pero momias que estorban materialmente la marcha de nuestro progreso.
Si el General Díaz quería cerrar con broche de oro su largo mandato, debía dejar que los mexicanos eligieran a sus mandatarios; de otro modo, lo que hasta este momento había sido una comedia, puede transformarse en tragedia, cosa que nadie y mucho menos él, puede desear.
Así las cosas, al aparecer la obra La Sucesión lresidencia¡ escrito por Don Francisco I. Madero, Hill y sus amigos lo consideraron un resplandor de la democracia en forma de libro. Solicitaron 200 ejemplares de la obra, que fueron repartidos en la región del Mayo y la ciudad de Alamos.
De izquierda a derecha: los generales Cesáreo Castro, Jesús Carranza, Álvaro Obregón, Pablo González y Benjamín Hill
Refiere Aguilar Camin en Frontera Nómada que viajando Hill en Ferrocarril sostuvo una conversación sobre política con el Gobernador del Estado Luis E. Torres, en la que este último sostenía que el pueblo de México no estaba apto para ejercer la democracia, y le ponía como ejemplo una manifestación Reyista llevada a cabo en Guadalajara el 25 de Julio de 1909, en que se provocó la violencia.
Hill no estuvo de acuerdo y le replicó: “Este es precisamente mi argumento, porque pueblo que sabe defender sus derechos por la razón o la fuerza, es pueblo apto para la democracia”.
En 1910 fué electo cuarto Regidor y Sindico en el Ayuntamiento de Navojoa, que desempeño un magnífico papel. Ocupando ese cargo público, encabezó la recepción que se le prodigó al Sr. Madero en su gira política, y le acompañó por algunos lugares del Estado.
Con tales antecedentes, antes de estallar el movimiento revolucionario de 1910 fué aprendido e internado en la Penitenciaría del Estado; siendo liberado hasta Abril de 1911; se trasladó de inmediato al Sur del Estado donde organizó una considerable fuerza militar, al frente de la cual atacó y tomó la ciudad de Navojoa, y ya marchaba sobre Alamos cuando tuvo el aviso de haberse firmado los Tratados de Ciudad Juárez poniendo fin a la lucha armada.
El nuevo gobierno lo designó Prefecto del Distrito de Arizpe con residencia en Cananea. En 1912 tomó parte contra el Orozquismo; y, en Febrero de1913 al ser derribado del poder el Presidente y Vicepresidente por el Pretoriano General Victoriano Huerta, que ocupó con apariencias legales la Presidencia interina, lo desconoció y fué de los primeros en organizar en el Estado núcleos armados para combatirlo.
Ostentado el grado de Coronel, se le designó Jefe de las Operaciones Militares en el Sur del Estado, donde derrotó a los Huertistas en La Concentración, y el 17 de abril tomó a viva fuerza la plaza de Alamos.
Allí se dió el caso de que Don Adrián Marcor que ocupaba el puesto de Prefecto; pero que había sido destacado Maderista; reconoció al usurpador Huerta; y, por ello Hill lo incluyó en el grupo de prisioneros que cayeron en su poder al tomar la ciudad, para que sobre sus espaldas cargaran los sacos de arena con que habían improvisado las trincheras para repelerlo.
Impuso fuertes multas y préstamos forzosos; pero no dispuso ningún fusilamiento, no obstante que entre los prisioneros se encontraban algunos enemigos personales suyos.
Después de aquellos hechos se dirigió a Navojoa, y de allí; reparando la vía del F. C. Sur Pacífico de México a Cruz de Piedra donde se incorporó a las fuerzas del General Obregón poco antes de la batalla de Santa María.
En septiembre fue ascendido a Brigadier y se le dió el mando de las Brigadas de Infantería del Cuerpo del Ejército del Noroeste, habiendo hecho la campaña por la Costa Occidental tomando parte en los combates de Culiacán, Mazatlán, Empalme de Orendaín y El Castillo, que les abrió las puertas de Guadalajara y hasta Teoloyucan en las goteras de la ciudad de México, donde el 13 de Agosto de 1914 se firmaron los tratados que llevan ese nombre, en los que se convino la entrega de la ciudad de México y la disolución del Ejército Federal, y entrando en México el día 15 de agosto de aquel año.
Ya ostentando el grado de General de Brigada volvió a Sonora a hacerse cargo de la Jefatura de Operaciones Militares. Al ocurrir la escisión entre Carranza y Villa, el Primer Jefe lo nombró Gobernador provisional del Estado, en cuyo ejercicio suprimió las Prefecturas Políticas y proclamó el Municipio Libre; defendió Naco contra las fuerzas Maytorenistas.
En diciembre fue llamado por Carranza a la zason en Veracruz para incorporarlo al Ejército de Operaciones que comandaba el General Obregón; asumiendo una vez más el mando de las Infanterías; estuvo al lado del caudillo en los combates de Puebla, México, Celaya y León, en que fueron derrotadas las fuerzas Convencionistas mandadas personalmente por el General Francisco Villa.
El día 2 de junio al ser herido el General Obregón en Santa Ana del Conde; Hill asume el mando del Ejército de Operaciones y el día 5 ordenó un ataque masivo en los tres frentes Convencionistas, triunfando en todos ellos, lo que le abrió las puertas de León; siendo ascendido seguidamente a General de División; allí permaneció el Ejército hasta el día 13 en que avanzó a Lagos de Moreno y a Encarnación de Díaz, Jalisco.
El día 6 de julio ya restablecido el General Obregón, volvió a tomar el mando del Ejército de Operaciones.
Ya instalado el Gobierno Constitucionalista en la ciudad de México; Hill fué designado por el Sr. Carranza, Jefe de la Guarnición de la Plaza, que ocupó del 13 de abril de 1916 al 30 de abril de 1917.
En 1920 se declaró Obregonista y secundó el Plan de Agua Prieta, habiendo operado en el Estado de Morelos hasta la caída del Presidente Carranza. Una vez más fue designado por el Presidente provisional Don Adolfo de la Huerta, Comandante Militar de la Plaza, que ocupó del 11 de junio al 30 de noviembre; siendo designado el 1 de diciembre Secretario de Guerra y Marina en el Gabinete del General Obregón.
Falleció el día 14 de aquel mes en circunstancias un tanto sospechosas.
Y he aquí una anécdota que nos muestra al General Hill como un hombre práctico, humano y generoso.
Mi padre que llevó mi mismo nombre, se incorporó en Mayo de 1913 en Alamos, al entonces Coronel Benjamin G. Hill, con un grupo de hombres armados que había reclutado, y al que pomposamente llamaba Regimiento Arteaga; habiendo militado bajo sus ordenes desde Sonora hasta la entrada del Ejército Constitucionalista en la ciudad de México el día 15 de Agosto de 1914.
Mi padre que para entonces ostentaba el grado de Mayor, quedó acuartelado en Tlalnepantla al cuidado de la remonta (caballada) del Ejército del Noroeste. Por otra parte, en el Ejército Federal militaba uno de mis tíos por parte de mi madre, Ing. Heriberto Guevara Ramos, como Capitán del Cuerpo de Zapadores.
En los Tratados de Teoloyucan en que se pactó la entrega de la ciudad de México y la disolución del Ejército Federal; se convino que los 20,000 hombres que se encontraban de guarnición en la ciudad de México, la abandonarían y marcharían a acamparse en la vía del Ferrocarril a Puebla, en grupos no mayores de cinco mil hombres, que llevarían únicamente sus fusiles con una sola carga, donde serían licenciados, extendiendo a cada uno de aquellos hombres un salvo conducto, se les liquidaría el pago de una decena de haberes y se les entregaría un pase para los Ferrocarriles Nacionales para que volvieran a sus lugares de origen. Se daban así mismo garantías a los militares que por causas debidamente justificadas no acompañaran a sus unidades a los lugares de acantonamiento.
Mi tío, como muchos otros Oficiales, decidió no seguir a su Cuerpo. Se despojó de los arreos militares y pasó a la vida civil y ya se disponía a trasladarse al Estado de Chihuahua, cuando debido a una denuncia fue aprehendido junto con un Teniente de su Cuerpo de nombre Luis Terrazas, que no tenía ningún parentesco con Cacique Chihuahuense del mismo nombre. Fueron internados ambos en la prisión Militar de Santiago Tlatelolco sujetos a que se les tratara conforme a la Ley de 25 de Enero de 1862 expedida por el Presidente Juárez para castigar con la pena de muerte a los Oficiales Mexicanos que se aliaran con el invasor francés; que el Primer Jefe del constitucionalismo puso en vigor para aplicar la misma pena a la Oficialidad del Ejército Huertista que cayeran prisioneros.
Ignoro de que medios se valdría mi tío Capitán de Zapadores Guevara Ramos, para hacerle llegar un recado a mi padre informándole la grave situación en que se encontraba, que al recibirlo se trasladó a la Prisión Militar y después de obtener mayores datos, se dirigió a ver a su Jefe Señor General Benjamín G. Hill, a solicitarle su intervención para salvar del patíbulo a su familiar y al Teniente Terrazas.
El General después de escucharlo tomó su libreta y escribió una nota al Director de la Prisión Militar de Santiago Tlatelolco, ordenándole poner en libertad al Capitán Heriberto Guevara Ramos y al Teniente Luis Terrazas; ambos pertenecientes al Cuerpo de Zapadores del Ejército Federal, y que para los efectos de los Tratados de Teoloyucan se les tomara como presentes en su Cuerpo acampado en el camino de Puebla.
Con aquella orden regresó mi padre a la Prisión Militar de donde salió a poco acompañado de los dos Oficiales liberados.
Días después visitó a mi padre en su Cuartel en Tlalnepantla el ex-Teniente Luis Terrazas a informarle que ya había obtenido su salvo conducto, pase y pago de los haberes que le correspondían, y a despedirse y darle una vez más las gracias por haberle salvado la vida.
Ya para retirarse le obsequió una espada de acero toledano con empuñadura de plata fina, con un aguila dorada, que mi padre le aceptó, y use durante el tiempo que permaneció en el Ejército y que yo conservo con satisfacción.
La presente carta, constituye un valioso documento para continuar integrando la historia de Sonora.
He encontrado este documento en los números 13, 14 y 15, los dos primeros dentro del primer tomo y el último en el segundo del Boletín de la Biblioteca Nacional de México, publicados en el año de 1905.
A diferencia de otros documentos, en que se necesita hacer investigación más acuciosa para conocer el origen del documento o el nombre del autor, aquí el trabajo será dar con el paradero del manuscrito original, a pesar de que en la misma publicación se menciona que fue tomado de “un manuscrito existente en la Biblioteca Nacional” sin mencionar otro dato o persona que lo hizo.
Busqué en el Archivo Franciscano, situado en lo que fue la Biblioteca Nacional durante cerca de 100 años (ex-convento de San Agustín) y no di con él. Consultando la Guía del Archivo, que comprende solo las primeras 50 cajas de legajos de más de 150, tampoco se encontró dato alguno.
Durante los últimos 20 años, un franciscano, Lino Gómez Canedo, que pertenece a la Academia de Historia Franciscana Americana, ha investigado en todos los archivos franciscanos que existen en México y no menciona en ninguno de sus escritos el citado documento.
El mismo Gómez Canedo menciona a otro estudioso de los franciscanos: el Dr. Fernando Ocaranza, quien dió a conocer un buen número de documentos en las varias obras que consagró a la historia franciscana de México, entre ellas: “Los Franciscanos en las Provincias Internas de Sonora y Ostimuri”; los dos volúmenes titulados: “Capítulos de Historia Franciscana”; “El Imperial Colegio de Indios de Santa Cruz de Tlatelolco” y “Las Crónicas y Relaciones del Occidente de México”, sin que en ninguna de ellas haga tampoco mención de la “CARTA”.
Todo esto nos lleva a pensar que el documento original se encuentra en la Sección o departamento de manuscritos de la propia Biblioteca Nacional donde también existe material de origen franciscano, o, en el peor de los casos, en alguna biblioteca particular.
El motivo por el cual se escribiera “LA CARTA” la da el propio autor al decir: “Habiendo llegado a mi noticia (de) un (a) orden de su majestad que Diosguarde, expedido generalmente para la Nueva España con todas sus Provincias, por el ilustrísimo Señor Don José Gálvez del Consejo de su Majestad en el de Indias, su primer Ministro Presidente, con el fin de investigar aquellas cosas mas curiosas, que en estas partes se hallan con tanta abundancia y de que la Europa carece”.
Lo anterior nos dá fundamentos para creer que “LA CARTA” tuvo el mismo propósito que su contemporánea “Relación de Sahuaripa de 1778” escrita poco más de dos meses después y de la que su autor dice que fue pedida por su Majestad (Carlos III), como advierte en el Superior Despacho. Arreglada a la instrucción expedida por el Exmo. Sr. Virrey (Don Antonio María Bucarelli y Ursual).
Lo que podemos decir acerca del autor de la CARTA EDIFICANTE CURIOSA DE BACERAC es muy poco, y lo más es dado por él mismo, quien se firma como Fray Angel Antonio Núñez Fundador, natural de Zamora en la provincia de Castilla la vieja en España, que cuando llegó a Bacerac en el año de 1777 contaba con 29 años.
Posteriormente no encuentro dato alguno sobre él, sino hasta 1784, en que Ocaranza lo menciona en su “Crónica y Relaciones”… atendiendo la Misión de San Borja en la tarahumara a cargo de 205 familias, solo que con el nombre de Juan Antonio Núñez, sin pensar que se pueda tratar de otra persona dados los frecuentes errores “de apreciación” del Dr. Ocaranza.
El propio Ocaranza ubica al “P. Antonio Beno”, que más bien sería Fray Mariano Antonio (de) Buena y Alcalde, que llegó en calidad de supernumerario y presidente del grupo de franciscanos que desembarcaron en Guaymas el 9 de Mayo de 1768.
Este fraile se hizo cargo de la misión de Tubutama y al parecer para 1784 ya se encontraba en Bacerac, ignorando si sucedió a Fray Antonio Núñez y la posterior trayectoria de éste.
A diferencia de las obras escritas que dejaron o que posteriormente escribieron sus antecesores jesuitas, además de las que en la actualidad contamos como son las de Decorme, Zambrano, Pradeau, etc., acerca de los franciscanos el material de consulta publicado es menor y sobre esto tenemos la obra de Arricivita, escrita hace acerca de 200 años, lo publicado por Ocaranza en la década de los 30’s, y en las últimas dos décadas lo escrito por Lino Gómez Cañedo y nuestro conocido Kieran McCarty. Hay otras más publicadas en el extranjero y que de momento no me fueron accesibles para una mejor documentación.
A continuación transcribiremos un resumen de los datos que a mi parecer pudieran ser los de mayor interés de la multicitada carta.
La materia de que voy a tratar, si bien es uniforme y consiguiente al todo de que se compone en lo histórico, perteneciente a esta misión de Santa María de Bacerac, es preciso o al menos me parece, unir los sucesos en lo espiritual para crédito de nuestra santa provincia, y en lo temporal para el obsequio, obediencia y prontitud que como vasallos de monarca tan católico, debemos en la ejecución de sus ordenes reales y de sus tan sabios ministros.
En ésta suposición, dividiré esta obrilla en dos partes: En la primera expresaré, según las noticias más fieles, desechando las menos ciertas, la antigüedad, conquista espiritual, padres primeros y rancherías de que se componía esta numerosa de “Santa María Bacerac”, y la segunda en describir el estado presente en que se halla, su situación, pueblos que la componen, árboles que la fructifican así de monte como de plantío, aguas que la riegan, plantas medicinales que tiene varias, y muchas experimentadas en dolencias humanas, caza de que abunda, minerales que la enriquecen, costumbres de sus habitadores y finalmente todas aquellas noticias que sean más útiles para la satisfacción de la más atenta curiosidad humana.