
Corría el año de 1923, cuando en el risueño pueblecito de Tecoripa se hacían preparativos para festejar con una gran fiesta, el día de San Isidro Labrador. Una fiesta donde concurrían visitantes de toda la comarca.
Existía una gran animación, ya se habían sacado del viejo baúl las mejores galas, y grupos de lindas muchachas casaderas se bañaban en las frescas y cantarinas aguas delarroyo cercano para lucir en la noche sus encantos femeninos ante los fuereños. Desde días antes, se hubo contratado a la orquesta más famosa de aquellos años, la de Pancho Othón, quien de un momento a otro llegaría procedente de Mazatán para amenizar el baile en puerta.
Mas de pronto, y como una mal presentimiento, las tricentenarias campanas de la vieja iglesia, lanzaron al aire sus repiques en señal de alarma, los yaquis se aproximaban. Entonces todo fue confusión, en cuestión de minutos, las mujeres dejaron el quehacer y salieron a la calle en busca de sus niños, los hombres abandonaron la yunta, en tanto que los vinateros dejaron sus escondrijos en losmontes cercanos y corrieron al pueblo a defenderlo con pistolas y viejos rifles.
Los Tecoripas, capitaneados por Eligio García montaron una ametralladora sobre el techo de la iglesia, y esperaron a los alzados que en número de treinta hombres ya se habían posesionado del panteón. Algunas gentes del pueblo, se apostaron dentro de sus casas vigilando la calle y desde sus ventanas, mientras que niños, mujeres y ancianos se refugiaban en el interior del templo.
Juan Venadero, cabeza de la gavilla de asaltantes, montando un caballo “barroso”, se atrevió a llegar hasta las primeras casas, quizá reconociendo la situación de los defensores. Venadero fue entonces alcanzado por un tiro disparado por García dándole en un muslo.
El indio no cayó gracias a que se prendió como jicote de las crines para que los indios contestaran el ataque con poderosos “wínchester”.
Los de la iglesia pusieron en acción la ametralladora de tripeé iniciando de inmediato una granizada de candente plomo, escupiendo su letal y mortífera carga con dirección al panteón donde se encontraban parapetados los yaquis, barriendo con estos junto con lápidas, cruces de metal y madera.
Algunos indios muy atrevidos por cierto, lograron llegar basta los corrales cercanos de las casas del barrio de “Pa’rriba” destrozando todo lo que encontraban a su paso, pero desistieron adentrarse a la plaza por temor a ser cazados desde cualquier ventana, al pasar por cualquier callejón. 
De inmediato optaron la retirada con rumbo a Cobachi, llevándose con ellos a cuatro de sus “compadres” muertos y algunos heridos, entre ellos el jefe Venadero. En tanto los del pueblo, no se imaginaban la tragedia que vivirían ese día en las personas de vecinos más apreciados:
Andrés y Genaro Fontes de 15 y 18 años, y el señor Vidal Duarte. Estos fueron desde muy temprano hacia unas milpas a traer calabacitas; maíz y demás vegetales para que se hiciera un rico guisado el día de San Isidro.
Pero desgraciadamente se toparon con los rebeldes en su loca huida muy cerca de un lugar conocido como pozo de Ancheta. En el acto, fueron obligados a desmontar y Vidal, negándose a ello, fue muerto de un tiro en la nuca y los muchachos no dando credito1 a lo que vieron, fueron bajados a la fuerza y salvajemente golpeados en el suelo.
Seguidamente fueron despojados de sus ropas y colgados de las manos a un Palo Blanco y un “pariente” le cortó las axilas con filoso cuchillo ante las destempladas risotadas de sus verdugos. No contentos con esto, los yaquis les bajaron de nuevo obligándolos a que se abrazaran y en esa posición fueron muertos con un sólo tiro de “máuser” en pleno corazón.
Cometido el crimen, iniciaron su caminata ahora con rumbo a la sierra del Bacatete ya que a lo lejos se veía una polvareda y es que se trataba de una “troquilla” utilizada por “La Acordada” en uno de sus numerosos patrullajes por esa región.
Este vehículo se utilizaba también para la transportación de ropa, vivieres y petróleo, que traían de Hermosillo. Los policías encontraron primeramente a Vidal tirado a la vera delo camino y metros adentro del monte a los hermanos Fontes. Al llegar con ellos al pueblo, todos se desbordaron en una muestra solidaria de dolor y pena por los trágicos acontecimientos.
Esa noche se les vio tendiéndoseles en el suelo en señal de “penitencia” teniendo muchas veladoras y flores cerca de ahí; el carpintero cepillaba madera para tres ataúdes, que estarían casi listos en las primeras horas de la mañana. Las rezadoras y dolientes se apretujaban en un cuartito que servía de sala alumbrada con “cachimbas” de petróleo que pendían de grueso clavos incrustara dos en las paredes. Mientras afuera, amigos y parientes de los inmolados invocaban las virtudes que en vida tuvieron, en tanto apuraban una “anforita” de mezcal.
Esa noche, víspera de San Isidro fue de duelo general. La Orquesta se fue con rumbo de Suaqui Grande, mientras que auguraba un bonito baile todo terminó en llanto y dolor.