La horrible muerte de los hijos de don Arturo Chang

Por Francisco Bustamante Tapia

     Corría los años cuarentas del pasado siglo cuando don Pepe Matiella dueño de la Ferretera de Sonora había entusiasmado a varios inversionistas para hacer de las tierras de La Cholla un emporio agrícola.

     Se perforó un pozo al que se le puso una bomba sumergible, algo novedosa para aquellos años. Para llevar a cabo su empresa don Pepe se trajo de la Reforma de Tubutama a un chino de nombre Arturo Chang quien había contraído nupcias con una mexicana del Río Altar, doña Belén Alarcón con quien procreó a nueve hijos, 7 hombres y 2 mujeres.

   Don  Arturo Chang era un hombre muy laborioso como todos los de su raza, levantando grandes cosechas de chile verde, fríjol y maíz.

    A mediados de los años 50s. para llevar a cabo las tareas agrícolas con más rendimiento, don Pepe Matiella compró un tractorcito Fordson, en él salían los muchachos de don Arturo al pueblo, y su papá les recomendaba siempre extrema precaución.

   Una tarde de invierno Francisco y Efrén  se treparon al tractor para ir a un mandado; todavía estaba claro y al pasar por la granja Santa Catalina le gritaron saludando a Miguel Ángel, hermano de quien esto escribe, quien estaba estudiando en el porche de la casa.

     Pronto empezó a oscurecer, había que regresar temprano, y exactamente frente a la casa de Santa Catalina donde minutos antes habían saludado a su amigo, los embistió un automóvil arrojándolos al voladero. Los cuerpos de los dos jovencitos quedaron destrozados regados en la ladera oeste de la carretera; quien le dio auxilio antes que nadie fue don Nicho García, éste había comprando un carro y lo andaba probado así que al dar vuelta en el Palenque fue testigo de este terrible accidente.

    No poca gente pensó que él había sido el que los impactó, pero en honor a la verdad, Miguel Ángel fue testigo de que un carro tripulado por una gringa fue la responsable dándose a la fuga.

    Durante horas estuvieron en la oscuridad sacando los cuerpos, una mano por allá, una pierna por acá. Era algo macabro que los padres de estos infortunados hermanos no pudieron soportar, emprendiendo el camino sin retorno al poco tiempo.

    Una cruz de madera duró décadas junto a la salida de la alcantarilla, indicando el lugar exacto de esta tragedia.