POR SATURNINO CAMPOYNo hace mucho tiempo que tuve que visitar a la hermosa ciudad de Alamos. Lo he hecho muchas veces, por supuesto desde que, siendo todavía un adolescente acudía a aquella escuela inolvidable en que cursamos nuestra instrucción primaria numerosos de sus hijos, que nos encontramos ahora disgregados por doquier.Que emoción tan extraña y a la vez indescriptible y profunda e experimentado cada vez que he vuelto a ver a la ciudad legendaria.Tal parece que cada uno de sus otrora y muchos de ellos aun en la actualidad bellos lugares, nos hablan de esa elocuencia que un genio atribuye al silencio de las cosas.El Cerro del Cuartel, la Plaza, la Iglesia (una de las mejores más bellas del Estado), el Parián, la Alameda, el Palacio, las escuelas, la Capilla, etc., así como sus calles y sus barrios y lugares circunvecinos pintorescos, son evidentemente pródigos en recuerdos de esos que sacuden íntimamente nuestro espíritu.
Asociados a cada uno de estos lugares surgen en nuestra mente como fantasmas pero nimbados por la misma luz de las de reminiscencias, ¡oh cuántos amigos de nuestros padres y de nosotros mismos, unos que salieron como nosotros para luchar por la vida en otra parte, y otros que como nosotros lo haremos después, rindieron ya su jornada y descansan en paz!
Entre estos últimos vienen a mi memoria la efigie de mi querido maestro el señor profesor Alberto Gutiérrez, quien por muchos años fue en Alamos director de «mi escuela» y con quien muchísimas veces compartí en Hermosillo el placer de evocar, los seres y las cosas para nosotros amados de la siempre hermosa ciudad de Los Portales.
Entre mis condiscípulos de aquellos aunque parezca increible no muy lejanos años, se encuentran tantos: Bartolomé Almada, Roberto Acosta, Alberto y Arturo Pradeau, los Gutierrez, Mange, Retes, Madas, Goycochea, Rochín y ¿cómo nombrarlos a todos sin formar un verdadero directorio, especialmente si enumerara sus actuales residencias y actividades?
Sólo puedo añadir para íntima satisfacción, que casi la totalidad de los que por siempre seguirán siendo, por mi recordados, han demostrado aptitudes insospechadas para luchar en la vida y que esa preparación inicial la obtuvieron como yo en aquel amoroso lar.
Álamos es una ciudad de encanto y de leyenda. En él fue proverbial la fama de sus mujeres hermosas, y hay público testimonio de esta justísima aseveración con la descendencia numerosa que esparcida por toda Sonora y por la República entera, es como otro galardón y prestancia que se le adjudican por doquier.
Y es también famosa por su bellísima arquitectura colonial, por su historia, por las cualidades y virtudes que caracterizaron a su sociedad, por la multiplicidad de actividades que sus hombres desarrollaron, y lo es por su clima, por su agua potable y por su flora adyacente y hasta por sus fantásticas leyendas y por romanticismo de sus grandes amores pasionales. .
Pero ¡cuán difícil es forjar en un artículo un glosario ni siquiera sintético que le haga justicia a esta nobilísima ciudad bella y durmiente!
Siempre que la he visitado, he tenido la precaución de llevar conmigo mi cámara cinematográfica y paulatinamente durante varios años he podido reunir una película que con ser muy larga, no me parece que sea todavía lo bastante para satisfacer en mi sed insaciable de captar todo lo que es suyo y que me parece que por lo mismo es también muy mío.
Tengo también buen número de vistas fijas, pero frecuentemente me deparo el gusto de proyectar aquella película de cine, y sin decir palabra, dejo que mi mente en verdadero recogimiento espiritual se abstraiga engolosinada en la contemplación de sus lugares, mientras surgen asociados, como antes digo, a sus bellísimos recuerdos, los de mis amigos de la infancia, de hoy y de siempre.
Todo lo anterior explica porque leí con profundo interés en TRIBUNA, hace unos meses, un excelente y enjundioso artículo escrito por el señor General Pedro J. Almada, pugnando porque algo se haga por obtener el resurgimiento de Álamos.
No pude menos que escribirle aplaudiendo su idea. ¡Como la hemos acariciado por luengos años los que nos consideramos alamenses de corazón por diversos motivos!
Y esta idea no es una utopía, porque si bien no sería posible obtener un mejoramiento súbito para que de la noche a la mañana abandone su letargo y surja dinámica y próspera, todos coincidimos en que su mejoramiento paulatino y propulsado metódicamente, mediante un programa de acción encomendado a quienes no buscan más recompensa que la íntima satisfacción que brinda la gratitud al lar querido, no sólo hace factible sino segura su realización.
Ojala que la actual administración pública en nuestro Estado se percatara de la importancia que este paso encierra. Creo que no sería menester para ello tanto de su cooperación económica, porque quizás no sea este el factor decisivo, como si creo firmemente que lo sería su cooperación decidida en otros ordenes, que son muchos, y que serían de una efectividad y alcances insospechables.
Aparte de que esto redundaría en beneficio de la propia administración, esta contaría indudablemente con la gratitud y el reconocimiento sincero de la pléyade de alamenses que pueblan ahora las reglones del Mayo y del Yaqui y del Estado entero, que debe interesarse incuestionablemente porque se encause por las vías del progreso a la Taxco de Sonora.
Debe insistirse en que la carretera internacional pase precisamente por Álamos, a donde el turismo tendría sorprendente afluen
cia.
Deberían ser gravísimas y trascendentales las razones que se tuvieran en cuenta para que llegara a privarse. de tal beneficio. El gobierno del General Cárdenas la declaró monumento arqueológico y las consideraciones para el caso no pueden haber sido más justas.
Por eso considero obligación de todos quienes coincidimos en este nobilísimo propósito, aportar nuestro esfuerzo personal, con nuestras gestiones y nuestras influencias, por modestas que sean, para la consecución de nuestro propósito. se que existe un comité que en la actualidad labora en la Capital con tal fin y con él y fuera de él deben hacerse sentir no solamente nuestros deseos, si no nuestra acción, individual y colectivamente.
Termino este artículo, que no será el único que escriba en pro de una de las ciudades más interesantes de Sonora.
De antemano, se que me comprenderán mejor quienes sintieron como yo su decaimiento gradual y quienes como yo se interesen también porque su resurgimiento sea un hecho.
Muchos le hemos rendido testimonio de admiración y de cariño. Tratemos ahora de aportar un grano de arena que sea como la materialización de una parte de ese efecto que le prodigamos.
Es ella, la sultana dormida a que aludiera no hace mucho mi dilecto amigo al General Ernesto Higuera, y fue y puede seguir siendo la ciudad del romance y del ensueño, porque tiene aun la prestancia y abolengo que lució esplendorosa en otros tiempos.
Se lo decía no hace mucho a mi inolvidable ciudad en uno de los tributos sentimentales que le rendí
e****n alguna de mis visitas:
(El poema se publica aparte