Por unos días don Cirilo Ramírez visito la población de Nogales para acompañar a su hija Eloisa que habría de contraer  matrimonio con el señor Mascareñas. Salieron a recibirlo a la estación de Ferrocarril, no sabían si como político, como gobernante o como escritor pues don Cirilo había ocupados los puestos de Secretario de gobierno con el General Ignacio Pesqueira, le tocó ocupar la primera magistratura del Estado por breves días en noviembre de 1882, y fue por muchos años redactor del periódico oficial “La Estrella de Occidente”.

   Le agradó tanto la vida en la frontera dado a que los dos Nogales eran una sola ciudad, y se recibía todos los beneficios del otro lado como energía electricidad, etcétera. Así que no opuso mucha resistencia cuando si hija lo convenció de que se quedara por mucho más tiempo, compenetrándose de la población en donde gracias a la reputación de hombre de bien y gran talento se granjeó muchos y  buenos amigos. 

Eran los tiempos del gran desarrollo industrial cuyas ventajas trajo el ferrocarril, así los días en la población a veces eran aburridos, ideando en agradecer a Nogales su hospitalidad la construcción y de su propio peculio de un gran teatro al que llamaría “Teatro Cirilo Ramírez”.  alt

Este una vez concluido, según escribió el periodista Francisco García y Alba,  “honra en general a la simpática población fronteriza y en particular al opulento caballero que lo construyó y le dio su nombre”.  

En 1906 se concluyó el “Teatro Cirilo Ramírez”, catalogado el mejor del Estado en que los habitantes de los dos Nogales solían recrearse con operetas bien montadas.  

El edificio en pleno centro de la naciente población fue fabricado sin escatimar recursos tomando como modelo el  gentil estilo Luís XVI lo más fiel posible. Embelezaba al asistente  las delicadísimas figuras de aquel aristocrático estilo. La ornamentación de los techos del cielo era de hierro con relieves perfectamente bien acabados, artísticamente embellecidos con material fabricados en Chicago y denominado Tribus Plástica, material que con el mismo buen gusto manejaron los artesanos mexicanos.

El lujo, la riqueza y el arte de este suntuoso salón lucía maravilloso con la magnífica instalación de 225 lámparas incandescentes, unas 16 bujías y otras de 32, siendo cuatro las corrientes que formaban la instalación dando hermosos efectos de luz, desde las más tenues hasta las más esplendentes tonalidades. El servicio de maquinaria era enteramente moderno y su decorado artístico y lujoso se debió a la mano y a la inspiración del reputado escenógrafo José S. Segura,  bajo cuya dirección se construyó el teatro. 

Tenía cupo para mil 200 personas e igualmente se enteran del desarrollo de la representación las primeras que las últimas, pues sus condiciones acústicas era inmejorables.  Contaba  con un sistema de puertas  moderno y sujeto a los reglamentos expedidos para los empresarios por las autoridades con ese fin. Contaba con siete principales entradas y una instalación de agua de dos grandes hidrantes con sus mangueras y servicio.  Una lujosa y amplia cantina con un magnífico mostrado y una elegante y especial sillería. El edificio estaba enteramente aislado, no había más edificio que obstruyera su ventilación.  

Nogales no dejó de recibir gente venida de no sólo de los pueblos de la región aprovechando el libre comercio dado a que la Gendarmería Fiscal estaba en Magdalena. Se levantaron edificios por todo el centro lo más cercano a la línea bajo los trazos que le dieron al primer cuadro de ambos lados los ingenieros Bonillas y Morley.

El teatro empezó ser apresado, pues los comercios y hoteles dominaron una planicie cruzada por un caudaloso arroyo. La posición privilegiada del Teatro fue muy codiciada por lo inversionistas, así fue como para los años veintes insistieron tanto en demolerlo que alfil lo lograron.

Era gente sin arraigo que poco les importaba el Bel canto, ni reparaban en su valor sentimental como monumento a la cultura gracias a el interés de un gran sonorense que aunque nacido en la Villa del Pitic en 1818, fue un insigne ciudadano y patriota redactor de aquel decreto que al finalizar la época de la intervención francesa en Sonora, su propia generosidad y magnanimidad lo hicieron expedirlo llamando a todos los pro imperialistas y franceses, otorgándoles toda clase de garantías a cambio de no mezclarse en la política del país, ayudando así a la reconstrucción del Estado. 

Así que la picota del modernismo dio cuenta del teatro cayendo al paso de los años en el olvido.  Consigna el historiador Eduardo W. Villa que  don Cirilo Ramírez bajó a la tumba el día 5 de febrero de 1890 siendo Magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado, dejando como única herencia un nombre sin mancha para sus hijos y un recuerdo perenne de honradez ciudadana en los anales de los hombres públicos de su Sonora.