en 1749 y la expropiacion de sus tierras, según el misionero jesuita Tomás Miranda.
Los documentos que aquí se publican fueron escritos por el misionero jesuita Tomás Miranda en 1749, en oposición al establecimiento de un presidio y una villa de españoles en las tierras de la misión de Nuestra Señora del Pópulo de los Seris, medida con la que se pretendía lograr el sometimiento definitivo de estos indios.
Uno de los propósitos de este trabajo es el de servir de complemento a la Carta Apologética del mismo Tomás Miranda, editada en el número 15 de esta revista.
Descriptores: Sonoro, seris, pimas, misiones, jesuitas, congregación de indios, villa de españoles, presidios, Nacameri, Nuestra Señora del Pópulo de los Seris, siglo XVIII.
José Luis Mirafuentes y Pilar Máynez de Nuestra Señora del Pópulo de los Seris in 1749 y la expropiación de sus tierras, de acuerdo con misionero Jesuita Tomás Miranda.
Los documentos publicados y escritor por el jesuita Tomás Miranda en 1749, en oposición al establecimiento del presidio y una villa de españoles en las tierra de la misión de Nuestra Señora del Pópulo de los Seris, por decisión del gobierno intentó archivar la definitiva sumisión de estos indios.
Uno de los propósitos de este artículo es de servir de documento complementario a la carta apologética del mismo Tomás Miranda, editada en el húmero 15 de este periódicos.
Palabras claves.” Sonora, seris, pimas, missions, Jesuits, Indian congregations, Spanish villages, presidio, Nacameri, Nuestra Señora del Pópulo de los Seris, siglo XVIII.
INTRODUCCIÓN
En el volumen 15 de esta revista, publicamos un extenso alegato en defensa de las tierras de los pueblos indios que, con el título de Carta Apologética al padre José Utrera, escribió en 1755 el religioso jesuita Tomás Miranda. (1) Ahora, en el presente número, volvemos a ocuparnos de la correspondencia de ese religioso, editando dos más de sus polémicas cartas como misionero en Sonora, las cuales, hasta donde sabemos, permanecen inéditas.
Estas misivas, sin embargo, están un tanto alejadas en el tiempo de la Carta Apologética de hecho, fueron escritas con mucha anterioridad: una es del 16 de junio de 1749 y la otra del 3 de julio del mismo año. Las dos, además, tienen una característica en común, que es la de formar parte de un importante conjunto de cartas que Miranda intercambió con otros misioneros y distintos funcionarios del gobierno de Sonora y Sinaloa sobre un asunto muy específico, y al que más adelante nos referiremos. (2) Dichas epístolas también se distinguen por pertenecer a las fechas en las que nuestro religioso empezaba a dar sus primeros pasos como evangelizador de indios y no tenía mayores conocimientos de la región.
Sabemos, al respecto, que su primera experiencia como misionero la inició en la misión de Nuestra Señora del Pópulo de los Seris a mediados de mayo de 1749, unos cuantos días después de haber llegado a la provincia. Pocos meses antes, tal vez ni siquiera imaginara que llevaría a cabo sus actividades espirituales en un escenario semejante, pues efectuaba todavía estudios de teología en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de México. 
Pero a pesar del tiempo y las circunstancias que separan a las cartas de 1749 de la Apologética, no son ajenas a ésta, por el contrario, tienen muchísimo que ver con su contenido, particularmente la segunda de ellas, que es citada frecuentemente por aquélla y, en no pocas ocasiones, hasta de manera textual. ¿Qué contenía dicha carta y, en general, toda la correspondencia de la cual formaba parte, para que recibieran tanta importancia en la Apologética?
Incluían la denuncia que hizo Miranda de un “atentado” —como él así lo llamaba— inédito en la región, contra una de las misiones de Sonora, y que, por su misma novedad, significaba, además, un peligroso antecedente para futuras acciones de igual naturaleza. Se trataba de la expropiación de buena parte de las tierras de la misión del Pópulo, y del proceso de redistribución de las tierras sobrantes entre los indios congregados en la misma misión.
Esta medida, planeada y auspiciada por las autoridades generales, fue puesta en marcha por el juez visitador y gobernador interino de Sonora y Sinaloa, José Rafael Rodríguez Gallardo. Su objetivo era trasladar a la misión del Pópulo el presidio de San Pedro de la Conquista del Pitic, establecido unas 20 leguas al sur, y fundar, a su lado, una villa de españoles, como medio para someter definitivamente a los seris, cuya firme resistencia a abandonar su modo de vida nómada y sus antiguos dominios de las llanuras occidentales y la costa, era tenida como una amenaza para la seguridad de la región. (3)
Ni que decir tiene que esos propósitos difícilmente podían ser vistos con buenos ojos por los religiosos de la Compañía de Jesús, siempre dispuestos a defender la integridad y el exclusivismo indio de sus misiones. Así, tan pronto como fueron de su conocimiento, algunos de ellos los rechazaron abiertamente. A poco, sin embargo, terminaron por aceptarlos. El padre visitador de las misiones de Sonora, Carlos de Rojas, justificó esa aceptación haciendo notar que de no aprobarse la entrega de las tierras requeridas para el presidio, éste permanecería en su sitio y el problema del sometimiento de los seris quedaría sin resolverse. (4)
Cuando el misionero Tomás Miranda se hizo cargo de la administración de Nuestra Señora del Pópulo, esta misión se localizaba en las proximidades del río San Miguel, unas 20 leguas al norte de la actual ciudad de Hermosillo, Sonora, y estaba constituida por tres pueblos: la cabecera, que daba el nombre al establecimiento misional, y los pueblos de visita de Los Ángeles y Nacameri.
También formaba parte del Pópulo una ranchería nombrada San Miguel. Por entonces, sin embargo, la aplicación de los planes del visitador estaba ya bastante avanzada y tanto el pueblo de Los Ángeles como la ranchería de San Miguel se hallaban ocupados por los soldados del presidio. Por otra parte, algunos de los indios de esos establecimientos se habían levantado en armas y otros, aparentemente la mayoría, habían sido reacomodados en la cabecera. También se había iniciado la medición de las tierras del pueblo de Nacameri, con el fin de que fueran congregados en él los seris que se pensaba sacar de las llanuras y la costa, en el caso de que no cupieran en el pueblo principal, que igualmente vería afectada una parte de sus terrenos. (5) 
Miranda, como bien ha mostrado Viveros, lejos de permanecer pasivo, protestó enérgicamente, y no sólo ante Rodríguez Gallardo y sus medidores de tierras, sino ante el propio Carlos de Rojas, a pesar, incluso, de las órdenes de éste de mantenerse al margen de lo negociado con el visitador. (6)
Y es que dicho religioso, tal vez debido a que apenas se iniciaba como misionero, se mostraba particularmente cuidadoso del cumplimiento efectivo de su apostolado, y no aceptaba, quizás en parte por lo mismo, que se vulnerara en su propia misión lo que de hecho era una garantía para la existencia y los fines de la misma.
Efectivamente, el establecimiento del presidio y la villa de españoles en el Pópulo, además de que iba en contra de las leyes de división residencial que apartaban a los indios de misión de la influencia de los colonos españoles, violaba toda la legislación indiana que protegía la integridad de las tierras propiedad de los pueblos nativos, con los riesgos consiguientes de provocar nuevas revueltas en los asentamientos misionales restantes, así como el aumento de la resistencia a someterse de los seris no reducidos, que eran la mayoría.
Pero aun cuando nada de esto ocurriera y se lograse, en cambio, la sujeción total de esos indios, siempre habría de presentarse un problema con los mismos, que era el de hacer efectiva su congregación, pues, al decir del padre Miranda, las escasas tierras de riego que quedarían en posesión del Pópulo no serían suficientes para asegurar su mantenimiento.
Este mismo razonamiento, aparentemente influido por los reclamos de Miranda, llevó al antiguo misionero de los seris, el padre Nicolás Perera, a reconsiderar su opinión en favor de los propósitos de Rodríguez Gallardo. Veamos una parte de lo que dijo a éste, en nombre de los seris reducidos y de su ministro religioso:
Pero porque debo precaver los inconvenientes que puedan seguirse en el caso de que toda la nación [seri] se reduzca, protesto que, de ser así, no son suficientes las tierras que a dicho pueblo [del Pópulo] han quedado para las familias que con fundamento creo pueden sujetarse; ni bastan las del pueblo de Nacameri porque, prescindiendo ser [de] nación distinta, las muchas tierras que ha adquirido carecen de riego para el logro de los frutos, como es público y notorio. En esta atención, parece arreglado a justicia vuelvan las tierras a los indios que las han poseído o adquirido, o se les reemplacen de cuenta de Su Majestad en igual cantidad, calidad e igualdad de temperamento. (7)
Hemos de decir que la posición de Miranda resultaba también de otros excesos del visitador, que afectaban igualmente a los indios del Pópulo. Uno de esos abusos consistió en obligar a participar en la construcción del presidio a los mismos seris que acababan de ser despojados de sus tierras. Como decía el propio Miranda, “allí trabajan todos los días, desde que amanece hasta que anochece, mal comidos y bastantemente maltratados, sin exceptuar a la india que está encinta. Estos son cristianos y no son alzados; por esto hemos de tener buenas historias con el señor juez y el padre visitador”. (8) 
No debieron faltar a nuestro misionero motivos de carácter estrictamente personales para criticar las medidas de Rodríguez Gallardo. El más importante pudo estar relacionado con las dificultades que encontró para radicarse en la cabecera de la misión, esto es el pueblo del Pópulo, donde se concentraban alrededor de 80 familias seris. Esos problemas tenían que ver con la tensión que se vivía en ese establecimiento, cuyos naturales se mostraban dispuestos a secundar el movimiento rebelde de los seris de Los Ángeles, en venganza por los excesos del visitador. Miranda, así, terminó por ser acomodado en el pueblo de visita de Nacameri, unas 10 leguas al norte.
Este pueblo estaba habitado por indios pimas y, por esas fechas, prácticamente se hallaba a punto de despoblarse, pues, sin contar a los menores de edad, apenas reunía 22 efectivos. Estos, a su vez, y a pesar de su corto número, seguían siendo objeto de numerosas obligaciones personales, de modo que sólo muy pocos radicaban de fijo en el pueblo.
Esta circunstancia tal vez no provocara tanta impresión en Miranda como los males que la acompañaban. Cuando llegó a su flamante residencia de Nacameri no encontró más que abandono, soledad y las más agudas carencias; pero, además, el peligro inminente de que las tierras de ese pueblo también se vieran en alguna forma afectadas, a causa precisamente de la debilidad de su población y por el acomodo que se pensaba hacer en él de los seris que vivían fuera de la misión. Allí se paseaban ya los agrimensores del visitador para confirmar la veracidad de dicho peligro. En consecuencia, Miranda no podía sino atribuir a Rodríguez Gallardo el verse obligado a iniciar sus actividades misionales en condiciones tan poco alentadoras, o sea en medio de un conflicto con los propios indios que debía evangelizar y sujeto a las privaciones y demás problemas del despoblamiento virtual del pueblo de Nacameri. (9)
Las cartas que por entonces escribió denunciando esa situación y las irregularidades mencionadas, parecen haber estado a punto de echar por tierra todos los trabajos realizados hasta el momento por el visitador Rodríguez Gallardo; así parece señalarlo el misionero Carlos de Rojas, que decía lo siguiente: “El padre Miranda no hizo lo que se le mandó, con lo que lo indispuso todo”. El mismo religioso, pese a la molestia que eso le causaba, no dejó de elogiar una de las misivas en las que Miranda protestaba por la medición de las tierras del Pópulo y Nacameri. Así lo expresaba: “He visto la carta del padre Miranda y está muy buena, mas, por ahora, no conviene su remisión. Decirle al juez [Rodríguez Gallardo] que es atentado el que ha cometido es sacar la espada peleando, lo que no conviene”. (10)
Así pues, cuando en 1755 Miranda se dio a la tarea de escribir su alegato en defensa de las tierras de los pueblos indios, era natural que se apoyara en sus propios reclamos y denuncias con los que trató de preservar, casi con éxito, la integridad territorial de la misión de los seris, y que quedaron plasmados en sus cartas de 1749. Al decidimos a publicar esta correspondencia, pensamos que podía servir de complemento a la Apologética, pero también que permitiría ampliar el conocimiento que tenemos del proceso de expropiación de las tierras de la misión del Pópulo. Este proceso, en el corto plazo, implicó la desaparición de esta misión, pero no la de los seris, los cuales, como pronosticaba Miranda, en lugar de someterse con las medidas del visitador, se levantaron todos en armas. Como sabemos, no serían pacificados sino unos 20 años después, y a costa de innumerables sacrificios. (11)
¿Pero, cómo era el pueblo del Pópulo y los seris que en él habitaban en 1749? No podemos sustraemos a la tentación de reproducir aquí la breve descripción que el padre Miranda hizo de uno y otros. Decía así: 
[El Pópulo] es [un] pueblo muy alegre, lleno de álamos, sauces y chinos; [tiene] mucha agua, buenas tierras para un todo y un cielo alegrísimo. Los indios son altos y renegridos; se componen mucho a su usanza; el pelo lo llenan de flores del campo, traen 8 y 10 zarcillos en cada oreja; en las narices cargan una piedrezuela azul, usan gargantillas y manillas de diferentes colores y conchas; en las piernas traen unas ataderas blancas de piel de venado, y sólo un trapillo con que tapan lo vergonzoso.
De la misma suerte andan las indias, aunque no se componen tanto, habiéndolas dotado el cielo de bastante hermosura … Son flojísimos y poco dados a la labranza, mantiénense del arco y la flecha cazando venados; y hoy en día en que a los buenos les han quitado las armas, perecen de hombre. Son vengativos, traicioneros y desesperados; lo que dicen acerca de matar o quemar, lo cumplen. Al que les hace o les ha hecho algún bien no [le] hacen ningún daño, antes le previenen de que se libre. Son habilísimos, muy curiosos, pedidores y audaces. (12)
A fin de lograr una mejor comprensión de las denuncias del padre Miranda, hemos decidido adjuntar a sus cartas un documento del visitador Rodríguez Gallardo, en el que éste, además de justificar las medidas tomadas en contra de los seris y de sus asentamientos misionales, da instrucciones precisas para que se lleve a efecto la medición tanto de las tierras destinadas al presidio y a la villa de españoles, como de las que seguirían en posesión de la misión del Pópulo.
Los criterios adoptados en la transcripción de las cartas que presentamos aquí están relacionados con el interés de abarcar a un público más amplio que el de los especialistas; por tal motivo, decidimos modernizar el lenguaje de acuerdo con los lineamientos que establece la crítica textual. Al respecto explica Pedro Sánchez-Prieto Borja que “la modernización es, en cierto sentido, inherente a la práctica editorial misma, puesto que la edición la hacemos en y desde el siglo XX, cuando el castellano se escribe de acuerdo con unas determinadas convenciones de las que el editor no puede olvidarse si quiere hacer inteligible el mensaje de los textos antiguos”. (13) 
Tomando en cuenta lo anterior redujimos la ss en términos como: necessario, (14) posession y prudentissimo, así como la ff en otros como offreciendose y la cc de feliccisimo; simplificamos los complejos consonánticos del tipo assumpto por asunto y espheras por esferas. Modificamos la i por y enmedio y al final de palabra en: proiecto, maior y mui, y cambiamos la x por la j intervocálica en palabras como executado, aloxado, Guadalaxara. Añadimos la h en avia y transformamos la b por v en verbos como promoberlo y bolveran, y z por c en sustantivos como vezinos y cabezera.
Desatamos las numerosas abreviaturas y palabras que aparecen abreviadas en las tres cartas: porq’, qdo. V.S. nros, qlesquiera, comp [composición] y dhos. Sabemos que la resolución de las abreviaturas constituye una de las fases más complejas de la crítica del texto; no obstante, en estas misivas el empleo constante y uniforme de ellas nos permitió lograr una certidumbre respecto a su desarrollo. (15)
Aplicamos la puntuación a los extensos enunciados que en la mayor parte se suceden mediante yuxtaposición o con esporádicas (,) a fin de facilitar la comprensión indispensable del documento; sin embargo, en algunos casos, y a pesar de la inserción de estos signos, se tuvieron que conservar los amplios párrafos del documento para mantener su sentido original. Estos se caracterizan, por lo general, por la sucesión de amplias enumeraciones que refuerzan la exposición. Veamos un caso:
Qué fuera de ellos [se refiere a los indios] sin su ministro a quien miran como a su ángel de guarda. Qué fuera de ellos si ni tuvieran el recurso en sus padres, el alivio en sus afliccionaes, el consuelo en sus tristezas, el descanso en sus…